La llama que no se apaga

El disco “Mojigata”, publicado hace pocas semanas por Marilina Bertoldi, se encamina a situarse como uno de los grandes aportes para que el ánimo rockero no decaiga, a pesar de que la cantante debió batallar para abrir esas puertas que el género les cerraba a las mujeres.

J.C. Maraddón

La fuerte presencia de artistas femeninas en el panorama de la música internacional de este tiempo, tiene su equivalente en la escena argentina, donde hoy sobresalen nombres de mujeres jóvenes que brillan con luz propia tanto en el país como en el exterior. Más allá de las resistencias que despiertan en ciertos sectores de la crítica, tanto Tini como Nicki Nicole y María Becerra encabezan las preferencias en las plataformas de streaming donde las nuevas generaciones alimentan los algoritmos mediante sus selecciones y listas. Con sus diferentes estilos, las tres confluyen en un mismo sonido urbano que es la tendencia de moda.

Es tan abrumadora esa ola, que supone el correlato de dejar atrás a cualquier género que no se pliega complacido a su embate, como un resabio de los antiguos paradigmas que se resisten a ingresar en el torbellino de cambios que se verifican en las sociedades del siglo veintiuno. No es raro entonces que quienes se unen como consumidores al mercado de la cultura, elijan intérpretes que satisfacen esas expectativas, en vez de remitirse a aquellas figuras que supieron reinar cuando la cosmovisión era tan distinta que a nadie le asustaba naturalizar cuestiones a las que ahora se deplora.

Tras haber demostrado a lo largo de las décadas su constante capacidad de adaptación a las novedades que le iban oponiendo fuerzas en su camino, el rock parece no estar asimilando los golpes que recibe de parte de estas flamantes estrellas que se resisten a rendirle tributo. Y cuando algunas de ellas se avienen a versionar algunos de sus clásicos, en vez de sentirse complacidos por ese gesto, los rockeros elevan su queja ante semejante atrevimiento y se refugian en el paraíso de la nostalgia, donde continúan siendo amos y señores de una industria que empieza a mirarlos como piezas de museo.

Es en ese intríngulis que se ha hecho notar la movida de mujeres músicas que hace unos años reclamó un espacio que hasta entonces se le venía negando. A través de eventos propios y de la imposición de un cupo para festivales ajenos, han conseguido algunos de los objetivos que se habían propuesto, como al menos ser visibilizadas dentro de un colectivo en el que sólo tenían cabida los hombres y del que una minoritaria cantidad de ellas alcanzaba participación activa. Por esa grieta abierta dentro de la comunidad del rock nacional, se filtró así un añorado espíritu de innovación.

Quizás Marilina Bertoldi, como una de las propulsoras de esa rebelión, podría haber considerado como techo de su reconocimiento el Gardel de Oro que obtuvo en 2019, a partir de su álbum “Prender un fuego”. Por el contrario, esta artista se ha despachado hace pocas semanas con “Mojigata”, un disco que no ha pasado desapercibido entre los múltiples lanzamientos de estos días, y que se encamina a situarse como uno de los grandes aportes para que el ánimo rockero no decaiga, a pesar de que muchos aseguran que la llama que lo alumbra se está apagando.

Lo insólito es que la mayor expectativa del género provenga de una cantante que debió pelear contra viento y marea para abrir esas puertas que se les cerraban a las chicas cuya única intención era ser escuchadas a la par de sus colegas masculinos y compartir los escenarios en igualdad con ellos. Rebelde en su postura, atrevida en su discurso y desenfadada en sus videos, Marilina Bertoldi reúne todos los requisitos para habitar el universo rockero, pero por supuesto ha debido batallar a capa y espada para que al fin su obra adquiera la repercusión y el respeto que se merece.