Las clases de impuestos de Feletti

El gobierno nacional sigue insistiendo en políticas erradas, bajo premisas ideológicas, que le van alejando el horizonte productivo a un país necesitado de divisas.

Por Javier Boher

Es notable cómo algunos parecen no querer entender lo que dicen los números, esos desgraciados obstinados en no dejar mentir. Es como si todo el gobierno kirchnerista estuviese bajo el influjo de algún tipo de brujería extraña que los hace anteponer la ideología al conocimiento, los datos e incluso el sentido común.

Los indicadores pueden ser un poco caprichosos a la hora de mostrarnos la verdad, ya que los indicadores se construyen para cada realidad particular. Sin embargo hay algunos que permiten el contraste entre sociedades diversas, porque justamente se los elabora para poder comparar a las sociedades en el espacio y en el tiempo.

El fin de semana hubo un dato que impactó a mucha gente. Era el dato sobre el consumo de carne en Uruguay, un país que es muy parecido a Córdoba en población, tamaño, actividades productivas y el corazón artiguista poco amigo de los que quieren manejar todo desde lejos. De acuerdo a ese número, el año pasado los uruguayos consumieron 91,2 kilos de carne per cápita, el valor más alto de su historia.

Por sí solo ese dato no nos dice nada, salvo que el veganismo no debe estar prendiendo tanto en esas pampas. Lo asombroso resulta al comparar el consumo de carne en Argentina respecto al del país vecino, porque aquí en 2021 se consumió apenas más de la mitad de lo que consumieron los uruguayos, 47,2 kilos por persona, lo que significa menos de un kilo de carne por semana en el país del bife.

Ese dato, además, contrasta duramente con los argumentos que usó el gobierno para cerrar las exportaciones de carne, respecto a que si se exporta no se puede proteger las mesas locales, al punto que en 2021 Uruguay superó a Argentina en la lista de principales exportadores de carne vacuna en el mundo. Para ponerlo en perspectiva: es como si Córdoba por sí sola exportara más carne que todo el país. Es increíble.

Así, el gobierno consiguió perder mercados en el mundo, destruir la oferta local, tirar para abajo el consumo y no conseguir que bajen los precios domésticos. Cualquier persona medianamente lógica diría “seguro que ahora aprendieron la lección y van a hacer las cosas de otra forma”, pero no, siempre encuentran la tangente por la que escaparse con sus banderas ideológicas en lugar de pararse dos segundos a pensar en las consecuencias de sus actos.

Ahora le llegó el turno de demostrar las pocas ideas que tiene en su cartera al secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, que propuso subir de golpe las retenciones, justo antes de empezar la siembra de trigo y con un litigio en la justicia respecto a la legalidad de los tributos que cobra la nación pese a la caída del presupuesto a fin del año pasado.

La intención de Feletti es duplicar los impuestos que hoy pagan el maíz, el trigo y el girasol a los fines de “proteger la mesa de los argentinos”, algo que ya quedó claro que no se logra, desalentando además la producción.

Por supuesto que este no es el único funcionario poco leído en un gobierno que se jacta de estar compuesto por científicos. El fin de semana se publicó en Télam una entrevista al director nacional de Agroecología, Eduardo Cerdá, que se titulaba con un dato fuerte: producir con agroecología cuesta un tercio de lo que cuesta producir de modo tradicional.

Así en el aire cualquier desprevenido pensaría que lo que dice el mencionado funcionario es verdad y que los productores agropecuarios son codiciosos envenenadores de la tierra. Si la agroecología fuese una práctica real, y no un artilugio europeo para mantener su campo poblado agregando valor de manera ficticia a lo producido, todo el campo argentino produciría de esa manera.

Puede haber argumentos para defender la agroecología, pero no desde una realidad como la nuestra, en la que se necesitan divisas para el Banco Central y comida barata para que la gente pueda comer de la mejor manera posible.

Lo que plantea esa nota es el horizonte deseable para algunos de los funcionarios nacionales, el de un campo romántico, de vida lenta, produciendo para 45 millones de argentinos de un mercado reducido en lugar de abastecer a todo el mundo. Piensan en gente labrando la tierra con azada en lugar de desarrollar, producir, consumir o importar tecnología, en lo que el país hace punta desde hace mucho tiempo. Es preparar el terreno para un campo cada vez más improductivo, en el que se agote el suelo por una fertilización inadecuada, matando a la gallina de los huevos de oro.

El ejemplo más claro de eso -y de por qué las políticas públicas no pueden orientarse exclusivamente por la ideología- es el caso de Sri Lanka. En ese país asiático el presidente decidió prohibir el uso de agroquímicos para pasar toda su agricultura a producción orgánica. El resultado fue que el Estado deberá indemnizar a los productores, a la vez que la población está atravesando una hambruna histórica, producto de la infantil decisión de su gobierno. El kirchnerismo no ceja en su misión ni siquiera con datos tan fuertes frente a sus narices.

Feletti, Cerdá y el resto de los funcionarios nacionales se limita a repetir discursos y malas prácticas en la toma de decisiones, en una suerte de ritualismo primitivo que les impide ver los avances científicos para tratar de encontrar un punto medio entre la técnica fría y deshumanizada y el romanticismo del que nunca tuvo que pasarse una tarde bajo el sol para producir ni siquiera unas pocas plantitas de rúcula, el yuyo más resistente adentro de una huerta. Carecen de experiencia para poder definir qué y cómo puede producir el país, chocando con las necesidades duras y concretas que acucian a la Argentina.

No importa cuánto nos quieran enseñar este tipo de funcionarios sobre las bondades de las políticas que impulsan, sobre el primitivismo productivo o la capacidad redistributiva de subir los impuestos. Al final del recorrido van a terminar errando, por más que encuentren alguna forma de decir que todo fue culpa nuestra.