Temprana vejez de lo novedoso

En el verano boreal de 2012, hace apenas diez años, millones de personas se hicieron eco a escala planetaria de un paso de baile promovido por el artista coreano PSY, a través de su tema “Gangnam Style”, que recolectó millones de reproducciones con un video por demás bizarro.

J.C. Maraddón

Aunque apenas ha transcurrido una década desde entonces, el año 2012 aparece como muy lejano en el tiempo, sobre todo porque en ese momento todavía no predominaban algunas herramientas tecnológicas que en la actualidad podría decirse que son fundamentales en la vida de millones de personas. Por ejemplo, la aplicación de WhatsApp no estaba presente en todos los teléfonos ni en los intercambios comunicativos cotidianos. Y las virtudes del streaming, que en nuestros días provee de música y producciones audiovisuales al mundo entero, eran un decenio atrás tan sólo incipientes desarrollos que prometían un futuro en el que se borrarían las fronteras.

De las redes sociales, Facebook gozaba aún de gran predicamento entre los jóvenes, al igual que Twitter, pero faltaba tiempo para que Instagram cobrase la popularidad que llevó a su adquisición por parte del gurú de la virtualidad Mark Zuckerberg. Y mucho menos podía pensarse que desde China llegaría TikTok, la plataforma que está teniendo mayor incidencia en la industria discográfica, al mismo tiempo que desde aquella gran potencia asiática se esparcía por todo el planeta el virus del Covid-19, cuya ola de contagios derivó en una pandemia que aceleró muchos de los cambios que la humanidad venía experimentando.

Por eso, remontarse a aquel 2012 es también un ejercicio de toma de perspectiva, que nos posibilita dimensionar cuántos casilleros hemos avanzado (o retrocedido) con respecto a esa instancia en la que comenzábamos a acostumbrarnos al deslumbramiento con esas novedades que día tras día obligaban a renovar nuestros aparatos y a refrescar nuestros conocimientos y nuestra capacidad de adaptación. En aquella época no se hablaba de grietas políticas ni aquí ni en los Estados Unidos, donde la gestión de Barack Obama contaba con un amplio consenso, que ni por asomo prefiguraba la chance de que Donald Trump accediera a la Casa Blanca.

Pero, al igual que ahora, YouTube ya estaba consolidado como un soporte para música y videos que había logrado desplazar a los medios tradicionales y que cobijaba un archivo inconmensurable, disponible para cualquier usuario que estuviese conectado a internet. La combinación entre ese servicio y la facilidad para compartir contenidos en redes sociales, hizo emerger los primeros fenómenos masivos surgidos en ese ámbito, con efectos virales que superaban todo lo conocido hasta ese entonces y que generaban una tendencia a la imitación cuya expresión más palpable fueron los “challenge”, es decir, la convocatoria a que la gente replique y se filme haciendo lo mismo desde su propio perfil.

En el verano boreal de 2012, a escala global millones de personas se hicieron eco de un paso de baile promovido por el artista coreano PSY, a través de su tema “Gangnam Style”, que recolectó millones de reproducciones con un video por demás bizarro. Allí, él practicaba una coreografía que fue rotulada como “el baile del caballo” y que encontró emuladores por todas partes, como si poblaciones de los más remotos orígenes se hubiesen puesto de acuerdo para sumarse a la ola empujada mediante los recursos que existían para viralizar.

Eso que fue la máxima expresión de una modernidad anclada en la libertad de movimientos que brindaban los teléfonos inteligentes, las tablets y las netbooks, sin perder conexión a la web, se asemeja en nuestro presente a una pieza de museo, cuyo valor testimonial algunos sabrán apreciar, en tanto que otros habrán olvidado piadosamente el frenesí que produjo aquella canción. Con la crueldad de la que suele hacer gala el paso de los años, “Gangnam Style” padece el mecanismo de descarte que muchas veces afecta a esas cosas que han sido apreciadas por su novedad y que se desvanecen cuando pierden ese carácter.