Mujeres de la conquista en el siglo XVI

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Sobre el amor «non sancto» retablo del siglo XIV.

Una cita hallada en la crónica de Diego Fernández (Primera y- segunda parte de la Historia del Perú) publicada en 1571, narra escenas en las que se menciona a mujeres españolas que vivían la conquista desde dentro, sometidas sus suertes a los vaivenes de las decisiones masculinas y a las guerras y conspiraciones. El cronista narra una conjura fallida organizada hacia 1546 contra Francisco de Carvajal, lugarteniente de Gonzalo Pizarro, quien se vengó sin piedad de sus soldados desleales. Allí se menciona a mujeres próximas a la acción, compañeras de algunos militares, o bien que ejercían la prostitución. En otros episodios se las ve pelear, espada en mano, contra los pueblos nativos que se defendían de la invasión española. Su presencia deja entrever el destino de tantas otras que, durante el siglo XVI, vinieron al continente donde procedía la conquista, buscando ganarse la vida de distintas formas. En el mejor de los casos, trataban de obtener la protección de algún soldado o jefe, o bien debían sobrevivir con diversos oficios, entre ellos el de prostitutas.
En el fragmento que referimos, se hace alusión a la oportunidad que se presentaba a algunas mujeres “de mala vida”, de poder dejar el oficio a través de su casamiento con un hombre a punto de ser ajusticiado, lo que les permitía mejorar su situación y salvar, a cambio, a un condenado a muerte.

El codicioso, cruel y violento Francisco de Carvajal, ya hombre añoso, desató una serie de feroces persecuciones contra los conjurados y apresó a un nutrido grupo de enemigos de sus propias filas. En ese contexto, según narra Diego Fernández, “el primero que prendió fue a Alonso Camargo, y queriendo prender a Luis Perdomo, se huyó; que no le pudieron haber. Prendió a algunos sospechosos aquella noche, y después casi todos los de la entrada. Y luego que fue de día, mandó hacer cuartos a Alonso Camargo”. La expresión “los de la entrada” se refiere a los primeros conquistadores que se habían internado en el Tucumán desde el Perú, con el capitán Diego de Rojas, en 1543. Por su parte, “hacer cuartos” o, más adelante, “sacar a cuartos”, refiere la situación de poner a un reo en capilla, pronto a ser ajusticiado.
Continúa refiriendo el texto de Diego Fernández que cuando ya estaban a punto de sacar a Camargo para su ejecución, llegó un fraile de Santo Domingo, acompañado de una “mujer de amores”, María de Toledo, para suplicar “por amor de Nuestro Señor” piedad para el reo, dando argumentos en su favor, y afirmando que un tal Pedro de Zafra había ofrecido seis mil pesos por su perdón. También expresa el fraile que Camargo “se casará con esta mujer, en lo cual vuestra merced hará buena obra y la sacará de pecado”.
Por toda respuesta, Carvajal no disimula su impiedad y hace una irónica comparación con un caso sucedido tal vez en España, tal vez en América, que citamos con muy poca modificación:
“Y Carvajal le respondió: Padre, padre, a eso que su reverencia dice, quiero contarle un cuento. Ha de saber que en un pueblo sucedió un asunto a un hombre muy honrado, sobre que quiso matar al Corregidor de aquel pueblo, él y otros”. Carvajal prosigue narrando que dicho Corregidor encarceló al hombre en cuestión y que, cuando le sacaron a ajusticiar los alguaciles, “salió una putaña feona y muy bellaca, con una cuchilladaza por la cara, y muy sucia, dando grito: Señores, señores, no matéis al señor fulano, dádmelo por marido. Y en aquella tierra era ley (como en otras) que cuando una mujer que está ganando con su cuerpo, pidiese por marido a uno que estuviese condenado a muerte, que, si aquel quisiese casar con ella, no le matasen. Y, a los gritos que daba la mujer, pararon los alguaciles. Y como llegó diciendo dádmele por marido, dijeron los alguaciles: Señor fulano, casaos con esta mujer y no moriréis. Él volvió la cabeza y, como la vio, que debía de ser del arte de esa mujer, y como él era hombre honrado, y de tanta presunción, dijo: Señores, ande el asno, que no quiero tal mujer. Así que, padre reverendo, el señor Alonso Camargo, vecino y Regidor de esta villa, ha de decir lo que dijo aquel buen hombre, y él sin falta morirá, y el señor Balmaceda y otros muchos caballeros de la entrada del Río de la Plata, que me querían matar.” Con lo que el cura y la mujer se retiraron desconsolados, y enseguida fueron sacados a cuartos Camargo y a Balmaceda, “en el día del señor San Miguel”, y fueron de inmediato ejecutados.

La crónica de Diego Fernández también menciona a otras mujeres, en particular a Mari López, a quien presenta como amiga de Bernardino de Balboa, por no decir su amante, junto a quien marchaba en el terco avance de los conquistadores. Esta mujer aparecía actuando con gran valor en dos episodios: en uno quedaba a cargo de vigilar a unos caciques de la tierra de Comechingones cautivos de los españoles, tarea que cumple con gran celo. Sobre el segundo hecho, tuvo parte en esta tierra durante un ataque de los nativos contra el fuerte. Citamos a Diego Fernández: “Y dos mujeres que había, que la una se llamaba Leonor de Guzmán, mujer de Hernando Carmona, y la otra Mari López, amiga de Balboa, viendo los indios dentro del Fuerte tomaron sus espadas y rodelas, y varonilmente se fueron a favorecer a las puertas”.
Volviendo a la conjura contra Francisco Carvajal, Balboa había estado implicado en el frustrado plan. Llevaba apenas unos días casado con Mari López cuando se presentó ante Carvajal solicitando permiso para ir al Cuzco con su mujer. Evidentemente, trataba solapadamente de salvar su vida. Aquí se ve a Carvajal actuando otra vez con sorna al decirle: “Señor Balboa, ¿sí que también querrá v. m. llevar consigo a la señora su mujer? Pues vuélvase después de comer que para todo se habrá bastante recado”. Al regresar Balboa a la hora indicada, Carvajal lo mandó encerrar en una cámara, anunciándole que sería ejecutado, y le permitió confesarse con un clérigo. Balboa murió por garrote, su cabeza fue cortada y su cuerpo enviado a Mari López, su mujer.