La revolución de 1905 en primera persona (Tercera parte)

En Córdoba, la figura más destacada de la sublevación, en los hechos y en el imaginario, fue el teniente coronel Daniel Fernández, jefe del Batallón 4° de Telegrafistas. Al abrazar la causa de don Hipólito, contó con apoyo de dirigentes locales de la Unión Cívica Radical y otros militares afines.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

El teniente coronel Daniel Fernández, cabeza de la revolución en Córdoba.

Tras el éxito del movimiento en la ciudad, Daniel Fernández, cabeza de la rebelión local, asumió el gobierno provisorio de la provincia, con Abraham Molina y Aníbal Pérez del Viso como ministros. El comandante Fernández se hallaba postrado, pues había recibido tres balazos hacía unas horas, en la madrugada del primer día del levantamiento, durante el sitio al cuartel del 1° de Artillería, que comandaba el general Gregorio Vélez. El batallón había resistido durante las horas nocturnas, y al amanecer del nuevo día, los sitiadores recibieron el refuerzo de tropas que venían de tomar el Cabildo, las del 10° de Caballería y una compañía de 8° de Infantería. Al frente venía Daniel Fernández, acompañado de otros oficiales. El jefe intento burlar la defensa y penetrar al cuartel al galope, siendo gravemente herido, aunque logró volver a sus filas.
Cuando los revolucionarios, únicos triunfadores en un desastre generalizado, tuvieron que reconocerse derrotados, varios de ellos lograron ocultarse o huir de las tropas nacionales que recuperaron la plaza cordobesa. Otros fueron apresados y enviados a Ushuaia. Fernández logró ocultarse y se convirtió en el hombre más buscado de la provincia. Aquí viene en nuestro auxilio otro relato en primera persona, un cuadro de la Revolución vivido y narrado por el Dr. Juan Cafferatta, en su libro De la Córdoba de ayer, de 1949.
“El general Wintter buscaba con empeño al jefe revolucionario, secundado celosamente por la policía. Había que encontrarlo, vivo o muerto. Un consejo de guerra tendría que juzgarlo y darle condigna sanción.
Confieso que deseaba el éxito de las pesquisas.
¡Haber convulsionado al país y sobre todo a Córdoba, con aquella revolución, era algo que no debía quedar impune!
Así las cosas, después de varios días de inútiles búsquedas, cuando menos lo esperaba, subía yo una mañana la escalera de la sala de maternidad del hospital San Roque, de cuyo servicio era jefe de clínica, en compañía del malogrado colega doctor Romagosa, cuando éste, seguro de que no había testigos, me puso en las manos un papel.
–Guárdelo y léalo en su casa- me dijo, hablándome al oído.
Regresé apresuradamente y lo leí encerrado en mi escritorio.
‘El comandante Fernández está oculto en el convento de San Francisco, gravemente herido. No puedo conseguir su atención, porque la policía desconfía y me sigue los pasos. Lo dejo en sus manos’.
Así decían las cuatro líneas, escritas nerviosamente a lápiz.
El cambio que experimenté fue completo.
No era para menos. El jefe revolucionario, el que todos buscaban afanosamente, el adversario político, que así había perturbado la tranquilidad de Córdoba, quedaba en mis manos.
No había terminado de leer las líneas de Romagosa cuando me encontré convertido en amigo de Fernández, en cómplice de su ocultamiento, en su médico; poco faltó para que lo fuera en su correligionario.
Mis prevenciones se cambiaron en simpatía; mis deseos de sanción, en elogios de su heroísmo de soldado; mis diferencias políticas, en reconocimiento de sus ideales patrióticos, equivocados para mi criterio, pero sinceros.
(…)
En cama, pálido, con ligera fatiga, estaba el comandante. No dudó un instante de mi lealtad. Nos dimos un abrazo de amigos. Después, actuó el médico.
Dos balas habían atravesado su brazo derecho y una de ellas producido, a la vez, una herida penetrante en el tórax. La percusión acusaba una zona mate, que ocupaba gran parte del hemitórax derecho. La punción de la cavidad pleural llenó la jeringa de sangre
El diagnóstico era seguro. ¿Y el pronóstico?
«Si la sangre se reabsorbe, todo irá bien. Si pasa a la supuración, será otra cosa -dije a mi enfermo, a quien debía la verdad-.
La asistencia continuó varios días. Mi actuación no despertaba mayores sospechas. Pero en un momento dado la policía allanó el convento. Por suerte para el enfermo, en la celda vecina se hallaba herido un viejo lego, fray Mariano, criollo de ley, religioso ejemplar de grata memoria, estropeado por la caída de una mula, en la estancia de San Antonio.
–¿Usted atiende un enfermo aquí, en San Francisco, un herido? -me interrogó el comisario que dirigía el allanamiento-. Sí, señor; es un fraile, víctima de un accidente.
Llegamos hasta la celda. Fray Mariano mostraba los brazos vendados y las magulladuras y heridas de la cara.
El comisario, satisfecho, se retiró para informar a la superioridad.
¡En la celda vecina estaba el comandante Fernández!”
El herido habría logrado escapar poco después a la Banda Oriental, aún sin terminar de recuperarse, en un disfraz de monje provisto por los franciscanos.

Al cambiar de cronista, se cambia también el punto de mira desde el que el nuevo testigo de la revolución tomó sus notas. Un periodista inglés que evaluaba los resultados de las inversiones británicas en el ferrocarril y la industria agropecuaria en la Argentina de 1905, Percy Martin, cuenta así su vivencia del levantamiento:
“Mientras viajaba por la Argentina en febrero de 1905, me encontré inesperadamente, y por supuesto muy a disgusto, en medio de una revolución.
Todas las circunstancias fueron tan repentinas y tan extrañas que al principio costaba creer que a unos cuantos kilómetros de distancia los hombres se estaban cortando la garganta unos a otros, disparando a todos y a cualquiera indiscriminadamente, y destruyendo sin sentido muchas propiedades valiosas. Sin embargo, tal era el caso y, si bien en principio, uno tendía a considerar el asunto desde una óptica próxima a la ópera cómica, pronto se hizo necesario mirar las cosas a una luz de mayor seriedad. Los organizadores de la Revolución de febrero de 1905, todos militares probados y experimentados, sabiendo perfectamente bien de qué se trataba, habían logrado mantener en secreto el asunto de un modo sorprendente. Ni un indicio del levantamiento se había deslizado afuera, y la primera indicación de que algo andaba mal fue el anuncio en un órgano del Gobierno de que una ‘pequeña revuelta del ejército había tenido lugar, y había sido completamente aplastada en la etapa incipiente’.”