Escrito en el libro de viajes de otro (Cuarta parte)

Basada en el libro de Alcide d’Orbigny, que ofrecía en 1836 una crónica sobre las postas cordobesas, la nota debió cambiar de caballo a mitad del río, al descubrir que el viaje -y la crónica- correspondían a 1823, y que el nombre de su verdadero autor había sido omitido.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Una estancia en la pampa, ilustración incluida en el libro de d’Orbigny.

Entre el ensayo y el relato, probablemente lectores y lectoras no dudarían en elegir al segundo. Claro que esta serie de notas en base a la obra de Alcide d’Orbigny publicada en 1836, dejó el relato en segundo plano, al ver que el verdadero autor de la crónica reseñada era en realidad el inglés Robert Proctor, quien realizó su viaje en 1823. El nombre de Proctor fue omitido en Voyage pittoresque dans les deux Amériques, al transcribirse en el libro textualmente su crónica sobre el viaje de Buenos Aires hasta Chile.
Un cuidadoso cotejo del original francés de d’Orbigny y el original inglés de Proctor permite hallar diferencias entre ambos textos: básicamente algunas elipsis respecto del original de párrafos completos o partes de párrafos, o bien la sustitución de pasajes del texto referidos puntualmente a algún hecho o episodio, por una especie de resumen. Lo más asombroso, en este caso, es descubrir que no solo hay omisiones, sino que también se introducen algunos párrafos que no figuran en el original, una rara traducción de la crónica en la que quienes -digámoslo elegantemente- adaptaron el texto de Proctor, decidieron agregar referencias de su propia cosecha. Las diferencias mencionadas no constituyen omisiones ni filtraciones graves en lo que hace a la narración, aunque sí son indicadores útiles para el ensayo -así como para la especulación- acerca de cómo llegó el texto de Robert Proctor, sin mención de autor, a la obra de d’Orbigny publicada una década más tarde.
Por lo demás, el texto es el mismo en su esencia y en lo que refiere. Se transcriben los párrafos finales sobre el paso por las postas de Córdoba, siguiendo la versión publicada por d’Orbigny.
“Nada notable encontramos hasta la Esquina de Medrano, adonde llegamos el 20. Se entra en ella por una gran sala artesonada con cañas colocadas al lado unas de otras, lo que da a la casa un aire de limpieza que falta a las otras cuyas salas no tienen artesones, al paso que alrededor de sus techos cuelgan telarañas a modo de guirnaldas, sin que nunca hayan de temer que las quite la escoba. Se halla edificada la casa en muy agradable situación, y sus alrededores están plantados sobre todo de acacias espinosas o algarrobos, cuyas ramas barren la tierra. Sacan mucho partido los habitantes del fruto de aquel árbol; cuando está maduro se parece a una larga vaina amarilla que se tendría por un haba francesa. Crece en forma de largos racimos y de un gusto muy dulce. Se hacen con él diferentes suertes de confituras y una especie de pan viscoso que no me pareció muy agradable.
En la Esquina de Medrano se encuentra la separación de los caminos del Perú y Chile; el primero se dirige a la derecha por Córdoba, Tucumán y Salta, y el segundo (el que seguíamos nosotros) por San Luis y Mendoza.”
(…)
“En la Punta de agua, no nos faltaron víveres, pero si habitación. Cansado de comer carnero asado, bastante duro como para lastimarnos los dientes, quise probar el hervido, especie de caldo o sopa compuesta de una porción de carne de vaca, hervida en agua clara con cebollas, pedazos de calabaza y mazorcas de maíz tierno; ese plato bastante sabroso cuando se añade mostaza, sal y pimienta, tiene el inconveniente de exigir muy larga preparación”.

Luego, el texto publicado por d’Orbigny omite dos referencias específicas: la rotura del eje del vehículo en que viajaba Proctor, así como la ayuda que precisaron para trepar la orilla empinada tras cruzar el Río Cuarto. El texto traducido al francés se limita a decir:
“Después de haber atravesado a duras penas el Rio cuarto, que es efectivamente el cuarto de los ríos grandes que se encuentran desde Buenos Aires, llegamos al lugar de Barranquitos, larga hilera de casas con un excelente vergel y un gran aposento para alojar a los viajeros. Una fuerte y copiosa lluvia que cayó por la noche, retardó mucho nuestra partida al otro día.”
(…)
El sol que animaba con sus más vivos destellos aquel silencioso sitio, se oscureció pronto, y de nuevo cayó una lluvia que resonaba por entre las colinas de granito y las salvajes rocas precipitadas de los montes al fondo de los valles. Nos apresuramos a buscar un asilo en la casa de postas de Achiras, colocada en una situación muy pintoresca a ciento ochenta y seis leguas de Buenos Aires.
Presenta el país que la rodea inmensas moles de granito esparcidas confusamente por todas partes y adornadas a veces con bonitas casas verduzcas, dominadas por peñascos gigantescos protegidos con la sombra de los arbustos. Se parece la casa a todas las otras; se halla en un desfiladero y posee un vergel rodeado de desnudos peñascos. Estaba lleno de hermosas higueras, cuyo rico y negruzco follaje hacia resaltar más y más el alegre verdor de los manzanos y perales encorvados con el peso de sus frutas, al paso que algunas vides, cargadas con racimos de uvas, colgaban en forma de festones. Los corrales para el ganado estaban formados por gruesas piedras amontonadas en círculo. Tienen en esa región un método enteramente particular de secar los duraznos para la provisión de invierno, y que posteriormente vi practicar en Chile, en donde esa conserva es un artículo de comercio bastante considerable. Mondan esas frutas, las extienden al sol para hacerlas secar en la cumbre de los peñascos, luego las ensartan en palos de once pulgadas de largo, con el objeto de conservarlas.
Dejamos Achiras al día siguiente por la mañana; y después de haber viajado al través de una región llena de piedras, llegamos a una llanura desembarazada.”

Una cita final narra el encuentro de los viajeros con una caravana de mulas que transportaba vinos desde Mendoza. El texto de d’Orbigny introduce una descripción ausente en el original de Proctor, sobre el hábito de los arrieros que conducen las mulas de carga:
“Las sillas y algunos malos vestidos extendidos por el suelo, forman la cama del arriero, el cual, con su poncho, duerme al aire libre, como todos los gauchos propietarios y colonos de estas provincias.”