Un gremio con intereses permanentes

Daniele parece un conductor todopoderoso y siempre legitimado por los suyos, pero, en realidad, es más un corcho que flota sobre aguas turbulentas que un timonel al mando del SUOEM. Esto conspira contra cualquier ilusión de tenerlo como aliado.

Por Pablo Esteban Dávila

Henry John Temple, Vizconde de Palmerston y primer ministro inglés de mediados del siglo XIX, afirmó que “Gran Bretaña no tiene aliados permanentes, sino intereses permanentes”. Con el tiempo, el apriorismo se transformó en una guía para el pragmatismo de países y dirigentes de toda laya.

El pragmatismo es un valor que rara vez se discute en política, simplemente porque otorga un andamiaje conceptual que permite amplios márgenes de maniobra. Sin embargo, esto no significa que sea fácil practicarlo todo el tiempo y en cualquier lugar. El ser humano necesita certezas para entender el mundo y dar sentido a sus actos, un hecho que colisiona con el pragmatismo puro y duro. Y los políticos, al fin de cuentas, necesitan vender sus ideas como algo incuestionable.

Entre la sentencia de Palmerston y la gestión de Martín Llaryora median dos siglos y sistemas políticos muy distintos, pero hay algunas lecciones que el intendente podría extraer de aquella, especialmente respecto a sus relaciones con el SUOEM.

Valga un pequeño repaso. Con admirable sentido de la oportunidad, Llaryora aprovechó el aislamiento impuesto por la pandemia para bajarle el sueldo a los municipales. Lo hizo, por supuesto, recortando horas de trabajo y no realizando una quita sobre los salarios, pero a los efectos es lo mismo. El gremio sufrió el golpe, pero el confinamiento evitó que los ofendidos ganaran la calle.

Desde aquel hito, el intendente se sintió un poco más dueño de la gestión que sus predecesores. Ayudó a esta percepción el hecho de que las finanzas del Palacio 6 de Julio se desahogaran un tanto, una bonanza que le permitió encarar diferentes obras públicas y acciones ornamentales de gran impacto. El SUOEM, a despecho de la historia de los últimos 30 años, pareció acompañar mansamente estos lineamientos, con buena parte de sus afiliados convenientemente guardados en sus hogares.

En el medio, Rubén Daniele regresó a ejercer la jefatura de los suyos. Ramón Mestre lo había desactivado mediante un decreto, confiriéndole estatus de jubilado y a pesar de que el supuesto beneficiario no tuviese ninguna intención de pasar a retiro. Tras una larga batalla judicial el histórico dirigente logró ser readmitido a la planta municipal y, desde allí, retomar la conducción sindical a comienzos de mayo.

En un principio, el intendente vio con buenos ojos aquella resurrección. Sin Daniele el gremio había perdido combatividad, pero amenazaba con una libanización que, a la postre, habría significado mayores dolores de cabeza para la administración de Hacemos por Córdoba. Por lo tanto, el Departamento Ejecutivo no puso reparos para que los municipales continuaran porfiando con quien los había llevado a gozar de elevados jornales a cambio de bastante poco trabajo. Se consideraba que siempre sería mejor tener un único interlocutor que decenas de ellos. Además, Daniele es peronista y, después de todo, Llaryora es el primero de tal linaje desde que Juan Carlos Ávalos asumiera como Lord Mayor en 1973. ¿Cómo no llevarse bien entonces? Se supone que entre compañeros no hay cornadas.

Sin embargo, la distancia entre la teoría y la práctica es mayúscula cuando del SUOEM se trata. Es cierto que Daniele parece un conductor todopoderoso y siempre legitimado por los suyos, pero, en realidad, es más un corcho que flota sobre aguas turbulentas que un timonel dispuesto a llevar el barco hacia un rumbo predeterminado. Ya se ha dicho muchas veces: el sindicato es una federación de áreas muy diferentes y el mérito del secretario general ha sido siempre coordinar las diferentes contradicciones internas, no liderarlas.

Puede que Llaryora se haya confundido en esto. Que haya conjeturado que, siendo ambos peronistas y habiéndole conferido un plácet implícito para regresar al poder, Daniele no haría otra cosa que acordar previamente la resolución de cualquier conflicto, evitando el desorden y los desmanes en la calle. Se equivocó.

Y aquí se oyen los ecos de Lord Palmerston. El intendente debería saber que Daniele (y, por carácter transitivo, el SUOEM) no tiene aliados permanentes, sino intereses permanentes. Que durante algún tiempo hayan tenido un par de coincidencias tácticas no significa que su alianza haya sido de acero. Las furiosas protestas en las primeras semanas del mes pasado así lo acreditan.

Tal vez Llaryora haya creído que ya había logrado hacer lo que Juan Schiaretti pudo con Luz y Fuerza, otro de los gremios indomables de Córdoba. Pero también en este punto esta percepción fue prematura. El desgaste del lucifuercismo fue una auténtica política de estado del gobierno provincial y, que se sepa, no tiene fecha de vencimiento. Por el contrario, el impasse del Departamento Ejecutivo en su embestida originaria fue leída como una muestra de fragilidad por parte de un conjunto de personas acostumbradas a hacerse picnics con los débiles.

¿Fue un tanto ingenuo pretender que el astuto Daniele se comportaría, esta vez, como un Lech Walesa y no como un depredador? Es muy probable, pero hubo varios que también se confundieron, desde Germán Kammerath hasta el propio Mestre, pasando por el máximo socio que tuvo el sindicato, el hoy senador Luis Juez. Estos antecedentes exculpan la candidez que, a juicio de algún cínico, podría haber mostrado el actual intendente sobre el tema.

Como fuere, la relación entre el ejecutivo y el SUOEM está ingresando en una fase de desengaño, la que se acelerará a medida que la inflación siga haciendo estragos. Daniele ya demostró que nunca será un aliado confiable; ¿se animará Llaryora a perseguir, de ahora en más, exclusivamente sus intereses? El tiempo, que no es mucho, dirá.