La trampa de encasillarse

No muy diferente al del perverso pastor que interpretaba el año pasado en la serie “El reino”, de Netflix, es el perfil del escritor que representa Diego Peretti en “La ira de dios”, un largometraje dirigido por Sebastián Schindel que se estrenó hace pocos días en la misma plataforma.

J.C. Maraddón

Se puede elaborar una larga lista con los nombres de actores famosos que quedaron encasillados en algún personaje, cuya interpretación los empujó al limbo de la fama, pero que a la vez los fijó en un prototipo del que les costó muchísimo salir, o del que directamente jamás pudieron separarse. Todos ansían que les toque alguna vez ese papel que a la postre será consagratorio, que los llevará a ganar premios y obtener el reconocimiento de sus pares, del público y de la crítica. Sin embargo, también temen que después de alcanzar esa meta, sean identificados para siempre con esa figura de ficción.

Otras veces, se los asocia con un género determinado, como la comedia, el policial, el romance o el terror, sin que se pueda siquiera imaginarlos fuera de ese tipo de historias en las que tan cómodos se los aprecia. Cuesta muchísimo adaptarse a que alguien que nos hizo reír en una película se nos aparezca en otra como un criminal o un soldado que expone su heroicidad en el frente de batalla. No sólo hay que vencer el obstáculo de nuestros propios prejuicios, sino también admitir que ese rostro al que le vimos hacer morisquetas graciosas tenga además la posibilidad de infundirnos temor, tristeza o melancolía.

Quizás lo más complicado para un profesional de la actuación sea negarse a una oferta laboral por el simple motivo de no recaer en una composición en la que ya ha incursionado. Sus facciones, su tono de voz, sus gestos, generan en los encargados de los castings la compulsión a convocar a ese intérprete para cierta clase de personajes, que suelen ser los locos, los violentos o los asesinos seriales. Y la gente sabe ya que cuando ellos aparecen, la acción derivará hacia ese derrotero signado por la tendencia de ese actor a determinada función dentro de la trama.

Un típico caso en nuestra cinematografía ha sido el de Narciso Ibáñez Menta, nacido en España pero asentado desde niño en Argentina, donde desarrolló una extensísima trayectoria actoral hasta su muerte en el año 2004. Si bien participó en filmes de géneros diversos, su aspecto era ideal para las historias de horror y misterio, que muy pronto pasaron a ser su especialidad. Tanto en la pantalla grande como en la chica, compuso caracteres inolvidables que dejaban sin aliento a los espectadores, una virtud que lo acreditó como el equivalente hispano de los grandes astros angloparlantes del cine de terror.

Por el contrario, desde que a mediados de los noventa se dio a conocer a través de “el Tarta” en la serie “Poliladrón”, casi siempre las apariciones de Diego Peretti estuvieron circunscriptas a la comedia, que era en lo que había demostrado cualidades elogiables. En 2002, por ejemplo, se integró como miembro del elenco de “Los Simuladores”, una tira muy exitosa que se emitió por Telefé a lo largo de dos temporadas y que le deparó un enorme prestigio. Se lo suponía en ese entonces una pieza importante de la escudería de Adrián Suar, quien producía para cine y TV.

Aquella imagen simpática de Peretti empezó a cambiar cuando sus intervenciones en la industria audiovisual se fueron oscureciendo, hasta que en 2021 se puso en la piel de un perverso pastor en “El reino”, una serie que estuvo entre las más vistas del año pasado en Netflix. Y no muy diferente de ese perfil es el que representa en “La ira de dios”, un largometraje dirigido por Sebastián Schindel que se estrenó hace pocos días en esa misma plataforma. El escritor Kloster, con sus ojeras pronunciadas, modales adustos y pronunciación cavernosa, repite en su faena los tics de un actor que parece haber caído en la trampa.