Sin gasoil el gobierno se empieza a quedar sin nafta

La crisis del combustible va escalando lentamente, comprometiendo todos los planes de recuperación económica que dice tener el gobierno.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Lo que en el norte del subcontinente ha sido una tragedia se reinterpreta en estas latitudes como una comedia de bajo presupuesto. La debacle venezolana ha funcionado para los que la miran desde lejos como una referencia sobre las consecuencias del desmanejo económico y los excesos políticos en el afán de ocultar todo, situaciones que algunos dirigentes de acá copiaron de manera defectuosa.

Una de las frases más recordadas de Nicolás Maduro al hablar de la escasez que azotaba a Venezuela (consecuencia directa de la inflación, el intervencionismo y las nacionalizaciones que algunos todavía insisten en vender como el camino para salir del pozo) fue cuando trató de vincular la falta de papel higiénico con el supuesto crecimiento económico que hacía que la gente comiera más y, lógicamente, aumentara el número de deposiciones.

Algo así fue lo que dijo ayer la portavoz del gobierno, Gabriela Cerruti. Según la funcionaria la falta de gasoil obedece a un aumento del consumo por el crecimiento económico, no a la consecuencia inevitable de mantener artificialmente bajo el precio, estancada la producción y abierta la venta a los vehículos de países limítrofes.

Así, los 55 mil metros cúbicos que va a importar el país (apenas un cuarto del consumo total de Córdoba solamente en el sector agropecuario) van a terminar, en buena medida, impulsando los motores de nuestros vecinos. Es decir que, en tiempo de lánguidas reservas en el Banco Central, los dólares que genera el país se van a ir en gasoil que se va a usar en otros países.

Mucho se ha estado hablando del precio internacional de la soja, que estuvo ubicado alrededor de los 600 dólares durante las últimas semanas. En los primeros años del kirchnerismo el campo explicaba buena parte de la reactivación de la economía nacional. La salida de la convertibilidad contribuyó a que los precios en dólares del trabajo y los insumos locales fuesen bajos, lo que permitió una fuerte reinversión de las ganancias generadas por el sector agropecuario.

Con aquella soja a U$D 600 hubo un boom inmobiliario que arrastró especialmente a los sectores de trabajadores menos capacitados. Con la de hoy, por el manejo económico infantil que hace el gobierno, los productores no consiguen insumos básicos como cubiertas o gasoil. Pensar en ladrillos que vuelvan a reactivar la economía es una utopía muy lejana.

En los últimos días ha habido cortes de ruta en once provincias por parte de camioneros que ven peligrar su trabajo por no conseguir combustible. En las provincias patagónicas, históricas dilapidadoras de recursos económicos generados por la producción petrolera, estaban más tranquilos con la provisión de gasoil. El problema que enfrentan hoy es el incipiente desabastecimiento de otro tipo de productos por la reticencia de los camioneros a lanzarse a esas rutas, por la incertidumbre respecto a la posibilidad de repostar en el camino.

Otra vez se puede ver cómo la intervención estatal tratando de emular fallidas experiencias políticas de otras partes del mundo termina generando los mismos problemas para los ciudadanos. La nacionalización de YPF apenas sirvió para que se acomoden económicamente algunos amigos del poder y una buena cantidad de militantes, porque queda a la vista que el mayor mérito de la petrolera estatal es que cada tanto saca una promoción para los hinchas de la selección.

Toda la corporación política que confluye en el gobierno está tratando de que el problema no se convierta en una crisis política potencialmente letal para Alberto Fernández y el resto del poder ejecutivo nacional. El silencio del gremio de camioneros es elocuente: en sus redes sociales no hay publicaciones respecto de la principal preocupación que tienen hoy sus afiliados.

Las reacciones de los que toman decisiones terminan siempre discurriendo por el mismo lado, con anuncios inconducentes. Se amenaza con sanciones a quienes aumenten los precios, se asegura que la provisión de combustible es normal y se prometen subsidios para los sectores afectados, con lo que terminan ganando tiempo hasta que algún factor ajeno a las capacidades del gobierno contribuye a que la gente se acostumbre a la situación y le encuentre alguna vuelta.

Acá no se vive en la Venezuela de las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos, pero sí en la Venezuela de las pésimas decisiones económicas, esa en la que se llenaba el tanque de nafta con un dólar, pero en la que no se conseguía agua potable (y en la que un tiempo después tampoco se consiguió nafta).

En esa farsa bananera de un régimen de por sí subdesarrollado, a Fernández ni siquiera le alcanza para Maduro: parece que lo hubiesen cortado verde. Sin cualidades de liderazgo, es incapaz de empoderar a ningún ministro como para tratar de resolver el problema de no poder abastecer de un insumo clave a la principal fábrica de dólares del país en un momento en el que los términos de intercambio son los más favorables en años y cuando más se necesitan para evitar el colapso total.

Hasta la retórica parece habérseles acabado, porque se repiten los mismos argumentos pero de manera desganada, lo que deja expuesta una realidad que les duele: ya ni siquiera ellos son capaces de creerse lo que dicen.

Sin gasoil no van a entrar dólares, pero -mucho más preocupante en el corto plazo- se va a empezar a ver comprometido el abastecimiento de bienes básicos de consumo, lo que impulsará otra vez los precios hacia arriba en un contexto de inflación de por si alta. Esto no fue divertido en Venezuela y tampoco lo es acá. Solo queda reírse de lo malo que le salió el chiste a los que pensaron que el kirchnerismo iba a volver a hacer algo distinto a lo único que sabe hacer bien: elegir soluciones equivocadas que potencian los problemas.