Si la política es un chiste, probemos con los humoristas

La candidatura a vicegobernador del Negro Álvarez abre todo un abanico de posibilidades para que la política y el humor empiecen a tender puentes.

Por Javier Boher

Finalmente se confirmó aquello que se publicó aquí hace unos días sobre la invitación al Negro Álvarez para formar parte de una fórmula libertaria para pelear por la gobernación. Quizás los fóbicos al Estado se hayan olvidado del Negro cantando “amo Córdoba, por supuesto / amo Córdoba, pago mis impuestos” en los primeros años de la primera gestión de De la Sota y por eso hayan decidido sumarlo.

El humorista, en general, suele ser un tipo desacreditado, alguien a quien se lo ningunea por su profesión, como si para ser inteligente o preparado hubiese que ser un personaje amargo, de rostro adusto y pocas pulgas para relacionarse con la gente. Se puede ser serio sin ser solemne, como para robarle una expresión a Les Luthiers.

En una época en la que los políticos tienen, como profesión, una imagen negativa muy alta, no queda más opción que salir a buscar gente con buen concepto para que participe en política. En este punto no importa si son humoristas, cantantes o deportistas: todo sirve.

Por un tiempo mantendrán inmaculada su aura, lo suficiente como para traccionar votos en una elección, pero -como me decían de chico “para que no me junte con esa chusma”- no importa qué tan limpio uno esté, si agarra un barquito y sale a navegar por un mar de bosta, en algún momento va a terminar salpicado lo suficiente como para que digan que uno también lo es.

Álvarez es reconocido en el medio artístico, uno de esos cordobeses que triunfó en Buenos Aires haciendo de cordobés y que siempre mantuvo el cariño de la gente. Es un profesional del humor, un tipo que vive de hacer reír. ¿De dónde sacará -entonces- las ganas de meterse a una actividad que hace que la gente se enoje, llore o se decepcione?.

Su incursión no es novedad. Hace apenas un par de años le tocó a Cacho Buenaventura ser candidato a vicegobernador de Acastello, pero decepcionó. No se puede ser y no ser al mismo tiempo: si uno es humorista no puede pretender que la gente se lo aguante siendo serio, pero tampoco puede enojarse si alguno le hace una pregunta que debe responder con seriedad.

También hubo un caso cruzando la frontera provincial, con Miguel Del Sel casi llegando a ser gobernador de Santa Fe. Alguien me dijo “¿te imaginás el desastre que hubiese sido?”, aunque entre la solemnidad de los socialistas y las internas de los peronistas no parecen haber hecho un laburazo, especialmente en Rosario, la Sinaloa argentina.

Uno de los compañeros de Del Sel en Midachi se metió en política pero sin ser candidato: Dady Brieva, que licuó su trayectoria por defender a ciegas al kirchnerismo. Casualmente eso fue lo que evitó Pachu Peña cuando lo invitaron a hacer política y se bajó en apenas unas horas, al recibir las quejas de la gente que se sentía traicionada. Otro caso conocido fue el de Larry de Clay, que fue candidato a intendente de Escobar por el kirchnerismo. Volodimir Zelensky, presidente de Ucrania, era humorista antes de ser político, para poner un ejemplo internacional.

Córdoba, tierra de humoristas, no podía perderse el lujo de una campaña sin humor. Por eso la llegada de Álvarez a la campaña nos dejará a todos atentos a un posible debate con Luis Juez, que siempre está con el bolso armado por si lo llaman para ser gobernador. Es el humorista cordobés con más rotación en las pantallas de Buenos Aires, aunque él insiste con eso de que en realidad es Senador. No hay que descartar de antemano las implicancias de tal suceso, porque si algo necesita la gente en estos tiempos es reír.

Mi propuesta sería redoblar la apuesta: hace falta una ley de cupo humorístico provincial que exija a los partidos que al menos un miembro de la fórmula a gobernador se dedique al humor, así como se debería garantizar un piso del 30% de representación cómica en las listas a legisladores por distrito único.

Eso, por supuesto, como primer paso de un proyecto más ambicioso, porque en segundo término habría que pensar en un debate moderado por Susana Giménez, emulando aquel viejo segmento de los ‘90 en el que contaban chistes. Había dos equipos que mezclaban famosos con humoristas y que se enfrentaban contando o actuando sus cuentos, algo que acá se podría hacer con políticos y cómicos.

Tal vez así podríamos encontrar talentos humorísticos ocultos entre los miembros de “la casta”, o también una formación política y económica sólida entre los que eligieron como profesión hacer reír a otros. ¿Qué mejor que evaluar a todos en los dos campos, como una especie de biatlón cómico-político? Quizás así alguien elija sumar a Yayo Guridi a su equipo, aprovechando que es economista y humorista.

Recuerdo una entrevista al “Flaco” Pailos en la que decía que es muy difícil hacer humor político, porque hay gente que se lo toma demasiado a pecho. Durante mucho tiempo no fue así, pero la bajada de línea moral del kircherismo (lo que suena a chiste) le puso cuesta arriba las cosas a los que quieren reírse de los gobiernos. Sólo existe reírse de los que mandan: reírse como los que mandan es hacerles propaganda, por eso no es divertido.

¿Se animarían los políticos a contar chistes en estos tiempos de corrección política?¿Podrían atreverse a ofender a alguna minoría perdida en la sociedad, de esas de las que necesitan los votos? Parece complicado. Sin embargo, nunca hay que descartarlo: ya probamos con políticos serios y estamos como estamos, ¿qué perdemos probando con los humoristas?.