Alberto compró la tarjeta

El presidente está a un paso de librarse de la responsabilidad de sus actos porque un fiscal le dejó pagar una multa para no responder penalmente por sus acciones.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Ya hemos abordado acá el tema de los programas de juegos en los que hay gente que compite de distintas maneras para ganar algo de plata, una orden de compras para el supermercado, un par de zapatillas o un viaje a Las Toninas en temporada baja. La necesidad de la gente les da el insumo más importante, gente que acepte ir a participar por recompensas bajas.

El caso más destacado es el de Los 8 Escalones del millón, donde la gente pone a prueba sus conocimientos con el objetivo de ganarse un millón de pesos. Escuchar los testimonios sirve para saber dónde estamos parados. Hay algunos soñadores que creen que con eso se pueden comprar una casa (quizás piensan en una prefabricada si ya se tiene el lote), otros lo necesitan para algo que debería hacer el Estado (como conseguir un remedio o ayudar con alguna operación), pocos lo quieren para darse un gusto (como viajar, aunque tampoco se puede ir muy lejos con 5000 dólares) y otros para recuperarse de la pandemia. Esos son los que nos importan.

Esa última categoría es la que nos interesa para la nota de hoy. Es gente que se quedó sin trabajo, que debió cerrar su negocio porque no podía mantenerlo cerrado o que perdió clientes porque la plata se dirigía a otros rubros. Esos sobrevivieron por la ayuda de gente que los acompañó en esa situación, aunque una buena parte de los intelectuales al servicio del régimen prefirieron creer que allí estaba el Estado para salvarte, no el vecino que te tiró una changa porque se enteró que cerró el negocio en el que trabajabas.

La pandemia sigue dejando mucha tela para cortar. Mientras andan por ahí los agoreros del doble barbijo presagiando una cuarta ola devastadora, la gente sigue tratando de cerrar las heridas que dejaron el encierro y la desconsideración de un presidente que creyó que esa popularidad inicial le iba a durar para siempre si mantenía la receta. “Equipo que gana no se toca”, habrá pensado.

Vimos de todo. Vimos a un surfer ser hostigado por los medios, al punto que hace poco apareció una nota en la que contaba que se fue del país. Vimos a un par de policías querer hacer entrar a una señora que estaba tomando sol en una reposera (Sarita, santa patrona de la desobediencia civil).

También vimos cosas peores. Vimos a policías detener a menores de edad por no llevar barbijo. Vimos un intento fallido de desaparición forzada (fallido porque apareció muerto, no porque no violaron todos sus derechos civiles). Vimos supuestos suicidios en comisarías, golpizas y detenciones de todo tipo. Vimos a un presidente crear nuevos delitos por decreto, algo que está prohibido por la Constitución por ser una atribución exclusiva del Poder Legislativo.

Así llegamos, finalmente, a la fiestita en Olivos. El cumpleaños de mi querida Fabiola, de lo que nos enteramos poco tiempo antes de las elecciones del año pasado, pero que había ocurrido en plena cuarentena estricta, esa de una violación sistemática de decenas de derechos constitucionales por la cobardía de un presidente que evitó decretar el Estado de Sitio por temor a lo que fueran a decir.

Yo no soy abogado, así que puedo equivocarme en el siguiente razonamiento. Pido disculpas de antemano.

Alguien me dijo que el derecho penal, a diferencia del derecho civil, es el más importante para la conservación de la sociedad y el orden legal. Es tan importante que el Estado tiene que seguir a fondo, independientemente de la voluntad de la parte damnificada, porque el daño es hacia toda la comunidad, no hacia la víctima del delito.

El presidente transgredió las propias normas que él mismo (ilegítimamente) dictó. Finalmente el fiscal decidió aceptar que pague una multa para librarse de la condena de lo que, según el decreto por el cual todavía hay cientos de personas procesadas por violar la cuarentena, era un delito de índole penal.

La situación es bochornosa por todos lados, porque muestra todas las cosas que andan mal en el país. Un presidente al que le dejan pagar una multa de 1,6 millones de pesos, al igual que a su pareja, la agasajada en esa fiesta exclusiva a costa del erario público, para quedar liberado de la responsabilidad de sus actos. Incluso más: ¿cómo va a pagar esa cantidad de plata alguien que hasta ser presidente vivía en un departamento prestado sin más ingresos que los de su cátedra en la UBA?. Sí, con plata del mismo Estado que solventan con el IVA de la polenta los que van a participar al programa de Guido Kaczka soñando con comprarle una computadora a los hijos.

Uno de los errores más comunes que hay que aclararle a los chicos del secundario es que cuando se paga una fianza uno no compra su inocencia, como pasaba en la Iglesia Católica cuando Lutero decidió que era hora de hacer una reforma. Se paga el derecho de esperar en libertad, pero no se paga para no ser declarado culpable.

El único lugar en el que se puede salir de la cárcel pagando una suma de dinero (tras agotar sus chances de salir de buena manera) es en Monopoly, el clásico juego de mesa. Al final, para ser tan defensor del Estado y detractor de las prácticas capitalistas clásicas, el presidente tuvo que recurrir a alguna triquiñuela que involucra el pago de dinero con la cual conseguir su tarjeta para salir de la cárcel. No hay mejor manera de describir la podredumbre de nuestro Estado de Derecho que tan grosera maniobra para no cumplir con la pena que le corresponde.