El derecho a la creatividad

La película documental “George Michael: Freedom Uncut”, que resume la carrera del cantante británico fallecido en 2016, pone especial énfasis en las bondades artísticas de este ídolo pop, y en su conflicto con el sello Sony, del que quiso independizarse ya entrados los años noventa.

J.C. Maraddón

En la industria musical, la transición del disco físico al streaming ha sido un proceso traumático que, si bien ha implicado importantes mejoras en la difusión de los artistas noveles, ha alterado drásticamente el negocio discográfico al poner en vías de extinción el objeto central de las transacciones: los discos. Sólo aquellos que se benefician con millones de reproducciones obtienen una recompensa económica a su trabajo, en tanto que el resto debe arreglárselas con lo recaudado por los shows en vivo, ya que ahora los circuitos de distribución son monopólicos y las plataformas apenas si comparten una ínfima parte de sus ganancias con quienes les proveen los contenidos.

Lo que ha entrado en colapso es el ecosistema de los sellos, esas empresas que en otros tiempos eran las responsables de contratar a los músicos, financiar sus grabaciones, publicar su música y difundirla. Nada de esto era impulsado por la filantropía, más vale, sino por la ambición de multiplicar lo invertido hasta hacerlo rendir al máximo. Pero, más allá de esas condiciones dispares propias de cualquier industria, ese sistema de producción funcionó durante todo el siglo veinte y sirvió como soporte para uno de los consumos culturales más populares del mundo.

No es que ahora, cuando su presencia no es tan poderosa como antes, se extrañe a esas compañías que supieron alguna vez tener la sartén por el mango y que a partir de su omnipotencia digitaron quiénes eran merecedores del aplauso masivo y quiénes no. Sólo se hace imprescindible marcar las diferencias entre aquella época en que estos intermediadores ofrecían su estructura para poner a nuestro alcance las obras musicales, y este presente en el que tenemos todo el repertorio universal a nuestra disposición, siempre que contemos con acceso a internet y paguemos la cuota mensual que se requiere para disfrutar del servicio.

En estos tiempos, algunas de las figuras de mayor renombre han encabezado campañas para conseguir que se les pague de manera digna a quienes aportan sus canciones para completar los catálogos infinitos disponibles online. Y para presionar acerca de los contenidos que se ofrecen a los usuarios por parte de firmas comerciales que acaparan un porcentaje abrumador del mercado online. En el antiguo régimen, eran las discográficas las que se resistían a transigir con los reclamos de los intérpretes y, por ende, sus marcas estaban en la picota tal como hoy lo están Spotify o Apple Music.

La película documental “George Michael: Freedom Uncut”, que resume la carrera del cantante británico fallecido en 2016, pone especial énfasis en las bondades artísticas de este ídolo pop, que conquistó un lugar de privilegio en el género del R&b, reservado casi con exclusividad a los afroamericanos. Y, además, esboza hipótesis sobre cómo su condición de homosexual influyó en su carrera, tanto en la repercusión de su imagen pública como en el legado sonoro que dejó a lo largo de más de tres décadas de trayectoria, durante las cuales se comportó como una celebridad que nunca pudo ser del todo “domesticada”.

Sin embargo, uno de los temas que mayor despliegue posee en esta producción que el propio George Michael codirigió antes de su muerte, es el de su conflicto con el sello Sony, con el que había firmado un contrato en su adolescencia y del que quiso independizarse ya entrados los años noventa. Aunque la justicia falló a favor de la multinacional nipona, meses después él obtuvo la libertad ansiada, un epílogo para la reyerta que demostró la solidez de sus argumentos. Era una instancia más de esa pelea por el derecho a ejercer la creatividad a su manera y no según los dictados del marketing.