El loco de la motosierra le tiene miedo a la tijera

Javier Milei parece ir moderando su discurso a medida que crecen sus chances electorales, lo que se presenta como una incógnita pensando en cómo hacer crecer su imagen en campaña.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

No hay mayores dudas de que Javier Milei es la figura política del momento. Con una clase dirigente desgastada, un gobierno que solo sabe sembrar fracasos para cosechar frustraciones y una economía que cada vez es más chica, el economista emerge como la voz de los más enojados.

Sus fortalezas están bastante claras. Habla con el mismo enojo con el que hablan los más jóvenes y aparenta una solidez teórica que existe más en el boca en boca de los que vieron algún vídeo editado en TikTok para hacerlo parecer el mejor discípulo de Milton Friedman que en la realidad de sus reiteradas presentaciones televisivas.

El supuesto caudal de votos tiene menos que ver con sus ideas económicas liberales que con el rechazo de los más jóvenes hacia lo establecido. Raspando un poco por encima sale rápidamente a la luz que lo que los adolescentes entienden por liberalismo es un concepto tan amplio y ambiguo como puede serlo el peronismo. No saben de qué se trata pero se identifican así por quien dice serlo.

Eso está un poco detrás de las aspiraciones presidenciales de Milei, que todavía no se ha tenido que enfrentar realmente a lo que pueden hacer los políticos de pura cepa. Seguramente la caja de eco que es Twitter lo haga sentir poderoso, pero el mano a mano con cualquier tipo curtido por décadas en el terreno le puede hacer sentir que el librito de respuestas se le queda corto. Todavía puede hablarle solamente a los suyos para sentirse imbatible, pero las elecciones se ganan arreando a los indecisos que que antes habían elegido seguir a otro.

El Teorema de Baglini siempre sigue en pie: las promesas pierden brillo cuánto más cercana es la posibilidad de acceder al gobierno. A partir de allí todavía es fácil estimar que sus chances electorales son lejanas, aunque ciertamente mejores que hace unos meses.

Es por eso que pasó de esa retórica agresiva de echar ñoquis y cortar planes a plantear reformas graduales -a más de quince años- y a transferirle los planes sociales a los intendentes. De golpe desestimó la motosierra con la que quería desmembrar al Estado para no animarse ni siquiera a agarrar una tijera como para meter algunos cambios estéticos.

Al tomar dimensión de lo que significa gobernar ya hubo algunos de sus adherentes que plantearon que hay que formar cuadros para hacerlo, para lo que deberían nombrar a alrededor de 20.000 cargos políticos.

20.000 militantes, quince años en el poder, no eliminar planes… si eso no es la casta, ¿la casta dónde está?.

Al asomar su nariz a una aún lejana posibilidad de gobernar el gradualismo termina brotándole por los poros. Porque siempre la política termina revelando la fragilidad de solo usar una vara económica para tomar decisiones.

Entrevistado por el periodista Diego Sehinkam no supo dar respuestas a cuestiones básicas, como por ejemplo si había entablado diálogo con los sindicatos. Su respuesta parecía a la de un preadolescente al que le preguntan si ya se estuvo chamullando a una chica: dice que si, pero el lenguaje corporal dice que ahí hay una mentira.

Eso hace que haya que preguntarse sobre su preparación para gobernar, no desde el punto de vista de formación técnica, sino desde lo que sostiene a cualquier gobierno en el poder, la red de relaciones políticas con los verdaderos agentes del poder. Es fácil darse cuenta de que algunas asociaciones empresarias, algunos medios y ciertos sectores del campo celebran su irrupción, pero hace falta más que eso para hacer un gobierno exitoso.

Nadie puede empezar a pensar en la posibilidad de gobernar sin antes hacer pie en el sindicalismo, por ejemplo. Por eso los radicales armaron su propia central obrera o Macri arregló en 2015 con el «Momo» Venegas y llevó a Triaca Jr. de ministro. Sin alguien que ayude a contener los reclamos sociales es imposible gobernar. Quizás esa costumbre de los economistas de armar modelos con tantas variables fijas e hipotéticas no sea lo correcto cuando se trata de administrar muchas relaciones de poder e intereses políticos.

El verdadero logro de Milei es haber logrado empujar el debate público hacia el liberalismo, pero no mucho más. Al final del recorrido probablemente ni se acerque a la posibilidad de gobernar, y si lo hiciera cabría esperar dos escenarios: que haga agua como Giacomino en la municipalidad (porque sin cuadros políticos no se puede gobernar) o que algún peronismo liberal le tome el gobierno por asalto al darle gente para llenar el Estado.

En todos los meses que están por venir, y conforme su intención de voto aumente, empezaremos a verlo más acuciado por el fuego enemigo, por el debate con los que efectivamente sienten que ejercerán el próximo gobierno. Hasta entonces deberemos verlo debatiendo con Manuela Castiñeira o Gabriel Solano, dirigentes de izquierda que celebran cuando a duras penas pueden retener algún centro de estudiantes.¿Le daría «la casta» un micrófono para que hable? Seguro, sabiendo que con altísima probabilidad no podría enfrentarse en un debate con más éxito que el que tuvo en el fiasco del año pasado en TN.

A medida que se vaya moderando se irá perdiendo su encanto. A medida que pasen los meses eso se hará más claro, diluyendo su caudal de votos cada vez que pase de «dinamitar el Banco Central» a «necesitamos una reforma del Estado a quince años en el que los ciudadanos no pierdan sus derechos adquiridos», algo que puede sonar muy lógico y maduro, pero que lo aleja del discurso que lo puso ahí.

Así, quizás por aquello de Baglini, el que antes prometía motosierra hoy dice que apenas va a meter un poco de tijera, reflejando que gobernar es algo mucho más difícil que opinar desde paneles de TV.