Pesimismo real y optimismo literario

Los cuentos de Nelson Specchia editados por Hojas del Sur, conectan con mundos de los que solo vemos las partes que el autor quiere mostrar. Pero esto, sin sentido limitado: al hacerlo, enciende una luz que revela todo lo que sirva para alimentar el fuego de la narración.

Por Gabriel Abalos
gabrielabalos@gmx.com

Nelson Specchia y su nueva criatura narrativa.

Como un vaso sin whisky entre las manos, de Nelson Specchia, es una muy buena novedad local y para nada localista. El conjunto de doce cuentos ocupa el panorama narrativo de estas semanas con el fruto de la labor de escritura propia del autor, aunque Specchia también está impulsando la revista Clarice, un emprendimiento que revela un mapa literario servido en un nodo específico de lectura. Además de antologizar relatos de una docena de narradores, bajo el lema Los dominios de la siesta en su número uno, la revista con nombre de altar a Lispector acaba de lanzar el número dos, que trae un conjunto de cuentos del querido y malogrado Carlos Busqued, “aquellos cuentos que Carlos publicó él mismo, o permitió que se publicaran”, explica Specchia. Una gran recomendación a Clarice, que pronto traerá más a la mesa.
Como un vaso sin whisky entre las manos aparece con sencilla contundencia, trayendo relatos que exploran diversos registros, puntos de vista, narradores, escenarios y situaciones, lo que hacen mediante una prosa prolija, precisa, capaz de transmitir fielmente las voces y de guiar a los lectores con la claridad necesaria para adherirse al ritmo progresivo de los procesos narrados. Los cuentos interesan, atrapan, revelan una historia. El autor deja ver más allá a los y las lectoras, mostrando como al descuido, al fondo, la profundidad de esos mundos. La habilidad descriptiva es la clave de esa virtud de contextualizar lo narrado. El don de los detalles es convincente, por momentos incluso asombroso Las clases sociales contrastantes, sus vidas distintivas, la ecología de los ambientes diversos son expuestas de cerca.
El libro recibe a lectores con Tengo que llegar al puerto, unas horas bajo el fuego alemán en las estribaciones de la defensa soviética de Stalingrado, junto a la orilla oeste del río Volga. El cuento suena como una traducción de un muy buen texto en otro idioma, de otra época. Dos adolescentes que huyen cada uno por su vida en el infierno bélico le dan al relato ocasión para el breve diálogo. Aquí asoma una nota argentina, sin que se pierda la naturalidad en el contexto. En otros cuentos, que transcurren detrás de otras fronteras, también puede aparecer por sorpresa alguna alusión, alguna conexión de ese tipo. Varios cuentos se desarrollan en la Argentina, aunque, en esos casos, sus personajes casi siempre trasladan consigo partes de sus propios mundos de origen.
Otros atributos se van desplegando en el suceder de los cuentos. “Para mí siempre un libro de cuentos es una mezcla de universos, yo intento que sean cosas bien diferentes, que vos pases una página y no sepas qué te vas a encontrar en la página siguiente, porque si no me parece que se acercan mucho a una novela, los cuentos que tienen un mismo tema, un mismo tempo, la misma ubicación geográfica o temporal, es como si fueran extractos de una novela”, comenta Specchia a una pregunta que le hacemos.
Los registros que aparecen van corriendo el centro de gravedad, más allá de cambiar de escenario y de personajes. Hay un único cuento que admite la filtración de lo fantástico, dejaremos que cada quien descubra cuál es; también se trata del único que no es inédito. Otros rozan aspectos de lo espiritual, e incluso el humor, pero el tono dominante, con sus diversas variaciones, es el documental. En El llanto de las vacas se destaca la aparición de un monólogo, a medias entre lo culto y lo popular, que sostiene como un plano secuencia el relato. Esta muestra del monólogo digamos faulkeriano, donde quien habla es una chica, una mujer, se revela único en esta colección, aunque hay otras narraciones en primera persona. Aquí vale apuntar que la prosa de Specchia es lujosa no solo cuando describe las joyas arquitectónicas o las opulencias de ciertas escenas, sino también cuando te mete en la vida de los y las pobres del campo, de los pequeños pueblos, el horizonte de un mundo sin escapatoria, casi operacional concreto, cuyo único lujo es la supervivencia misma.
Siguiendo el paseo entre algunos de los cuentos, La dedicatoria de Adriano trata sobre el amor entre hombres, a partir del amor modelo del emperador Adriano por Antinoo, expuesto en las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, que se convierte en clave en el despuntar de ese amor entre dos estudiantes, uno brasileño y el otro italiano, que llegan con una beca Erasmus a Barcelona. Una dedicatoria en ese libro es el desencadenante para las compuertas de los personajes, apenas sugerida por el autor.
También aparece, hacia el final, una crónica de un concierto que bien podría publicarse como tal en la prensa, donde la obra ejecutada -la Partita N° 2 en Do menor de Bach- y la intérprete -la pianista Martha Argerich- sumados al atuendo de la artista y su cabellera blanca dan cuerda a una narración al ritmo de la música, con el carácter que presentan sus movimientos, con el retrato del trabajo de la pianista en su instrumento, atacándolo o acariciándolo según el pasaje. La blusa de Martha, con sus mujeres chinas con paraguas celestes sobre el fondo negro, que danzan imaginariamente, se pueden seguir por YouTube y recorrer paso a paso la dinámica de la narración. El cuento que presta su nombre al libro, Como un vaso sin whisky entre las manos, narra en paralelo dos historias, el presente y el pasado de una especie de maldición que se ha enquistado en un par de generaciones de una familia, tal vez unos cruces étnicos que en definitiva conducen a la amargura. Lo ha advertido el propio autor, en una charla: “Estos son cuentos que tienen un tono pesimista”.
El último cuento, Las sombras del olivo, recorre diversas escenas de la historia de Roma, la antigua, la papal, la sombra de San Francisco y la del Duce hasta concluir con un sencillo barrendero de la ciudad.  “Yo intento que los cuentos muestren un panorama de mundos posibles”, declara Nelson Specchia.
Sus cuentos no solo nos presentan mundos: nos los abren y los deja abiertos incluso mucho después de cerrar el libro.