El río desfilaba rozando los ranchos

Una carta breve enviada a la redacción del periódico cordobés El Fusionista, a fines de enero de 1853, se conduele por la situación de las personas cuyas pobres viviendas se hallan intimidadas por la proximidad del río Primero y sus trágicas crecidas.

Por Vïctor Ramés
cordobers@gmail.com

La carta de un lector sobresale como elemento moderno, en un diario de mediados del siglo diecinueve, al mostrar otro tipo de voz en publicaciones aún no distanciadas de la discusión política. Señala la presencia de temas más cotidianos, con un discurso coloquial diferente a las polémicas y arengas, cuando los sujetos recién comenzaban a figurar en los diarios no por razones de honor, ni de identidad o jerarquía partidaria, sino por ser simplemente ciudadanos de Córdoba. Era la vida en los escenarios urbanos de la capital, en este caso, demasiado junto al río.

Las inundaciones de la ciudad de Córdoba representaron siempre un temor latente, y a veces desmesurado, especie de contagio y saturación producidas por el alarmismo local. Las crecidas y los desbordes reales del río y de la cañada fueron amenazas que varias veces se cumplieron en la forma de tragedias que dejaron una huella dolorosa. En cualquier caso, cada vez que el río hinchó el lomo con las aguas serranas, las primeras víctimas fueron las casas, o más bien ranchos que se allegaban al bajo del río, viviendas de gente pobre, en tiempos pasados y presentes. Es claro que hoy el paisaje no es el mismo, pero la pobreza continúa. 

Ha habido hitos en la historia de la capital de Córdoba, en lo referente a la invasión de las aguas, aunque ha sido la cañada la que más veces fue señalada como causante. Hecho tan antiguo como impresionante es el referido por el escribano del Cabildo, “a veinticuatro días del mes de octubre de mil y seiscientos y veinte y dos años”, cuyo relato es elocuente:
“Tratóse en este cabildo como ayer de mañana hubo una muy gran ruina en esta dicha ciudad con una grande avenida de agua por la cañada con tan gran daño y pérdida de casas y haciendas que los conventos de Sto. Domingo y las monjas estuvieron a pique de perderse y caerse que causó sacar muy aprisa el santísimo sacramento de la iglesia de las monjas y llevarlo a san Francisco y en Sto. Domingo se consumió y las casas de cabildo están a riesgo de caerse, la cárcel se arruinó y cayó la cerca y otros muchos daños e inconvenientes.”
Seguramente haya habido casos anteriores a la escritura de la historia en documentos. En el episodio de hace cuatrocientos años se impuso constatar la causa del desastre, para lo cual debieron trasladarse dos veedores y el escribano al nacimiento de la cañada: la lagunilla.
“Habiéndose tratado y conferido, se acordó que el capitán Juan de Molina Navarrete alcalde ordinario y el alférez real Joseph de Quevedo y capitán Blas de Peralta regidores vayan hasta la lagunilla que está tres leguas de esta ciudad y vean si este daño ha resultado de allí o de dónde resulta para que se ponga remedio en ello y, visto, se tratará de lo que se ha de remediar y que yo el presente escribano vaya con los dos capitulares a dar fe de lo que se echare de ver a ver el resultado de dicho daño.”
La reparación y mantenimiento de la cañada y del río como fuentes de riesgo fue, desde temprano, un dolor de cabeza para las autoridades de la ciudad. 

El 29 de enero de 1853 el diario El Fusionista publicó, una carta firmada con seudónimo dirigida a los redactores, bajo el título “Los habitantes del río”. En ella exponía, con sensibilidad social, un asunto vinculado a los humildes ciudadanos. El autor saca mal las cuentas sobre la edad de la ciudad. La transcribimos salvando las faltas de acento y otros signos, para su más fácil lectura: 
“El río
Ved ahí SS. R.R. del Fusionista un bello tópico para sus lucubraciones; ¡qué! ¿no han pasado Vds. las márgenes del río en un día de creciente? ¿No han contemplado esa inmensa mole de agua que corriendo sobre un plano inclinado en el que no ha podido aun formarse un canto, se desparrama en nuestros suburbios introduciendo la desolación y el espanto en nuestras pobres masas obligadas a habitar en donde sus mayores? 200 años tiene Córdoba y en 200 años nadie se ha acordado que cada verano ha habido víctimas y pérdidas considerables para el pobre que invierte el producto de sus ahorros de sus largos años de trabajo para formar su hogar en lugar tan peligroso.
S.S. R.R.: si recordando las grandes avenidas que anualmente sufrimos, no se duelen aun de los males que afligen a centenares de infelices, obligados a abandonar sus pobres menajes para huir de una muerte cierta, si no los aflige el cuadro desolador que ofrecería una avenida a deshoras de la noche, si no quieren en fin, tratar de remediar el mal que les presento, pidiendo su remedio y presentando un medio que salve a esos infelices del peligro en que los coloca una nube que se levanta hacia el Oeste en este caso digo, sírvanse al menos dar en sus columnas un lugar cualquiera a la presente, que pide indique un pie de gallo, un obstáculo cualquiera que contenga las aguas y las arroje al norte, así habremos servido a la humanidad, y conservado esta ciudad a causa de su situación.
Con este motivo S.S. R.R. saluda a Uds. Respetuosamente
Un Viejo Cordobés.”
La carta no requiere mucha explicación, salvo por lo del pie de gallo, una estructura piramidal de troncos que se usaba para poder desviar la furia del río hacia los canales.

La ciudad de Córdoba está emplazada desde 1577 en la margen sur del río Suquía, adonde fue trasladada cuatro años después de su fundación, una vez despejada la zona de habitantes originarios y ya muerto su fundador. El río, desde entonces y hasta hoy, fue un eje estructurante de la forma y el crecimiento urbano, y sus aguas representaron siempre una intimidación al descargarse las intensas lluvias serranas.
Recién en 1870 se construiría un muro de contención a lo largo de ambas márgenes, y en 1880, por consejo del ingeniero Esteban Dumesnil, se levantó una muralla para resistir las crecidas. Junto con el ingeniero Cassafousth llevaron adelante la construcción del gigantesco Dique San Roque, inaugurado en 1891. De 1886 datan los inicios de la construcción del Dique Mal Paso y los canales Maestro Sur y Norte.