La historia entra en una casa

Vaciar la casa de los padres es un viaje a la historia personal, pero también a los vaivenes de la vida colectiva de todos los argentinos.

Por Javier Boher
@cacoboher

Ayer me pasé la mañana y la tarde revisando recuerdos. Mis padres han decidido mudarse por eso combo que tanto persigue a la gente mayor en este país: la casa queda grande, el barrio se pone más peligroso y las jubilaciones se achican. Toda la vida se hace más difícil cuando llega el momento de disfrutar los frutos del esfuerzo acumulado por años.

Afortunadamente esta no es una nota sobre eso. Es sobre historia, pero sobre la historia que vamos viviendo en primera persona. Nadie puede saber quiénes son los otros cuarentipico millones de argentinos, pero sabe que ciertos episodios históricos, en ciertos contextos determinados, produjeron en todos algunos efectos reconocibles.

Vaciar placares y estanterías, revisar en cajas y bolsas arrumbadas en algún rincón oscuro o desempolvar viejos álbumes de foto de la época en la que todavía había que revelar los rollos son un viaje hacia todo ese tiempo transcurrido a lo largo de los años. Toda mi historia -o al menos la de los años constitutivos de la personalidad- salió de entre esos recuerdos de la casa de mis padres. La historia del país también, obviamente.

Yo soy clase 1986. Somos los del mejor mundial de Maradona y los que nos anticipamos a la convulsión política del ‘87. Paros generales, visita del papa Juan Pablo II y elecciones que sepultan el futuro del gobierno de Alfonsín (el de llamativa similitud con el actual).

De esos años apenas hay fotos y algún que otro juguete que no exuda nada de todo ello. Sí hay de un par de años después, de una hiperinflación que es difícil recordar de los jóvenes tres años. Sí me acuerdo de los botellones de aceite que se compraban en esos años, como me acuerdo de que los perros comían polenta (motivo por el cual la evité hasta que me tocó ser padre).

En algunas latas aparecieron un par de monedas y billetes de australes, con los que casi no conviví: el 1° de enero de 1992 arrancó el peso convertible, justo cuando me tocó arrancar primer grado. A esa edad no es fácil manejar plata, lo que se complicaba aún más con la pérdida de ceros. Esa primaria fue sin inflación, con precios siempre iguales. El combo del pebete y la coca costaban un peso, desde primer grado hasta cuarto año del secundario. Arranqué quinto tras el fin de la convertibilidad.

Los juguetes que aparecían en las cajas apiladas adentro de algunos placares tienen muchísimas luces, decenas de pilas y un montón de parlantes, todo de la época de las importaciones baratas de los ‘90. Seguramente algunas personas que trabajaban en fábricas de juguetes argentinos perdieron sus trabajos, pero ¡cuánta felicidad que nos traían esas chucherías!.

En el secundario uno se hace un poco más fanático de alguna cosa, porque la búsqueda de la identidad es así. El ingreso al secundario fue en el ‘98, justo con el Mundial de Fútbol de Francia, que se transmitía en hora de clase y por el que podíamos darnos el gusto de ver los partidos. Figuritas, pelotas, camisetas, todo remite a esos años.

En esos años de adolescencia a algunos se les empiezan a despertar las inquietudes políticas. El ocaso del menemismo trajo una oposición fuerte desde el progresismo. La Generación X militaba contra el olvido a las atrocidades cometidas por los militares en la última dictadura, lo que generó un encantamiento con los ‘70, la generación de nuestros padres.

El fin de 2001 puso austeridad en nuestras vidas. El ajuste privado había sido fuerte, la desocupación y la pobreza eran palpables en la calle y todo eso nos llegaba fuerte a todos los que estábamos saliendo al mundo. De esos años aparecieron muchísimos folletos de partidos de izquierda, festivales de rock y folletería del Modelo de Naciones Unidas que organizaba OAJNU.

Me encontré una invitación de 2002 para participar en un simposio sobre “Argentina y el neoliberalismo”, que terminó siendo la primera vez que me presenté a leer algo escrito por mí frente a un puñado de desconocidos. Camperas de jean, pañuelos tipo árabe, zapatillas de lona pintadas con fibras. Todo eso salió de esos años del renacer setentista en el que nos sumergieron a tantos.

Las entradas a los festivales, recitales o eventos artísticos variados reflejan otra constante de esa historia argentina. Qué problema ver los efectos de la devaluación o de la inflación. Un bono contribución de 2003 tenía un premio de $1000. Al cambio de entonces, unos 250 dólares. Hoy sería un premio de unos 80 mil pesos o tres dólares, según en qué moneda hubiésemos ahorrado el premio.

Después de eso hay otras cosas vinculadas a los años de la bonanza kirchnerista, principalmente recuerdos de la posibilidad de viajar barato por el atraso cambiario. No eran cosas de cosecha propia, sino regalos que se fueron acumulando por los viajes de otros.

En el repaso de la historia personal a través de los objetos acumulados podemos ver cada etapa de esa impredecibilidad previsible que es la Argentina. Ciclos de alternancia entre crisis y bonanza que fueron forjando el espíritu de millones de argentinos se ven en esos recuerdos materiales.

Según una tabla que compartió un usuario de twitter el otro día (@juanmeirino) me tocó vivir el 42% de mi vida en recesión y sólo 12 años con inflación anual menor a dos dígitos.

Ninguno de mis hijos vivió algún año sin inflación de dos dígitos y les tocó entre mitad y dos tercios de su vida en recesión. No parece tan grave: en 1991 yo llevaba toda una vida con inflación anual de dos dígitos y el 60% en recesión. Habrá qué ver cómo seguirán los años siguientes. Ojalá puedan llegar a juntar tantos recuerdos gratos como yo cuando les toque vaciar mi casa.