El peso, más que el yaguareté, en peligro de extinción

Será motivo de los historiadores develar porqué Perón nuca ha sido invitado a sonreír desde ningún billete; de momento, lo único evidente es que el peso se está extinguiendo más rápido que el yaguareté, por más que al pobre animal se lo haya invisibilizado de la masa monetaria nacional y popular.

Por Pablo Esteban Dávila

No deja de dar cierta vergüenza ajena la pasión del presidente por presentar los nuevos billetes del derruido peso argentino. Como si nada sucediese en el país, Alberto Fernández ha cumplido, finalmente, una de sus primeras promesas al llegar a la Casa Rosada, esto es, quitar los animalitos de Mauricio Macri de la moneda de curso legal y reemplazarlos por próceres, a la usanza tradicional.

La presencia de animales fue, en su momento, toda una novedad. Durante la presidencia macrista el Banco Central decidió lanzar una serie diferente de billetes con imágenes de la fauna más representativa de la Argentina, emulando a otros países. Más allá de que el motivo formal de la emisión fue brindar al mercado billetes de mayor denominación (desde los ’90 el de cien pesos era el más alto, pese a la inflación que acumulada desde 2003), subyacían dos motivaciones más o menos explícitas a aquella decisión.

La primera era desideologizar un instrumento que Cristina Fernández había ideologizado con la esfinge de Eva Perón en reemplazo de Julio Argentino Roca. Macri no estaba dispuesto (tampoco es seguro que le interesara demasiado) a generar una serie de billetes con los referentes de la historia nacional que él consideraba dignos de ser conmemorados. Elegir, en este sentido, era definir la propia narrativa, algo completamente ajeno a la praxis política del primer macrismo.

La segunda consistía en concientizar sobre los peligros que se cernían sobre ciertas especies salvajes. Así, la ballena franca austral tuvo su homenaje en el billete de doscientos pesos, mientras que el yaguareté -en franco peligro de extinción- ocupó la centralidad en el de quinientos. El laborioso hornero, pájaro nacional por excelencia, se llevó las palmas en el de mil, en tanto que Evita fue reemplazada por la más prosaica taruca (un espécimen del que muchos desconocían su existencia) en los billetes de cien.

Los conservacionistas bien podrían haber denunciado la reciente decisión de Fernández, pero, a fue de ser honestos, más deberían preocuparse por el peso en sí antes que por el yaguareté. Por estos tiempos, es la moneda de curso legal la que tiene más riesgos de extinguirse; al menos, el felino tiene más gente que lo defienda (el Banco Central hace tiempo dejó de preocuparse por el peso).

No es necesario batir el parche sobre los peligros que acechan a la moneda argentina. El déficit fiscal crónico, con su emisión asociada, la han llevado a niveles de credibilidad poco menos que ridículo. Nadie quiere los pesos; todo el mundo procura sacárselos de encima con la velocidad del rayo por temor a que pierdan más valor de un día para otros. Si se hiciese un censo sobre las preferencias en materia monetaria (la semana pasada se desperdició esta oportunidad) una contundente mayoría de ciudadanos optaría por el dólar. En materia de ahorros, George Washington es mucho más admirado que San Martín o Juana Azurduy.

La huida del peso se manifiesta de múltiples formas. Desde compras en el supermercado a adquisición de automóviles todo vale. Privados de como estamos de comprar dólares “legales” -solo unos privilegiados tienen acceso a los miserables doscientos autorizados mensualmente por el gobierno- el resto se las ingenia para hacerse de bienes o servicios compuestos del billete estadounidense. Pese a provenir de mundos diferentes, la ballena franca austral o Martín Miguel de Güemes parecen compartir el mismo destino: son completamente ignorados en materia de ahorros.

La extinción del peso también se encuentra acelerada porque los billetes que lo representan tampoco sirven para la vida cotidiana. Peor aún: incluso la complican más de lo que ya es. Los de mil han perdido todo valor (equivalen apenas a tres dólares) y cada vez compran menos cosas. Hacia atrás, el resto hace agua en cualquier compra digna de tal nombre. Para complejizar el asunto los cajeros automáticos ya no dan abasto para satisfacer la demanda del público porque simplemente no tienen la capacidad física para albergar las cantidades que se extraen en cada vez menos tiempo. Hay excentricidades como las del Banco Galicia, que ahora cobra una comisión a los clientes que hagan depósitos con billetes de 100 o 200 pesos; tal es su costo logístico para procesar y almacenar los volúmenes que estos suponen.

También el dinero electrónico ha perdido parte de su encanto. Con una inflación orillando el 80% el costo financiero de las tarjetas de crédito e incluso las de débito es simplemente muy alto. Ni que decir de la presión fiscal, que se lleva casi la mitad de los ingresos brutos promedio de un comerciante o un trabajador en regla. En consecuencia, se ha regresado al pago con efectivo en detrimento de los medios bancarios porque así se obtienen más descuentos y beneficios (sin mencionar las ventajas de las transacciones en negro), todo lo contrario de lo que se prescribe en una economía moderna. Esto es más presión sobre los cajeros automáticos y los bancos encargados de mantenerlos repletos de dinero crecientemente inservible.

Este hubiera sido, quizá, el único motivo para exculpar la pasión historicista del presidente. De haber presentado billetes de mayor denominación tal vez se toleraría el sinsentido que está llevando adelante; al menos simplificaría la vida de la gente. Pero no lo hizo. A la usanza de su predecesora considera que imprimir mayores valores nominales significa reconocer el proceso inflacionario. Es típico de los que niegan la fiebre rompiendo el termómetro.

Hasta en eso Fernández continúa pagando un tributo ideológico a quien lo puso en donde está. Ya no se quieren ni se hablan, lo sabe todo el mundo, pero Alberto quiere seguir emulándola. Controles de precios, cepo al dólar, intervencionismo económico por doquier y, ahora, negacionismo inflacionario mediante la restricción autoimpuesta para emitir papeles de cinco, diez o veinte mil pesos. Si a esto se le suman los dislates en materia energética y los galimatías en política exterior, no se sabe exactamente porqué están distanciados, dada las sorprendentes similitudes de sus filosofías de gobierno.

Por último, una cuestión que desvela. Si tanta pasión por los próceres muestra Fernández, ¿porqué Juan Domingo Perón no está nunca invitado a sonreír desde algún billete? Cristina trajo a Evita sin respetar cronologías (a Roca debería haberle sucedido Manuel Quintana), por lo que el presidente bien podría haber convocado al General, fundador y máximo líder del partido al que dice pertenecer. Idéntica pregunta podría habérsele formulado a su antecesora. ¿O, para el Frente de Todos, Eva es más que su esposo, tres veces presidente constitucional y parte imprescindible de la cultura política argentina?

Será motivo de los historiadores develar esta incógnita; de momento, lo único evidente es que el peso se está extinguiendo más rápido que el yaguareté, por más que al pobre animal se lo haya invisibilizado de la masa monetaria nacional y popular.