El unitarismo marcha sobre rieles

El hecho de que Trenes Argentinos sea la empresa con más empleados del país deja en claro cuál es el modelo de país que pudo construir el kirchnerismo.

Por Javier Boher

El último fin de semana hubo una noticia en el diario Clarín en la que se listan los diez mayores empleadores del país. La mayoría de las entidades mencionadas eran del sector público, lo que a esta altura ya todos sabemos. La sorpresa, sin embargo, estuvo en qué empresa encabezaba el ránking: Trenes Argentinos. El primer lugar del podio representa toda una realidad sobre cómo se maneja la política argentina y en dónde están las prioridades.

En muchos lugares del país los trenes solo existen en la memoria. Estaciones derruidas que no ven pasar ni siquiera el tren de carga son casi lo único que queda de algunos poblados que se fueron extinguiendo junto con el cierre de ramales. Alguna vez fueron el motor de las comunicaciones y del transporte de personas y bienes, pero eso se terminó hace tiempo.

En el interior del país ya casi no existen. Muchas líneas están concesionadas a empresas privadas que solo se preocupan por el transporte de cargas, mientras que en otros lugares apenas se salvan algunos trenes turísticos, como el Tren de las Sierras. Sí, existen el Ferrourbano, el tren a Villa María o el tren a Buenos Aires, servicios incómodos que casi nadie toma.

Apenas nueve provincias tienen algún tipo de servicio, conectadas casi exclusivamente con Buenos Aires o con servicios regionales de dudosa necesidad. Para la mayor parte de los habitantes del país los trenes de hoy son menos que una sombra respecto a lo que eran. Son casi inexistentes, salvo para tener más de 30.000 empleados.

La situación cambia drásticamente cuando ponemos el foco en el AMBA, esa región que integra a la ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense. Es una entidad sin existencia institucional, una construcción política que ha sido fuertemente explotada por el gobierno nacional, uno que está integrado mayoritariamente por políticos de la región y que dirige sus políticas públicas casi con exclusividad a esa zona que es algo así como “el polvorín de la patria”.

Allí los trenes son una necesidad absoluta, pero son reliquias del pasado. No es casualidad que el cordobés Ricardo Jaime esté preso por la corrupción en el área. Me acuerdo cuando en los tiempos de Néstor ya se hablaba de la corrupción de la Secretaría de transporte y la forma en la que cualquier cuatro de copas pasaba a ser rápidamente un siete de oro.

Esa distribución desigual de los trenes, los recursos económicos y el empleo público reflejan casi con exactitud la forma de manejar el poder que tiene el gobierno actual, uno que parece mirar apenas hasta las dos horas de viaje desde la Casa Rosada. Nada existe fuera de ese radio de menos de 100 kilómetros.

En los últimos meses Córdoba ha emprendido una cruzada (publicitariamente muy redituable) por la equidad en la distribución de subsidios para el transporte. Seguramente los esfuerzos serán vanos, por cuanto el kirchnerismo carece por completo de visión federal genuina, solamente premiando a los leales y castigando a los opositores. Aunque claro, ahora la tiene difícil porque no consigue plata por ningún lado.

El Estado presente, la intervención estatal, los mecanismos de redistribución, la equidad en el acceso a bienes públicos y demás consignas son apenas eso, palabras lanzadas al aire sin que nadie les exija rendición de cuentas. Por eso en Córdoba se celebró la puesta en funcionamiento de un tren que en 30 años apenas rodó un par de meses (siendo un emblema de la corrupción kirchnerista) como si se inaugurara un tren bala para una región metropolitana de casi dos millones de personas. Una puesta en escena para alimentar a una militancia que vive de ilusiones.

Trenes Argentinos es parte de esa gran maqueta que construyeron los sucesivos gobiernos kirchneristas, un gran decorado sin posibilidades de funcionalidad, mientras los fondos que se destinaban a reactivar todas aquellas áreas del Estado en las que alguna vez había tenido injerencia terminaban llenando bolsos, bóvedas y conventos.

La desgracia de la administración que los distintos kirchnerismos han hecho de lo público nos puso en un debate sobre la necesidad de la existencia misma del Estado, algo que en el mundo es tan poco cuestionado como los beneficios de insertarse en una economía global de mercado.

La inoperancia de los funcionarios -más preocupados por subir fotos a sus redes sociales que por gestionar adecuadamente las cuestiones bajo su zona de influencia- ha costado mucho más que dinero perdido en corrupción. El excesivo refuerzo de que el Estado es bueno frente al mercado que es malo generó las condiciones como para que la simple mención a la necesidad de un Estado fuerte y eficiente sea suficiente como para ser tildado de comunista, socialista, maoísta o cualquiera de esas payasadas que salen de las jóvenes bocas de libertarios atrincherados en las redes sociales.

Trenes Argentinos es una desgracia que no debería existir como existe. La gestión pública del transporte no es equivalente a estatizar servicios, una receta que ya se ha probado y ha fallado desde que se empezaron a tender las primeras vías en el país. Es un país demasiado extenso, en el que se acostumbra a tolerar la ineficiencia del empleado público y en el que la corrupción parece no ser tan grave como no rendirle culto a los dioses paganos del imaginario populista.

Esa inversión de prioridades es la que permite que la empresa con más empleados del país solamente exista con fuerza en el distrito al que dirige sus acciones el gobierno más unitario de la historia democrática. Mientras tanto, el resto del territorio les paga el funcionamiento de trenes que solo ven en la propaganda oficial.