Los chicos como fuente de ingresos

José Luis Espert pidió limitar la natalidad de los hogares pobres, una pizca de sentido común conservador popular con el que busca empezar a juntar votos que abandonen a Milei.

Por Javier Boher
@cacoboher

La élite argentina siempre supo tener un ojo puesto en el exterior, adoptando y adaptando las modas foráneas al paladar criollo. Un poco por pereza, otro poco por lo que se pierde en la traducción y otro tanto por deficiencias interpretativas, nuestras clases dominantes han hecho lecturas diversas de lo que mandaba el mundo.

Las ideas políticas no se escapan a esa lógica. El que vivió en el exterior por una beca académica, por trabajo o porque tiene la espalda para bancarse pudo mamar de primera mano lo que se cocinaba en la política de esos países. Doctrinas enteras han sido readaptadas a nuestro contexto, buscando la forma de darle un cariz criollo.

El liberalismo -o, mejor dicho, el libertarianismo- no escapa a esa trampa. Los que pudieron empaparse de esos textos y contextos se encargaron de hacer interpretaciones vacías, alejadas del lugar de surgimiento y difusión de esas ideas. Tienen decálogos sobre baja del gasto que no reparan ni un poco en las particularidades del lugar en el que pretenden aplicarlos.

Sí, Argentina tiene un problema grave de gasto público, un poco por el costo de la política y otro poco por falta de vocación ascética de la clase dirigente, más acostumbrada al despilfarro de las élites criollas de principios del siglo XX. Pero de eso no se puede derivar que todos el resto de los postulados libertarios sean adecuados para el país. De hecho, no hace falta ser un ortodoxo de la Escuela Austríaca para darse cuenta de que el gasto público en este país es altísimo.

En esa reinterpretación que hacen los políticos que dicen seguir esas ideas nos encontramos un sinfín de contradicciones. Por supuesto que estas últimas no tienen nada de malo, especialmente porque la diversidad de ideas es propia del ser humano. Pretender que un discurso cierre por todas partes lo convierte en un dogma inaplicable, salvo por el uso de la fuerza.

La principal figura del espacio, Javier Milei, ha entrado en una espiral de construcción de imagen negativa que no parece detenerse. Con claros rasgos sociopáticos, no termina de darse cuenta en qué momentos debe disimular sus ideas, algo que otros políticos saben hacer muy bien.

Redoblar la apuesta o repetir ideas criticadas ha sido su respuesta ante los papelones de los dos últimos meses, en los que defendió la portación de armas, la venta de órganos y la venta de niños. Alcanza con dejarlo hablar para que él solo se tire tierra encima, acusando a los demás de estar en contra de la libertad.

Sin embargo, no es el único político del espacio con aspiraciones presidenciales. José Luis Espert, quien de hecho se postuló en 2019 para ser Jefe de Estado, está anotado en la carrera por esos votos. Mucho más vivo que Milei, sabe cómo agitar la opinión pública con polémicas mucho más arraigadas en el sentido común de la gente.

Su última aparición va en ese sentido, pidiendo por controles de natalidad en los hogares pobres. A su entender, a partir de la existencia de la AUH hay un incentivo entre los pobres por tener más hijos, lo que él interpreta como la transformación de la Argentina en una gran villa miseria.

El planteo del economista es errado. De hecho, a partir de los datos del último censo podemos saber que la tasa de natalidad en el país sigue descendiendo. Argentina es un país cada vez más envejecido porque nacen menos chicos.

Además parte de la premisa de que los hijos de pobres no podrían salir de esa situación. Aunque la movilidad social ascendente es cada vez menos frecuente, lo cierto es que -si la baja de la natalidad fuese más pronunciada entre hogares de clase media que entre los de clase baja- a esos espacios que se generen para ocupaciones propias de ese espacio los ocuparían los hijos de los pobres.

Por supuesto que para eso hace falta una economía que crezca, no una que se aproveche de eso para licuar salarios, tal como ocurre con los salarios docentes. Que Argentina se pueda convertir en una gran villa miseria no depende de cuánto hijos tienen los pobres, sino de cuántos votos sacan los políticos que se enriquecen a costa de esa situación.

El planteo parte de supuestos que no se evidencian en los datos relevados por el Indec y otros organismos, pero sí de un sentimiento de desprecio o temor que muchos argentinos sienten respecto a la pobreza. Aunque en muchos lugares de nuestra geografía la pobreza es una moneda corriente y una realidad aceptada, en buena parte del país la gente todavía se resiste a caer en la pobreza, respecto a la que se puede tener empatía pero la que se trata de evitar hasta las últimas de las consecuencias.

Espert, con mucha más inteligencia que Milei, espera su turno. Sabe que el histrionismo del otro economista en algún momento se va a terminar, cuando se pase la novedad y quede en evidencia su incapacidad para hilar conceptos y establecer redes políticas.

Cultivando un perfil de típico porteño canchero, Espert habla desde un conservadurismo popular mucho más arraigado, en el que no se puede criticar a la familia, pero en el que no está mal visto decir que se embarazan por un plan, lo que siente tanta gente que ve que sus vecinos cobran sin trabajar.

La pesca por ese lado puede ser mucho más rica que deseando que la gente desesperada venda un riñón o un hijo por necesidad económica. Es, al menos, el que promete que los chicos dejen de ser una fuente de ingresos para los padres, algo diferente a lo que pide Milei con la venta de chicos o el kirchnerismo con las AUH.