Sergio y Cristina, unidos por el espanto

Para salvar la situación, paradójicamente, Cristina vuelve a sus fuentes, esto es, consentir que un moderado sustituto se haga cargo del desastre generado por Alberto (el moderado titular) que, para mayor aflicción, no resultó ser tal. Diríase que es cuanto menos divertido advertir que la suerte del revolucionario Frente de Todos depende de Massa, un típico conservador bonaerense.

Por Pablo Esteban Dávila

En nuestra columna del pasado 25 de julio señalábamos que “agotados, como se advierte, los clásicos meandros para salvar un populismo de bolsillos vacíos, las opciones son dos: la renuncia del presidente o el cambio de rumbo. La primera es entregar el país a Cristina; el segundo, encomendarle el poder a Sergio Massa, con Fernández situado en el rol de un mandatario nominal, que preside pero que no gobierna”. El gobierno optó por esta última posibilidad.

El buen arte de la política señala que, en rigor, el presidente debería haber designado al titular de Diputados tan pronto cuando Martín Guzmán presentó la renuncia, con las atribuciones que recién ahora, cuatro semanas después, acaba de concederle. Sin embargo, escogió a Silvina Batakis para demostrar que, pese a todo, todavía él era quien mandaba.

La ilusión demostró ser vana: Fernández ya tenía escaso poder entonces; ahora lo tiene incluso menos. Batakis duró un suspiro en su cartera y el tigrense se mudará de palacio en los próximos días. Es superfluo preguntarse porqué el presidente no hizo entonces lo que se vio forzado a realizar anoche. Hace ya tiempo que sus actos son absolutamente incomprensibles. Este último es, quizá, el epílogo de tanto diletantismo.

Massa, que supo esperar pacientemente su momento, desembarcará con estilo. Quedarán bajo su control los ministerios de Economía, Desarrollo Productivo y Agricultura. Daniel Scioli, designado seguramente con muchas promesas en la silla que dejara vacante Matías Kulfas, regresará a Brasilia con pena y sin gloria. Triste destino para quien estuvo a dos puntos de ser presidente de la Nación.

Es posible imaginar la hoja de ruta del flamante superministro. Una devaluación disfrazada y mayor ajuste del que se venía practicando, aunque se lo haya negado todo el tiempo. Ya hay un paper circulando con sus principales medidas. Pero, y a despecho de lo que finalmente lleve adelante, se comportará como el nuevo hombre fuerte de la Argentina, dialogando con empresarios, trabajadores y potencias extranjeras. Su agenda, para utilizar el lenguaje predilecto de los corifeos del Frente de Todos, será de derecha.

Es extraño que alguien que nunca ocultara esta faceta haya terminado siendo bendecido por Cristina Kirchner, una izquierdista militante. Aquí hay una contradicción. Su hijo, la Cámpora y otras expresiones ultraístas del Frente de Todos esmerilaron a Fernández por su supuesta derechización al menos desde las últimas PASO. La propia vicepresidenta contribuyó a tal erosión mediante cartas, gestos y emisarios. Ahora parecen bajar de Sierra Maestra para rendirse en Wall Street.

Resulta claro que Massa no podría haber llegado a este lugar de no haber contado con el visto bueno de Cristina, por lo que las miradas deben dirigirse a la vicepresidenta. ¿Por qué ha consentido la llegada al gabinete de alguien al que, en el fondo, continúa detestando? La respuesta no es otra que el instinto de preservación. Era obvio que, con Alberto, su suerte estaba echada. Continuar con su gobierno de ficción significaba terminar en el caos, una situación en la que ella también habría sucumbido. Consentir a su exjefe de Gabinete es, de alguna manera, comprar el tiempo necesario para intentar llegar próximo año.

Cosas similares podrían decirse de él. En un pasado no muy lejano, Massa se desgañitó hablando contra Cristina, la Cámpora y el kirchnerismo. Incluso su adhesión al Frente de Todos fue racionalizada como la única manera de evitar que Macri continuara al frente de la Casa Rosada, no como una desmentida de sus dichos anteriores. Ahora se encuentra en la situación de pedir el plácet a su antigua jefa para asumir sus nuevas obligaciones.

Podría caerse en el lugar común sobre que la necesidad tiene cara de hereje, pero, en realidad, las cosas son bastante simples. Parafraseando a Borges, a Sergio y Cristina antes que el amor los une el espanto. Ella tiene pánico a que la crisis se la lleve puesta; él, que nunca más pueda regresar al poder luego de la catástrofe en cuotas que vive el país. Ambos se necesitan sin importar que tanto se detesten.

Buena parte de la sociedad está dispuesta a hacer mutis por el foro ante esta grotesca incongruencia por las mismas razones. El hecho que, de solo al conocer la noticia, los dólares financieros hayan bajado y los bonos hayan subido es una señal de que el mercado observa con alivio que alguien con alguna idea más racional se haga cargo del desaguisado acumulado en dos años y medio de gestión albertista. Podría ser de buen augurio a condición, claro está, de que el superministro lleve adelante un programa decididamente ortodoxo.

Esta es otra paradoja apasionante. En su momento, Cristina eligió a Fernández porque sumaba moderación a su fama de destemplada. Con gracias a esta fama de su compañero de fórmula ella se aseguraba regresar al poder. Sin embargo, ya en el gobierno y al solo efecto de agradar a su valedora, Alberto se radicalizó en lugar de afirmarse en el centro, desilusionando a muchos y sin convencer al ala izquierda del oficialismo. El resultado es el que se observa: un presidente extraviado y casi en desuso.

Para salvar esta situación -es el núcleo de este absurdo- Cristina vuelve a sus fuentes, esto es, consentir que un moderado sustituto se haga cargo del desastre generado por el moderado titular que, para mayor aflicción, no resultó ser tal. Diríase que es cuanto menos jocoso advertir que la suerte del revolucionario Frente de Todos depende de Massa, un típico conservador bonaerense.

Resta esperar el comportamiento de la vicepresidenta ante el virtual gobierno de Massa. Si opta por la templanza (una virtud que siempre le fue ajena) puede que haya alguna posibilidad de salvar la ropa. Pero, si a poco de andar, regresa con sus rabietas porque no le agrada esta o aquella medida, el ambiente puede caldearse nuevamente, aunque con una diferencia: Sergio no es Alberto. 

Esto significa que, en su rol de superministro, el exintendente de Tigre no aceptará condicionantes, provengan de donde fuere. Y, si por presiones de la vice, Alberto recordara que sigue siendo el primer mandatario y le exigiese la renuncia, Massa volvería a Diputados para comportarse como un opositor en regla, intentando acordar la supervivencia con Juntos por el Cambio. Mal que le pese a los K, las circunstancias le han dado al interesado el ancho de espadas. Y, como se sabe, en temas del poder no le gusta andarse con chiquitas, mucho menos con romanticismos del pasado.