El rey del cringe

Alberto Fernández es el docente perfecto para tratar de aprender el significado de una de las palabras que han adoptado los jóvenes de la actualidad.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Una de las cosas que mejor nos va marcando el ritmo del envejecimiento es el uso del lenguaje. El código que se establece entre las personas de una misma generación surge, en un primer momento, como una herramienta para diferenciarse de los mayores. Con el tiempo, sin embargo, se convierte en una capa geológica en el desarrollo del lenguaje que denota claramente nuestra edad.

Cada generación tiene sus términos que le son propios y aunque las personas mayores se esfuercen por imitarlo, siempre le serán ajenos. Uno de los términos popularizados por los jóvenes en las redes sociales es el de “Cringe”, una palabra de origen inglés que ha modificado su significado a partir del uso cotidiano.

Los jóvenes han transformado un término que originalmente definía la acción de encogerse en uno que se usa para decir que algo da vergüenza ajena. Es una palabra importada que, por la ley de economía del lenguaje, reemplaza a la frase anterior. En esta época, si alguien nos genera una cierta incomodidad por su incapacidad de darse cuenta de que está quedando en ridículo se dice que te da cringe.

La palabra es un poco rara, porque algunas veces se aplica también a la vergüenza ajena que dan las personas extrañas, esas que parecen que tienen algún tipo de trastorno, lo que también ha encontrado una definición importada en la palabra “freak”, literalmente “fenómeno”; coloquialmente, “rarito”.

No pretende esta nota ser un faro de iluminación lingüística, porque excede la capacidad de quien escribe, pero la introducción era necesaria para definir lo más adecuadamente posible la sensación que genera ver y escuchar al presidente Fernández como invitado en la Cumbre del G7.

Para los desprevenidos, el G7 es un foro internacional que reúne a las siete principales potencias del mundo, digamos, occidental: Alemania, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Italia y Japón (la excepción geográfica). Fueron los vencedores de la Guerra Fría y los que más se beneficiaron del orden mundial que resultó de allí.

En ese selecto grupo político se pulen las rispideces que pueden existir entre países que las más de las veces son socios, así como también se definen políticas conjuntas respecto a algunos temas fundamentales para sus intereses, como puede ser hoy la guerra en Ucrania. Nadie sabe muy bien cómo el presidente argentino, máximo representante de una política exterior errante, terminó invitado en ese grupo. Algunos dicen que fue en su condición de presidente de la Celac, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños que lo tuvo hace unos meses en Barbados.

En su discurso, y en las entrevistas que dio después, dejó absolutamente en claro que entiende aún menos de política internacional que de política doméstica. Ya excede la categoría de “cabotaje”, porque no puede ser más que un servicio regional entre dos zonas periféricas que se conectan en un viejo colectivo desvencijado. Su incapacidad de entender el mundo es alarmante, generando la famosa sensación de “cringe”.

En la conferencia de prensa posterior a su discurso ante algunos de los países más poderosos del mundo dijo que “el problema no es la pobreza, sino el modelo económico que genera la pobreza”. No es una cuestión de que se piense a sí mismo como un guapo que va a cantar verdades de frente, sino que es un tema de lo ridículo que queda diciéndoles a los países que se benefician de ese orden internacional (y que no tienen una pobreza material como la de los países que no aplican sus recetas) que deben cambiar el modelo para incluir a todos. Es impresionante la desconexión con el mundo real.

Además usó un término que, incluso siendo una herramienta que no se descartó por completo en el análisis internacional, sí lo situó en una cosmovisión anacrónica del orden global. Referirse a los países como Argentina en términos de “periferia” lo sitúa en el marco conceptual de la teoría de la dependencia, una herramienta desestimada incluso por uno de sus creadores, Fernando Henrique Cardoso, cuando fue presidente de Brasil hace veinticinco años.

Seguramente los principales dirigentes del mundo no sean unos eruditos de las ciencias sociales, pero mínimamente entienden que el mundo no es lo que las lecturas marxistas de la mitad del siglo XX insistían que era, sino un mosaico mucho más complejo de intereses cruzados, que no definen posturas monolíticas sino un pragmatismo absoluto.

En ese escenario en el que están los principales defensores de la Ucrania invadida por Rusia, pidió que traten el tema de la guerra recordando que Argentina condenó la invasión, como si allá los cuerpos de diplomáticos también fuesen la runfla de inoperantes que entran al servicio exterior de la nación por acomodo militante. Deben recordar bastante bien las indecisiones de nuestros diplomáticos para condenar a la potencia invasora, especialmente ahora que están sosteniendo el esfuerzo de los que se defienden.

La vergüenza ajena que genera el presidente cada vez que sale al mundo obedece, probablemente, a que es incluso un fenómeno estético disrruptivo, que afecta la armonía estética de esas cumbres globales de líderes políticos. Hay que reconocerle que cumplió al menos con una promesa de su campaña: es un tipo común, que se comporta plenamente como uno más del montón y no con la altura de un Jefe de Estado.

Así, ese lenguaje de los más jóvenes que algunas veces se nos escapa es más fácil de entender cuando lo vemos en acto, cuando un ejemplo certero nos desburra. ¿Alguien necesita saber qué significa “cringe”? Alcanza con ver al presidente pavonearse en un foro internacional de la jerarquía del G7 para despejar las dudas.