El Estado te avergüenza

La desopilante escena de kirchnerismo explícito que vivió el gobernador de Chaco, Jorge Capitanich, deja a la vista los alcances del deterioro estatal que ha conseguido el peronismo.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

“El Estado te salva” fue la consigna que el kirchnerismo más duro se encargó de militar durante los meses de pandemia. La incertidumbre de la mayor crisis sanitaria en décadas mostraba a un sector público tomando las riendas de la coordinación de las políticas en todo el mundo, incluso desafiando al sector privado de la salud en muchos lugares.

Los defensores de la intervención estatal en todos los ámbitos de la vida humana estaban exultantes. Finalmente se estaba cumpliendo su sueño húmedo de una vida determinada por burócratas, en donde el libre albedrío estuviese reservado solamente a los jerarcas del régimen y sus allegados. Las confusión entre partido, Estado, patria y gobierno era total.

Pero, como no podía ser de otra manera, “pasaron cosas”, tal como dijo alguna vez el expresidente Macri y que fue ridiculizado en todos lados por su afirmación. Hubo excesos en la represión policial por la violación de la cuarentena, hubo adelantamientos en la fila para vacunarse prioritariamente cuando esos antídotos eran un bien escaso, se festejó un cumpleaños y se celebró un velorio cuando la gente no podía festejar con o despedir a sus seres queridos

El Estado mostró su peor cara, la del que tiene un rol preponderante, casi monopólico, y lo mismo arruina las cosas por su propia ineficiencia. No era solamente hacer las cosas peor que el mercado, sino hacerlas peor cuando incluso el mercado no le presenta competencia.

Así, el deterioro del Estado se hizo muy evidente para mucha gente. Quizás la fachada estaba impecable, pero por las paredes del costado se veía la pintura descascararse, las cloacas le reventaban los pisos y las humedades bajaban desde el techo haciendo el aire irrespirable. Todo el edificio estatal quedó expuesto como lo que es, una vieja casona de lujo, saturada de ocupas que la llevaron al límite de sus capacidades, poniendo en peligro su integridad estructural.

Eso es lo que le pasó al gobernador de Chaco, Jorge Capitanich, cuando estaba presentando los Torneos Intercolegiales del Norte Grande. Muy emocionado, como todo político en un acto armado para mostrar su autocomplacencia, estaba lanzando loas a los esfuerzos de su gestión: “Disfruten este momento, que nosotros estamos haciendo todo lo mejor en infraestructura, los profesores pondrán lo que…”. Y alguien se olvidó de que la infraestructura necesita que la mantengan y operen, porque se le cortó la luz.

En una muestra de kirchnerismo explícito (al punto que alguien debe estar tratando de convertir el fragmento de video en un film condicionado) quedó expuesto todo lo que es el Estado en manos de los ases de la comunicación política: todo cartón pintado.

Capitanich es, a los ojos de muchos, el hombre que está tratando rearmar el peronismo como un poder nacional, alejándolo de su estatus actual de frágil confederación de fuertes partidos provinciales. Este problema no le va a jugar en contra, pero ni eso ha aprendido de los vendedores de ilusiones del resto de las provincias subsaharianas que pueblan la geografía nacional.

Quizás algunos no lo recuerdan, pero en una inauguración de una central eléctrica que no estaba terminada, Cristina Kirchner dio su discurso sobre la importancia de la energía para crecer en un lugar que estaba siendo alimentado con grupos electrógenos contratados para evitar lo que le pasó al amateur de Capitanich.

Los ejemplos de cómo lo que se miente en la infraestructura pasa siempre factura. El célebre caso del accidente de Once es un ejemplo. Las denuncias por corrupción en transportes se contaban de a decenas, sin embargo se hacían obras como la Central de Alta Córdoba o se ploteaban los vagones del Tren de las Sierras para que pareciera que se trabajaba. Tuvo que morir medio centenar de personas para que pase algo. Poco, pero algo.

Otro hecho trágico fue el caso de Mario Meoni, ministro de Transporte de Alberto Fernández, que falleció en un accidente de tránsito en una ruta que había sido recientemente reformada en contra de los planos originales. En una ruta que ellos mismos hicieron mal.

Ni hablar del robo de vacunas que se habló más arriba o del “no criminalizar la protesta social” y dar vía libre a los piquetes, que permitió que hace unos días le cueste la vida a un camionero que trataba de pasar.

Pensemos por un momento en todo lo que tienen bajo su control estos cráneos de la política, los emperadores de la rosca, los cultores de la realpolitik, que están en sus cargos para sacarse fotos inaugurando canillas y rotondas o para que se les corte la luz haciendo una presentación mediocre.

¿Qué puede pasar si gestionan Aerolíneas Argentinas con la misma eficiencia? Aunque cada vez vuela menos gente, la posibilidad de que el Estado se descascare por ese lado genera cierta preocupación, atento a que ya vimos lo que pasa cuando gestiona los trenes.

¿Qué puede pasar con los controles de calidad a los alimentos, esos que sacamos confiados de la góndola porque tiene el sello de ANMAT?¿y con los medicamentos? ¿En qué puede terminar todo si esta forma de gestionar se extiende incluso allí?.

Dos cosas vienen a mi mente cuando veo estas cosas. La primera, que siempre pueden caer incluso más bajo. Hace unos años, en plena crisis alimentaria e inflacionaria en Venezuela, había un video de un funcionario del partido repartiendo pollo congelado en una carretilla, diciendo que el Estado se preocupaba por sostener la mesa de las Fiestas para los venezolanos. Tan patético que no se daban cuenta.

La otra, un capítulo de los Simpsons en el que se organiza un festival -producto de las eseñanzas de un gurú psicológico progre que bien podría haber sido militante kirchnerista- siguiendo la línea de vida de Bart, un nene de 10 años, que en su rebeldía asegura que hace lo que se le antoja. Cuando finalmente todos hacen lo que se les antoja, el festival colapsa en el caos y la anarquía de que nadie haga lo que le corresponde.

El kirchnerismo se ha convertido en eso, un gobierno que ha atrofiado el poder del Estado, donde cada uno hace lo que se le antoja y en donde no debería sorprendernos si en un tiempo vemos a un ministro repartiendo pollos en una carretilla.