Alberto y su fallido fálico

El error del presidente al tratar de referirse a una publicación afín a su gobierno abrió un abanico de chistes fáciles que le subieron algunos puntos momentáneos a su alicaída gestión.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Si hay un caso en especial que a uno lo pone incómodo cuando conoce gente nueva, ese es cuando esta nueva persona que nos han presentado se dedica a a psicología. No sabemos qué decir, nos sentimos desprotegidos, pensamos que van a estar analizando nuestras palabras, nuestros movimientos, los temas de los que hablamos o las referencias que hacemos. Nos sentimos entre desnudos e indefensos.

Tal vez es por su formación, que les permite escudriñar la mente de las personas para sacar a flote aquellos que tanto tratamos de esconder, la mayoría de las veces sin siquiera pensarlo. Así, podemos imaginarlos en decenas de situaciones estableciendo perfiles a partir de tics, tocs y actos fallidos. Y si los fallidos son fálicos, ni hablar de la fiesta que se haría un psicoanalista de polera negra y saco gris cuadrillé.

Mientras lanzaba el 3° Foro Mundial de Derechos Humanos, el presidente con más errores discursivos en la historia del país volvió a meter la pata. Esta vez afortunadamente no se trató de ofender a ningún colectivo social ni a ningún país del mundo, sino que fue un desliz del que los psicoanalistas que suelen visitar los estudios de televisión seguro se van a agarrar para empezar su tour.

Mientras estaba dando su discurso, Fernández quiso hacer una referencia a la publicación “La garganta poderosa”, un medio de reivindicación de valores villeros que suele funcionar como caja de eco a las políticas pobristas de un gobierno que se ha encargado de destruir los ingresos de la clase media. Si los valores villeros son loables, que todos vivamos en una villa de Ushuaia a La Quiaca no les representa un problema.

En ese momento, en el que el presidente trató de hacerle un mimo a uno de los referentes del medio, llegó el error. En lugar de hablar de “garganta poderosa” dijo “garganta profunda”, lo que rápidamente lo puso en el centro de las burlas. Seguramente los que peinan más canas que uno no habrán entendido de qué se trata, por cuanto su referencia cultural es la del informante del Caso Watergate, el que terminó con la renuncia del presidente norteamericano Richard Nixon.

Para muchos otros representa la primera película porno que rompió el cerco de la clandestinidad en la que circulaban allá por la década del ‘70. Sin embargo, para la mayoría es, lisa y llanamente, una referencia a las prácticas de felación que podríamos encontrar en cualquier película condicionada o en las páginas de cualquier medio que decida adular a cualquier político.

El error del presidente le pone picante a lo que cualquier usuario viejo de Twitter ya conoce respecto a la libido del Jefe de Estado. Desde que tiene cuenta, siendo un pobre hombre que vivía de prestado en lo de un amigo, se destacó por la firmeza con la que tiene la idea remachada en su entrecejo. Tal vez por eso esta vez el error fue tan explícito.

Podríamos pensar en todos los potenciales errores que es capaz de cometer un hombre que ha dado sobradas muestras de su incontinencia verbal. Incluso se puede pensar en lo que podría llegar a decir si combinara esos errores del pasado con esta nueva faceta de meteduras de pata con connotaciones sexuales.

Aquella vez que dijo que los argentinos venimos de los barcos, los mexicanos de los indios y los brasileros de la selva tranquilamente podría agregarle un poco de música disco y decir que los hermanos latinoamericanos le recordamos a los Village People, aquella entrañable banda símbolo de los homosexuales que a tanta gente ha hecho bailar a lo largo de los años. Le quedaría bárbaro decirlo cuando piense el acto para el 12 de Octubre.

Ni hablar de lo que podría haber llegado a decir cuando mencionó a los argentinos afrodescendientes: mínimamente se le podría haber escapado alguna referencia a la gigante influencia del distinguido personaje de la fauna whatsappera que a tantas personas ha sorprendido. Cuando el próximo 29 de julio se conmemore un nuevo aniversario de “La noche de los bastones largos” va a estar todo dado como para que haga como un compañero que tuve en la escuela y le diga a todo el mundo que se trata de una película pornográfica con gente de la misma comunidad que el aludido más arriba.

Antes de esa fecha es el turno del 9 de Julio, que quizás lo encuentre en Tucumán. Me tiento al imaginarlo tratando de hacerse el simpático, el hombre común, diciéndole a la encargada de preparar el chocolate caliente y las frituras para después del acto diciéndole que le deje probar su cortachurros.

Tal vez el año que viene, cuando llegue el momento de recordar la Guerra de Malvinas, intente dar una clase de geografía sobre las islas y vuelva a meter la pata. Si habla de la Isla Soledad es capaz de decir que la otra es la Isla Manuela. “No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas”, dijo una vez su compañera de fórmula.

Tal vez algún día decide bromear sobre ese apodo animal que le pusieron al comienzo de su mandato, el de Cuis, para encadenar alguna parte de un acto. Esta vez no sería un chiste explícito, pero sí uno vinculado a las prácticas extramatrimoniales. Quizás no se anima a decirle a Cristina que algunos se refieren a ella como la yarará, pero se manda una al tipo de “a Néstor le decíamos ‘loro’, por aquel chiste del lorito mal hablado que termina en el freezer”. El chiste es tan viejo que decía congelador en lugar de freezer, así que no hará falta recordar acá cuál es.

Debemos estar preparados, porque siempre existe la posibilidad de que el presidente nos deleite con alguno de sus furcios. Nunca brillaron por su inteligencia, pero al menos lo disimulaban. Ahora ya ni siquiera eso. No sé qué tendrán para decirnos los psicoanalistas sobre eso, pero seguramente Alberto podrá hacer alguna acotación sexual que ahí no desentone tanto.