Massa, con gusto a poco y con el déjà vu de Cavallo a cuestas

Schiaretti percibe lo que cualquier político avezado sospecha: que el capital político de Massa no alcanza para suplantar el apoyo de Cristina y de los suyos. En un gobierno en donde el verdadero poder reside en la vicepresidente es lógico suponer que el crédito interno del que goza el flamante ministro es provisorio y atado a resultados de corto plazo.

Por Pablo Esteban Dávila

El debut de Sergio Massa al frente del reforzado Ministerio de Economía no fue tan potente como muchos imaginaron que sería. Dejando de lado los fastos de su asunción, con más de 500 invitados enmarcando su presentación estelar, los anuncios de la noche del martes dejaron gusto a poco.

Entre cuatro frentes que desplegó en su prolija enunciación de medidas (orden fiscal, superávit comercial, fortalecimiento de reservas y desarrollo con inclusión) faltaron dos que se esperaban con notable expectación: el abordaje del problema cambiario y las retenciones agropecuarias. 

Respecto al dólar poco dijo, excepto reconocer que las reservas del Banco Central no alcanzan ni para honrar compromisos externos ni para contener la insaciable demanda de divisas que existe en la Argentina. No hubo ninguna mención a alguna devaluación o desdoblamiento del mercado de cambios, un tema sobre el que se venía hablando mucho en los días previos a su nombramiento. El como logrará fortalecer las reservas (señaló que su objetivo era atesorar siete mil millones de dólares) es todavía una incógnita.

Las retenciones son la otra cara de la misma moneda. Estas afectan directamente al ingreso de divisas, dado que los productores se resisten a vender sus cosechas esperando un mayor valor por sus productos. Su comportamiento es por entero racional. A ellos se les paga al tipo de cambio oficial menos el porcentaje de aquellas gabelas, haciendo que el precio que reciben por cada dólar exportado sea de, apenas, 88 pesos. Con un blue arañando los trescientos es inevitable que retengan sus granos a la espera de una devaluación que juzgan impostergable.

Si el campo no liquida su producción, los dólares seguirán faltando. En los últimos días de Silvina Batakis se anunció que, por una ventana de tiempo, el agro podría vender sus granos a un tipo de cambio especial, pero el mecanismo para hacerse de tal diferencial resulta tan complejo que es altamente probable que no existan muchos interesados en sumarse a la operatoria.

Ambos silencios hicieron que los anuncios del flamante ministro no provocaran mayor euforia. A su favor debe decirse que, por primera vez desde que Alberto Fernández llegó a la Casa Rosada, hubo finalmente un plan económico. Massa se preocupó especialmente de que se asemejara a tal cosa, como procurando llenar el vacío creado adrede por el presidente de la Nación cuando, a comienzos de su mandato, confesó alegremente que no creía en este tipo de planes.

Algunas medidas parecen interesantes. Limitar la duración de los planes sociales o reconvertirlos a trabajos genuinos es uno de ellos, a la usanza del Plan Primer Paso de José Manuel de la Sota. Además, la limitación en el suministro de energía para los hogares que hubieren solicitado continuar con los subsidios también parece un lineamiento correcto, no obstante que insuficiente. En la misma línea debe anotarse la autolimitación para continuar financiado al tesoro vía emisión monetaria o la ratificación del compromiso asumido por Martín Guzmán ante el Fondo Monetario Internacional de terminar el año con un déficit del 2,5% del PBI.

Puede que la propia personalidad del tigrense aliente más expectativas que las que ha generado su plan. Dueño de una innegable ambición política, el hombre pone en juego nada menos que su futuro, haciéndose cargo de un barco a la deriva que clama por un conductor. Es una actitud bienvenida, no obstante que tardía. Se perdieron tres semanas irrecuperables para encomendarle una tarea que tiene mucho de ciclópea. Quedará para la psicoterapia comprender porqué el kirchnerismo duro se propuso echar a Guzmán cuando, ahora, debe consentir que sea Massa el que lleve adelante lo mismo que aquél proponía.

Entre los que nada parecen esperar del nuevo orden de cosas se encuentra Juan Schiaretti. El gobernador acaba de decir que quiere “que el Gobierno nacional le saque el pie de encima al campo y a la producción del interior de la Patria”, como señalando que las aludidas omisiones esconden gato encerrado. Su escepticismo se funda tanto en la industria radicada en Córdoba como en el sector agropecuario de la provincia. La falta de dólares atenaza a la primera, mientras que la política de retenciones del gobierno nacional condiciona la producción primaria. No hubo nada en las palabras de Massa que trajeran alguna esperanza sobre que tales restricciones se suavizarán en el futuro inmediato.

Además, el experimentado Schiaretti percibe lo que cualquier político avezado sospecha: que el capital político del ministro no alcanza para suplantar el apoyo de Cristina y de los suyos. En un gobierno en donde el verdadero poder reside en la vicepresidente es lógico suponer que el crédito interno del que goza Massa es provisorio y atado a resultados de corto plazo.

Resulta lícito, por lo tanto, preguntarse hasta donde la expresidenta consentirá el plan y las ambiciones massistas, toda vez que su aceptación provino del espanto que le produce la actual coyuntura económica. Por ahora ha optado por el silencio, un talante que los exégetas del kirchnerismo atribuyen a la aceptación. Sin embargo, esto podría mudar rápidamente conforme avancen los movimientos del ministro hacia la ortodoxia, el único camino que podría transitar con algún éxito. Llegados a este punto, y rotos definitivamente los sueños revolucionarios del Frente de Todos, puede que la expresidenta comience a boicotear, nuevamente, al único que todavía tiene deseos de salvar la experiencia oficialista.

En el fondo, las dudas remiten a la fallida experiencia de Domingo Cavallo cuando, en 2001, aceptó hacerse cargo de la cartera económica del gobierno de Fernando De la Rúa. Nadie dudaba de las credenciales del padre de la convertibilidad. Al igual que Massa en la actualidad, Cavallo también desembarcó con un paquete de medidas fuertes y hasta audaces, como la canasta de monedas destinada a suavizar el impacto de un dólar mundialmente sobrevaluado sobre la economía nacional. Pero nada alcanzó, ni siquiera su fama de infalible. Simplemente, el presidente no tenía la autoridad suficiente como para convencer a sus compatriotas de que la crisis podía ser conjurada a tiempo.

El escenario hoy exhibe preocupantes similitudes, con la única excepción que las estadísticas señalan que la economía se encuentra en crecimiento. Por lo demás, son mayores las semejanzas que las diferencias. Y, para ser honestos, entre aquellas hay una que parece un déjà vu: la falta de poder presidencial y una vicepresidencia disfuncional. Si bien es cierto que Cristina no abandonó el barco como sí lo hizo Carlos Chacho Álvarez, su comportamiento ha sido, hasta el momento, tan desestabilizador como lo fuera el de su lejano antecesor en el cargo. Es un contexto desafiante para cualquier entusiasta, incluso uno legendario como lo es el propio Massa.

A 48 horas de haber jurado, en definitiva, el expresidente de Diputados ha dejado gusto a poco. A su favor dígase que es consciente del rumbo que debería tomarse y que arriesga su propio pellejo. En contra, que no alcanzó a presentar ni un plan de estabilización ni una estrategia visible de reducción del gasto público. Las dudas, finalmente, pertenecen al entorno del oficialismo. Desde el silencio de Cristina hasta la grieta que ya muestran, sin empacho, los piqueteros como Juan Grabois, la incertidumbre política que emana del Frente de Todos resulta inquietante. Los mercados le han concedido a Massa una tregua con la esperanza que, en los próximos días, todo resultará más claro. Menos indulgente han sido la oposición y Schiaretti, para quienes el experimento está agotado y solo hay que exigir que Fernández culmine con el mayor decoro posible una gestión ya condenada al fracaso.