Retomar el debate por la educación

Las consecuencias de la pandemia en el área educativa se siguen viendo, y solo cabe esperar que empeoren en los próximos meses.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

La pandemia ha causado estragos en múltiples sentidos. Los niveles de depresión son más altos que lo normal, el temor a la muerte por el simple contacto físico todavía perdura para algunos y numerosas familias o parejas se han visto profundamente afectadas (cuando no fracturadas) por todo lo que pasamos durante un año y medio.

De lo que se habla, pero no lo suficiente, es de la educación. Todavía no sabemos qué tan profundas han sido las huellas que dejó suspender la presencialidad durante tanto tiempo, cuando incluso hasta el día de hoy se mantienen algunas escuelas con el sistema de burbujas y se sostiene la ridícula obligación del barbijo.

Esto último afecta a los niños más de lo que se supone. No puedo hablar como médico, porque no lo soy, así que me voy a limitar a hacerlo como docente. Problemas para aprender a hablar, problemas de autoestima o problemas con los profesores (al menos con los que exigen que se aplique tan absurda norma) son algunos de los que se ven con tal artefacto otrora valioso pero hoy innecesario.

En cada etapa de la educación, desde la sala de 3 hasta los alumnos universitarios, se puede ver de qué manera impactó esto en los estudiantes. Los más grandes ya estaban bastante conformados en las cuestiones del pensamiento o la abstracción, pero no tanto en la personalidad. Ellos sufrieron especialmente el aislamiento en los años en los que uno debería vivir más despreocupado.

Acá no sirve el argumento de que todos nos encerramos, ese que usa alguna gente que ya vivió esa etapa. La juventud es el momento de salir al mundo y conocerse a sí mismo a través de conocer a los otros. Las inseguridades derivadas de esto van a impactar en la adultez de quienes hoy están en sus primeros años de la universidad.

Los que estaban en jardín lo sufrieron por el lado de no cortar el vínculo con los padres, que debían multiplicar sus tareas. La escuela tiene límites claros y una autoridad impersonal, que idealmente no tiene favoritos. En las familias eso no existe, lo que mezcla todo. Hacerle entender de límites a los más chicos que pasaron su edad de jardín en plena pandemia es muy complicado.

Los de los primeros años del primario suman eso mismo a aprendizajes fundamentales, como leer y escribir. Sin embargo, eso no es lo único. Las normas de convivencia, las reglas y los hábitos escolares se aprenden con más fuerza en esa etapa, cuando los niños son una esponja para la repetición.

El problema más grave, a mi entender, está en los que debieron cursar lo que en Estados Unidos se conoce como “Middle school”, la escuela del medio, porque los doce años se dividen en tres ciclos de cuatro, no en dos de seis como acá. Los que estaban entre cuarto grado y segundo año son los más complicados para los años que vienen.

En esos años se desarrolla buena parte del pensamiento abstracto, a la vez que se complejizan mucho los aprendizajes ligados a lo básico de leer, escribir, sumar y restar de los tres primeros años. Multiplicar y dividir implica un salto muy grande, que se desarrolla con fuerza en esos años. Pasa lo mismo con la lengua y con tantas otras materias de esos años.

En el secundario, además, hay que aprender todo otro conjunto de normas. Pasar de apenas alguna que otra evaluación a tener más de una docena de materias, cada una con una forma distinta de dictado o de evaluación, es demasiado para los chicos de la pandemia. Los bajos niveles de tolerancia a la frustración y los elevados índices de ataques de ansiedad con los que nos enfrentamos los docentes en el aula son alarmantes.

Los alumnos que hoy tienen edad de cuarto año prácticamente no saben lo que es tener un examen. En primer año los profesores son casi maestras de primaria. En segundo les tocó una virtualidad con una vara muy baja, justo cuando deben empezar a desarrollar los primeros pasos en la capacidad de abstracción más profunda. En tercero asistieron a la escuela con el sistema de burbujas, que puso la cantidad de contenidos trabajados en la mitad.

Hoy no pueden entender razonamientos medianamente complejos, no tienen hábitos de estudio y tienen un desarrollo defectuoso de su personalidad. No es tan grave si pensamos en que son los alumnos secundarios de hoy, pero el cuadro es más preocupante si entendemos que serán los profesionales de la próxima década.

No alcanza con decir que se van a recuperar contenidos. A esta altura los contenidos son casi accesorios, porque de lo que hablamos es de grupos fracturados, con alumnos en contextos de violencia social o familiar exacerbada y de docentes agotados a los que en cuatro años el sueldo se les licuó a casi la mitad, por lo que la deserción y posterior rotación docente es un problema muy grave.

Para algunos, los que están en los cuarteles generales sentados tras los escritorios y tomando decisiones sin ver una bala, se arregla con cuestiones como no evaluar con nota, ver la trayectoria de superación individual de cada alumno o enseñar cuarteto en las escuelas municipales. Eso último es un engendro innecesario, por cuanto los docentes (que son los que están en las trincheras resistiendo las explosiones del prolongado y absurdo encierro) recurren a lo que tengan a mano, incluso el cuarteto, a los fines de llegar a sus alumnos.

Si algo nos dejo la pandemia como muestra de lo mal que está nuestra sociedad es la falta de valor que la gente le da a la educación. Padres pidiendo que se mantuviera la virtualidad, docentes que hacían paro si las escuelas no les daban kits de bioseguridad, políticos diciendo que los contenidos se iban a pode recuperar y alumnos aprovechando que se bajó el nivel como para sacar provecho evadiendo las pocas obligaciones escolares que quedaban.

Es necesario retomar con fuerza la educación, pero atendiendo especialmente a las consecuencias de la pandemia en las capacidades fundamentales de los alumnos, sus relaciones con los compañeros o la comunidad y la adquisición de normas y hábitos de estudio y convivencia. Si no se hace, los próximos años tendremos una epidemia de gente incapaz de ejercer sus derechos como ciudadanos, lo que no puede ser bueno para nadie.