El poder fotografiado

El documental “El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas”, disponible en Netflix, tiene la virtud de poner en contexto el asesinato del reportero gráfico, para que las nuevas generaciones (y los desmemoriados) puedan entender un poco mejor lo ocurrido un cuarto de siglo atrás.

J.C. Maraddón

Tal vez por cierta pulsión apocalíptica ante el fin de siglo, quizás por la falsa sensación de estabilidad económica de la paridad cambiaria con el dólar, lo concreto es que los años noventa tuvieron en la Argentina un desenfreno fatal. Mucha de la energía que en el decenio anterior se había puesto en la consolidación del sistema democrático, se descargó luego en vivir la vida a pleno para quienes podían hacerlo, en tanto se incrementaba el número de ciudadanos sumergidos en la desocupación y la pobreza. La pizza con champán convivía con los piquetes en la cobertura mediática de la realidad.

El periodismo gráfico, que por ese entonces todavía gozaba de cifras de circulación cuantiosas, reflejaba en sus páginas tales contrastes casi sin proponérselo: las investigaciones por corrupción, casi siempre inscriptas dentro de los procesos de privatización de empresas públicas, solían ocupar las portadas y proveían de títulos catástrofe. Pero también se incorporaba la crónica de fastuosas fiestas y de eventos rimbombantes, en los que las figuras de la farándula se codeaban con empresarios exitosos y funcionarios que transparentaban su inclinación hacia esta high life, empezando por el propio presidente de la Nación, Carlos Saúl Menem, quien hacía un culto de la ostentación.

Con internet todavía en pañales y la circulación de los videos restringida a los canales de televisión y a las videocaseteras hogareñas, el valor testimonial de las fotografías había sido clave para elevar la consideración de los reporteros gráficos, cuya tarea era equiparada a la de sus colegas cronistas y redactores. Ese reconocimiento, largamente postergado, se reflejaba en la publicación del crédito del autor junto a las imágenes. Y podría decirse que fue ese el momento en que los editores comenzaron a obsesionarse con privilegiar el material fotográfico, ya que las teorías periodísticas en boga señalaban que había que atraer al lector con fotos grandes y llamativas.

José Luis Cabezas se desempeñaba como fotógrafo en el semanario Noticias, que era uno de los más leídos en aquellos años y que llevaba en la tapa dossiers de actualidad. Por lo que comentan quienes fueron sus compañeros de trabajo, Cabezas tenía un estilo muy particular para el encuadre, que encajaba a la perfección con la línea editorial del medio donde prestaba sus servicios. Por la mira de su cámara pasaban conductores de televisión, dirigentes políticos, jefes policiales, modelos, escritores, actores, músicos y gente común, en una galería representativa de su época.

Esto fue así hasta que su lente se posó de manera subrepticia en la figura de Alfredo Yabrán, responsable de un pool de compañías de correo, depósitos fiscales, logística, rampas de carga y free shops, quien prefería manejarse en las sombras y jamás permitía que su rostro saliese fotografiado. Todo indica que esa foto le habría costado la vida a Cabezas, quien apareció asesinado en una cava cerca de Madariaga, el 25 de enero de 1997, un suceso criminal que conmocionó al país hace un cuarto de siglo. Al año siguiente, cuando estaba por ser detenido, Yabrán se suicidó.

El documental “El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas”, que sumó a su oferta Netflix la semana pasada, tiene la virtud de poner en contexto ese asesinato, para que las nuevas generaciones (y los desmemoriados) puedan entender un poco mejor lo ocurrido. Hechos como los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, la voladura de la Fábrica Militar de Río Tercero y el extraño accidente de aviación de Carlitos Menem, se inscriben allí en una siniestra cadena de acontecimientos. Con su foto, José Luis Cabezas había iluminado una trama oculta del poder, cuyos custodios no le perdonaron el atrevimiento.