La Primera Junta y los billetes

La discusión sobre los billetes, en plena conmemoración de la Semana de Mayo, nos hace pensar en qué difícil sería representar tanta diversidad política en un poder ejecutivo colegiado.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

26 de Mayo de 1810. Cabildo de Buenos Aires, llegando la noche. Tras un largo día de debates políticos sobre hacia dónde seguiría la evolución de los hechos y cómo sería el camino hacia la independencia (aún sin fecha pero como horizonte claro), los integrantes de la Primera Junta se ponen a pensar en qué lugar les reservará la Historia.

-”Cornelio, ¿cree usted que las generaciones futuras sabrán valorar lo que estamos haciendo en estos días?”, preguntó Belgrano, ansioso por alcanzar la independencia cuanto antes.

-”Por supuesto que sí. El futuro será el de una nación libre que reconozca los méritos de los que dejamos todo por defender este suelo”, respondió el militar que presidía la Junta.

– “¿Cómo creen que nos recordará la gente?”, preguntó Paso. “Me encantaría tener una calle importante, por la circulen los mejores carruajes”, completó su idea con los bríos de los abogados, sin saber que acá en Córdoba le iban a tocar ocho cuadras bastante normales un poco lejos del centro.

– “A mí me gustaría que le pongan mi nombre al puerto”, dijo Moreno, pensando en que desde allí se abría el país al mundo, no que sería en donde iniciaría su recorrido hasta encontrar la muerte.

– “Lo mejor, sin dudas, sería quedar en las monedas. Que todo el mundo vea nuestras caras cuando tenga que comprar velas o leche sería fabuloso”, dijo Castelli, otro abogado que ya se había comido el personaje con eso de que lo habían catalogado de ser el Orador de la Revolución.

– “¡Eso sería fantástico!”, respondieron a coro los comerciantes Mateu, Larrea y Azcuénaga, fascinados con la idea de que les toque algo ligado directamente a sus tareas habituales.

– “Será lo que Dios decida, muchachos”, los bajó a la tierra el sacerdote Alberti, que en su diálogo con la divinidad seguro que había recibido alguna pista de lo que les esperaba.

 

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Otra vez volvió el debate sobre los billetes, algo que carece completamente de sentido y que le sirve al gobierno para que la gente milite un caso rarísimo para la física, en el que esos sólidos billetes se escurren como un líquido por entre los dedos de los que no saben qué malabares hacer para llegar a fin de mes. La discusión es otra vez una excusa para no hablar de lo realmente importante.

La Primera Junta de Gobierno trató de reflejar, en su composición, más o menos los intereses sectoriales de entonces, que de hecho orientaron las decisiones políticas del país durante muchas décadas por venir. Militares, abogados, comerciantes y curas fueron los que se repartieron los espacios, deseosos por repartirse el poder de un Estado que aún no nacía, tratando de balancear o equilibrar el peso de los otros.

Luego se ampliaría a Junta Grande, tratando de darle participación a las provincias del interior, para reflejar un poco el federalismo. Claramente los poderes ejecutivos colegiados (el sueño de los corporativistas) es irrealizable, lo que empujó la iniciativa al fracaso y a una deriva política que no se resolvió sino cincuenta años más tarde, cuando finalmente Buenos Aires se incorporó a la Confederación, sometiéndose a la Constitución de 1853.

Fuera de eso, la representación era bastante homogénea para los estándares actuales: hombres de edad media, de una posición económica favorable, formados según los parámetros de la época y (casi) todos con actividad en la masonería.

Hoy, con la discusión sobre los billetes, es imposible no pensar en lo complejo que resultaría definir una Junta de Gobierno que represente la heterogeneidad social, dejando contentos a todos los que reivindican identidades sectoriales y minoritarias. Si se parte de los criterios con los que se defienden la elección de nuevas figuras para la moneda o la composición que debería tener una Corte Suprema plural, el resultado sería -casi con seguridad- la imposibilidad de conformar el mencionado órgano de gobierno.

El federalismo, la paridad de género, la diversidad sexual, los pueblos originarios o los afrodescendientes, todos se deberían sumar a un debate para la representación plural de la sociedad, aunque lo más probable es que terminarían siendo todos estudiantes de derecho, comunicación social, filosofía y demás carreras humanistas. ¿Ingenieros, médicos, albañiles? Nah, esos no tienen tiempo porque se encargan de hacer cosas, no de pensarlas.

Todo esto es una exageración para dejar en claro lo absurdo de la discusión por los billetes, en los que el único criterio fue hacer alharaca para que no se debata lo importante, que la inflación se comió cinco billetes (de 2, 5, 10, 20 y 50 pesos) y que los tres de mayor denominación existen por el sinceramiento que hizo el gobierno anterior de la pérdida de valor de la moneda. Si todo dependiera de la voluntad negadora del kirchnerismo, todo se limitaría a tener seis versiones distintas del billete de $100.

Que el billete de principal denominación valga apenas cinco dólares norteamericanos deja bien en claro el nivel de destrucción del poder adquisitivo. El billete de hornero que hoy se va a sacar de circulación compraba 70 dólares cuando debutó hace apenas seis años, para lo que hoy se necesitaría un billete de $14.000.

Quizás el otro prócer de la Primera Junta que hoy podría volver a un billete (porque estará Belgrano) sería el cura Alberti. A este ritmo, con esta inflación, sólo dios sabe a dónde vamos a ir a parar o qué otros usos le vamos a poder dar a esos papeles que el único valor que tienen es el que demostraron algunos de esos próceres durante su vida.