El fluido ajedrez que debe jugar Schiaretti

Ser presidenciable no es tarea fácil. A diferencia de lo que ocurre en su pago chicho, el gobernador no puede conducir los tiempos de la política argentina, ni imponer sus criterios a dirigentes incondicionales. De una manera muy concreta, debe adecuarse a circunstancias que no maneja y tratar de acomodar el cuerpo en un entorno cada vez más desafiante y lleno de incertidumbres.

Por Pablo Esteban Dávila

El pasado martes Juan Schiaretti se mostró bastante locuaz ante los requerimientos de la prensa en la ciudad de Buenos Aires en un evento organizado por el grupo Clarín sobre Democracia y Desarrollo. Fue particularmente claro en asegurar que se encuentra trabajando para generar una alternativa superadora de la grieta y que de esta “se sale como de los laberintos, por arriba”. Es un hecho que está dispuesto a exorcizar los riesgos del pato rengo, una expresión de origen anglosajón que refiere a alguien que se encuentra en un cargo electivo y a quien se aproxima la fecha en que debe dejarlo.

Es claro que, si quiere seguir participando en el juego político, el gobernador tiene que subir la apuesta. Privado de un nuevo período en Córdoba y dueño de un inédito prestigio personal, la Nación es casi un destino obligado. El problema que tiene -y que, en rigor, lo desvela desde hace años- es como trasladar su ascendiente provincial fuera de los límites del distrito.

A comienzos de 2019 parecía haber encontrado la fórmula. Sus cabildeos con Sergio Massa, Roberto Lavagna, Juan Manuel Urtubey y Miguel Ángel Pichetto dentro del denominado Peronismo Federal estaban a un paso de fructificar. Todos imaginaban que existía un tercio del electorado que resistía por igual al kirchnerismo como al macrismo. Pero la jugada de CFK dio al traste con aquel proyecto. La mayor parte del justicialismo coincidió, quizá con mayor entusiasmo que análisis, en que Alberto Fernández, designado por aquella, sería un presidente que sintetizaría exitosamente las diferentes expresiones partidarias.

Luego de la frustrada intentona federal Schiaretti volvió a refugiarse en Córdoba. Resistió los cantos de sirena del presidente de sumarse al Frente de Todos incluso en los fugaces momentos en que la opinión pública mostraba gran adhesión a Fernández, privilegiando a su electorado antikirchnerista por sobre la seducción de la Casa Rosada. La opción demostró ser la correcta, habida cuenta la retahíla de yerros y de problemas que ha demostrado tener la gestión albertista.

Para agregar una cuota de ansiedad, CB Consultora de Opinión publicó, la semana pasada, su tradicional ranking de gobernadores, en el que Schiaretti figura al tope de los que tienen mejor imagen en cada una de sus provincias. Con semejante capital político, resultaría extraño que el cordobés no retomara su porfía nacional.

Claro que esto no es tarea fácil. A diferencia de lo que ocurre en su pago chicho, el gobernador no puede conducir los tiempos de la política argentina, ni imponer sus criterios a una masa crítica de dirigentes incondicionales. De una manera muy concreta, debe adecuarse a circunstancias que no maneja y tratar de acomodar el cuerpo en un entorno cada vez más desafiante y lleno de incertidumbres.

Una de las manifestaciones más concretas de esta fluidez es la aceleración del proceso político. Hay múltiples factores que podrían explicar el fenómeno, pero el más palpable es la erosión del poder presidencial. De mantenerse las actuales tendencias (y no hay indicios de que ocurra lo contrario) Fernández no podrá ser reelecto ni, mucho menos, designar un sucesor con chances verdaderas. Semejante hándicap dispara múltiples especulaciones y, naturalmente, candidaturas.

Desde esta perspectiva, Schiaretti podría ser, si así lo anunciara, uno más de los diferentes aspirantes al Sillón de Rivadavia que, por estas horas, se multiplican al compás de la desintegración del oficialismo. Todo los que se van aproximando a la línea de largada dan por descontado que el presidente se encuentra incapacitado para jugar en forma decisiva, con lo cual cada uno se siente con las manos más o menos libres para forzar la agenda a su favor. Son claras, a este respecto, las estrategias de Patricia Bullrich, Javier Milei o del propio Mauricio Macri por marcar fuertes diferencias respecto del gobierno, al tiempo que otros más moderados, Horacio Rodriguez Larreta entre ellos, deben reforzar sus particularidades como eficientes gestores de lo público sin garantías de éxito.

Pero también los propios referentes del Frente de Todo están recalculando sus pasos. Es obvio que Cristina no quiere quedar pegada a los dislates de gobierno -muchos inspirados precisamente por ella- pero que tampoco puede romper del todo con Alberto, a riesgo de ser sindicada como la reencarnación de Chacho Álvarez. Esta es una dialéctica perversa que, para ser eficaz, al menos en esta etapa, requiere del concurso de mensajeros calificados.

Uno de ellos Máximo Kirchner. El diputado se encuentra liberado de cualquier obligación de gobernabilidad. Se ha transformado en un opositor, que corre por izquierda a quien, hasta no hace mucho, prodigaba elogios poco menos que sanmartinianos al hijo de la vicepresidenta. Sin embargo, ningún camporista ha renunciado a sus puestos dentro del gobierno en solidaridad con esta beligerancia. Tal inconsistencia es matizada por las cajas que manejan los pibes de la liberación y por la vigilancia que se les exige desde el Senado sobre los temas sensibles que desafían a la administración nacional.

Uno de los que se encuentran firme en su puesto, a pesar de todo, es el ministro del interior Wado de Pedro. En circunstancias ordinarias había merecido su expulsión sin atenuantes del gabinete, pero el de Alberto dista de ser un gobierno normal. Es por tal cosa que De Pedro ha sorprendido reuniéndose, en los últimos días, con el gastronómico Luis Barrionuevo y con el salteño Urtubey, ambos adversarios declarados del FdT. No obstante que las conversaciones no han trascendido del todo, ninguno de los involucrados parece estar molesto con que aquellas hayan tomado estado público. Tampoco es creíble que el presidente se encuentre detrás de estos contactos porque, de haberlos impulsado, hubiera elegido a otro emisario. El ministro está hablando por el kirchnerismo duro, no por su jefe nominal. Es parte de una estrategia incipiente, todavía no verbalizada, para evitar la derrota en 2023.

Estos movimientos no son inadvertidos para Schiaretti. Barrionuevo y Urtubey deberían formar parte de su portafolios de respaldos y, como tales, socios en la reedición del peronismo republicano tantas veces anunciado y otras tantas frustrado. Si les son negados prematuramente por alguna extraña moderación del kirchnerismo, el gobernador podría tener dificultades para armar su propia tropa.

Siempre quedará la opción, por supuesto, de sucumbir a los ruegos de Pichetto e ingresar a Juntos por el Cambio dentro de un proyecto que supere los límites inicialmente impuestos por Macri. Sería la forma más sencilla de hacer pie en el gran debate y, probablemente, la que le diera los réditos más inmediatos. No obstante, es un precio muy alto por pagar y, lo más importante, sus chances de devenir en presidenciable quedarían severamente reducidas.

¿Qué hacer entonces? La tercera posición (el gran sueño peronista) sería la más redituable, pero requeriría una dosis de heroísmo que podría a prueba al más templado. También demandaría que dirigentes de prestigio lo acompañasen sin hesitar en el proyecto, un extremo que, por ahora, no es del todo visible. En cualquier caso, Schiaretti continúa con el dilema sobre como administrar su éxito, un problema que la mayoría de los políticos envidiaría sinceramente, pero que obliga al gobernador a un ajedrez de múltiples partidas sin ninguna garantía de jaque mate.