En energía llueve sopa; Alberto con tenedor

Fueron las políticas de Néstor y Cristina, profundizadas por Alberto Fernández, las que lograron que el país perdiese el autoabastecimiento logrado en los años ’90. La actual escasez de gasoil es probablemente el punto más patético de este déficit.

Por Pablo Esteban Dávila

Se lee en Wikipedia respecto a la recordada película Mad Max, protagonizada por Mel Gibson: “en un futuro apocalíptico marcado por la escasez de agua, petróleo y energía, crisis económica y el caos social, las pandillas de facciones dominan las carreteras de Australia, donde no existe presencia del Estado por la crisis económica. Se puede apreciar un entorno desordenado y distópico”. Notable síntesis. Reemplácese Australia por Argentina y el texto bien podría estar referido a nuestro país, aunque en tiempo presente y no en el futuro.

En Mad Max el combustible es el objeto de deseo de un mundo adicto a la energía que se encuentra en descomposición. Cualquier ser humano puede ser víctima de las pandillas que buscan desesperadamente como llenar los tanques de sus vehículos. Las fuerzas del orden han dejado de existir. Solo los más fuertes pueden sobrevivir a la anarquía. Se ignora el porqué se ha llegado a tal punto, pero, por la fecha de su presentación (1979), es de suponer que sus guionistas se inspiraron en la crisis del petróleo desatada por la OPEP a mediados de la década del ’70.

En Argentina, en cambio, se conoce exactamente porque falta la energía. Fueron las políticas de Néstor y Cristina, profundizadas por Alberto Fernández, las que lograron que el país perdiese el autoabastecimiento logrado en los años ’90. La actual escasez de gasoil es probablemente el punto más bajo de este déficit.

Desde el oficialismo se insiste en las tesis más disparatadas para explicar el faltante. Desde el incomprobable contrabando hacia países limítrofes hasta maniobras especulativas de quienes acaparan el combustible para transarlo a precios viles. Se soslaya, por supuesto, que la YPF camporista se muestra completamente impotente para garantizar el abastecimiento, pese a controlar más del 70% del mercado. Otra muestra de que la forma más eficaz de perder alguna que otra imaginada “soberanía” (en este caso, la energética) es estatizando empresas que se presentaban como estratégicas.

La otra tesis es la explicitada por el presidente ayer. “El problema es que la economía crece mucho”, de allí que no se encuentre el gasoil. Y, también, de que la guerra en Ucrania ha puesto en jaque los supuestos energéticos en los que se apoyaban los países desarrollados. Fernández dixit: “¿Se estarán dando cuenta (los argentinos críticos) de los problemas de energía que hay en el mundo? ¿Se darán cuenta que todo el mundo está debatiendo hoy cómo sobrevivir y sostener el desarrollo cuando la energía empieza a faltar?”

Lamentablemente, recurrir a preguntas retóricas no ayuda, mucho menos a justificar lo que ocurre bajo una supuesta expansión económica. Que se sepa, en ningún país comparable a la Argentina hay escasez de combustible. Tampoco es cierto que exista un crecimiento económico genuino cuando recién ahora se observan indicadores similares a los de 2019 que, de por sí, fue un año de mediocre a malo. Y por entonces, bueno es recordarlo, cualquiera cargaba combustible en la estación de servicios de su preferencia sin que esto se transformara en una pelea callejera.

Se ha dicho muchas veces: la actual crisis energética es un problema de precios relativos. Si la única forma de conseguir gasoil es pagándolo más de 250 pesos es porque el valor regulado no refleja los costos de producción, de comercialización y los financieros. Es el mismo razonamiento que se puede aplicar al gas. Se importa a través de buques metaneros porque desaparecieron los incentivos para explotar más yacimientos, llegando al ridículo de que el gobierno paga a los exportadores de gas natural licuado mucho más de lo que autoriza a sufragarles a los productores locales. Son consecuencias de burócratas jugando al póquer con las tarifas y los precios, ignorando por completo las fuerzas de la oferta y la demanda.

El faltante de gasoil no solo complica la vida normal de los consumidores, sino que también amenaza a paralizar al país productivo, especialmente al agro. Hay piquetes por esta causa en diferentes rutas que, incluso, ya se han cobrado un muerto. Como en Mad Max, el Estado no puede poner orden porque, sencillamente, en la Argentina hace tiempo que se ha privatizado el control del espacio público. Como si no faltara poco para cimentar la sensación de decadencia que se percibe por doquier, ahora ni siquiera los que quieren trabajar pueden hacerlo.

Mientras tanto Fernández se hace tiempo para visitar a Milagro Sala por un problema de salud que adolece. No lo hace como un ciudadano sino como presidente de la Nación quejándose, de paso, de la justicia que la ha condenado. No le importa mucho a este profesor de derecho que la pena de la señora Sala haya sido ratificada en todas las instancias legales; como cualquier progresista de opereta, Alberto razona que los líderes de los autodenominados movimientos populares deben contar con inmunidades que al resto de los mortales no les son concedidas.

Aunque no parezca evidente, la visita a Sala es también parte de la crisis de energía. Nadie invierte en un país donde no se respeta el Estado de derecho o donde el presidente fustiga a los tribunales por hacer lo que a él no le gusta. ¿O acaso Vaca Muerta ha recibido las inversiones que su condición de tercera reserva mundial de gas no convencional suponía? Es obvio que nadie pondrá dólares que el Banco Central cambiará por pesos al tipo de cambio oficial, mucho menos en un país en donde la repatriación de utilidades en divisas es prácticamente imposible. ¿Para que tomar tantos riesgos?

Véase, nomás, lo que sucede en Europa. El viejo mundo era muy dependiente de la energía rusa. Gracias a mecanismos de solidaridad de los que bien valdría tomar nota, sus líderes decidieron dejar de comprar gas a Moscú por su invasión a Ucrania, entre otras medidas. Conocedor de esta situación (algo es algo), Fernández ofreció las reservas argentinas como una forma de mitigar el problema en su última gira europea, un talante que le valió el mote de traidor de parte de una publicación muy cercana a Putin.

Sin embargo, nada sucedió. Es como si la Argentina, en cuestiones de energía, no existiera. Aunque todavía falta camino para recorrer en orden a formular apreciaciones categóricas, no es difícil aventurar que nadie estaría dispuesto a cerrar un entendimiento con un socio tan poco confiable, que ni siquiera cuenta con gasoductos para, llegado el caso, despachar el fluido hacia los puertos en donde habría de tener lugar el proceso de licuefacción, el paso previo e indispensable para exportarlo.

La Agencia Italiana de Noticias – ANSA, por ejemplo, acaba de publicar que “después de Angola, Italia prevé la provisión del gas de la República del Congo con el objetivo de terminar cuanto antes con la dependencia energética de Moscú”. Si el país de origen de los abuelos de buena parte de los argentinos prefiere a los africanos para hacer negocios y soslayando la antigua tradición de inestabilidad de aquel continente, algo mal estaremos haciendo pese al declamado crecimiento del que se solaza Alberto.

Como siempre, llueve sopa y nosotros con tenedor.