La revolución de 1905 en primera persona (Cuarta parte)

La última de las narraciones vividas por testigos, en febrero de 1905, corresponde a un observador de paso, el periodista y viajero inglés Percy Martin, quien se vio atrapado varias horas en el tren rumbo a Chile, en Villa Mercedes, debido a la revolución.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Foto del libro de Percy Martin: residencia del gobernador de Mendoza, tras el ataque revolucionario en 1905.

La primera impresión que tuvo el viajero Percy Martin ante la revolución radical fue que se trataba de una especie de “ópera cómica”, si bien no ignoraba que el estallido cívico militar había dejado un tendal de muertos y heridos. Al escribir las páginas donde narra su experiencia del conflicto, ya conocía el final de la comedia. Esto se ve en los párrafos que dedica al destino del movimiento insurgente en la capital cordobesa, aunque exageraba un poco respecto a las víctimas civiles:
“Córdoba fue el último bastión de la reciente Revolución de febrero de 1905. Los oficiales insurgentes, al ver que se encontraban en una situación desesperada, huyeron de inmediato, tomando posesión de sus puestos el Gobernador y el Jefe de Policía, de los que habían sido ignominiosamente expulsados. No hubo pérdidas ni daños materiales a la propiedad (…) pero desafortunadamente varias mujeres y niños inocentes fueron asesinados en las calles antes de que terminara el problema.”

Su relato personal sobre el levantamiento comenzaba en el tren en que había partido de la estación Retiro en dirección hacia Chile, sin que hubiesen circulado hasta ese momento noticias sobre los hechos. Así explicaba Percy aquella anomalía informativa:
“Al tener el control completo de los cables de telégrafo, los empleados del Gobierno mantuvieron la ficción durante cerca de veinticuatro horas, al cabo de las cuales el verdadero estado de cosas comenzó a filtrarse. Se veían como sublevaciones simultáneas por parte de un destacado jefe de caballería y varios regimientos de infantería, que habían estallado en Bahía Blanca, Rosario, Mendoza y en un depósito cerca del mismo Buenos Aires.”

Ignorantes de sus destinos, dada esa ficción, y confiados en que se trataba de un día como cualquier otro, “los pasajeros del habitual tren matutino del Ferrocarril Buenos Aires-Pacífico, con destino a Chile a través de Villa Mercedes y Mendoza, partieron de la Estación de Retiro a la hora acostumbrada, 11 a.m. Entre ellos se contaban varios de los recién llegados en el R.M.S. Clyde, proveniente de Europa, que había atracado esa mañana, entre quienes me incluía. Noticias de carácter inquietante nos iban alcanzando a medida que pasábamos por cada estación de la línea, hasta que al llegar a eso de la una de la mañana siguiente a Villa Mercedes (donde concluye la línea de Buenos Aires y Pacífico y comienza la del Gran Oeste Argentino), nuestro tren fue completamente detenido por orden de los revolucionarios y por las tropas del gobierno, a la vez. La locomotora fue retirada y corrió algunas millas a lo largo de la línea, mientras que el resto del tren, que consta de unos ocho coches cama y comedor, llegó bochornosamente a una vía muerta y allí quedó. Los pasajeros quedaron pataleando a su gusto, sin recibir la menor información sobre cuánto tiempo permanecerían como si fuesen prisioneros, si un día, una semana o un mes. La oficialidad no sabía nada y se limitaba a encogerse de hombros, y a decir que ‘entre un día y una semana’, aunque se rumoreaba que el tren sería enviado de vuelta a Buenos Aires. Entretanto, no se les permitía proceder de ningún modo.”

Lo cierto es que los pasajeros estaban en una posición incómoda en Villa Mercedes, casi a mitad del recorrido, ya que los revolucionarios no permitían que el tren avanzara, en tanto el gobierno nacional se oponía a que regresase a Buenos Aires.
“El superintendente de la estación de Mendoza, muy atento, recordó afortunadamente que los pasajeros no habían comido ni bebido nada desde las seis de la tarde anterior, y ordenó el vagón de refrescos para suministrar café y panecillos y, más tarde, el desayuno.”
La ración debió de ser reducida, visto que el tren estaba aprovisionado para veinticuatro horas de viaje. Según el periodista inglés, les fueron llegando noticias de que un buen número de tropas del gobierno habían salido al encuentro de los rebeldes y se habían producido disparos y muchas muertes. Martin lamentaba que “casi todos los conspiradores eran hombres jóvenes”, y afirma que en un encuentro posterior con el presidente Quintana, éste le había confiado su gran pena al tener “que confirmar las duras sentencias dictadas contra tantos oficiales jóvenes y prometedores. Sin embargo -agrega-, el Dr. Quintana se mantuvo firme en este punto, pese a muchas presiones externas, y cumplió con su deber para con la República.”

Agregaba el cronista británico -fuera ya de aquel momento de incertidumbre vivido- que, por fortuna, “la revolución llegó a un abrupto final, aunque no antes de que tantas vidas inocentes hubieran sido sacrificadas y muchas reputaciones arruinadas. Se nombró un consejo de guerra especial para juzgar a los oficiales que tomaron parte en el movimiento armado, y muchos de los culpables se hallaban ahora en prisión. Se dictaron sentencias que iban de seis años a seis meses de prisión, y no hubo ningún condenado a muerte. Nadie podría afirmar que las sentencias fuesen severas”.

Retornando a su propia experiencia durante el estallido radical, afirmaba Percy Martin que “muchos de los culpables escaparon a Chile y yo tuve el ‘honor’ de conocer a varios de ellos en el mismo hotel donde me hospedaba, en Santiago. De acuerdo con la solicitud de la República Argentina, varios de estos conspiradores fueron arrestados, no tanto por su participación revolucionaria, sino porque habían robado $ 300.000 del Banco de la Nación en Mendoza, para perpetrar su acción rebelde. Entre ellos estaba el Dr. Lencina y otros diecinueve fugitivos. Sin duda, a no ser por el hecho de aquel asalto al banco, los revolucionarios argentinos podrían haberse tomado unas vacaciones de verano en Chile, sin ser molestados. Puedo mencionar que la mayor parte del dinero robado fue finalmente recuperado y devuelto al banco.”
Y concluye el autor de la crónica con un dato que no hemos podido confirmar:
“En Córdoba, los sublevados tomaron $ 9.000 del erario provincial, y $ 40.000 del Banco de Córdoba, dinero que nunca fue recuperado.”