¿Qué hacer con tanta fama? El dilema de Schiaretti

No se es un gobernador peronista en un distrito antikirchnerista sin dejar algo en el camino. Y el precio no es otro que haber transformado al justicialismo local en un partido provincial, con una agenda limitada. Es un particularismo que siempre le ha dado el triunfo pero que, a la vez, lo condena a permanecer en una suerte de cárcel dorada.

Por Pablo Esteban Dávila

Para cualquiera, la pregunta sería meramente retórica. La gente común se figura perfectamente que hacer con la fama. Imagina influencia, reconocimiento y dinero. La fama es la antesala de cosas soñadas, de hacer posible cualquier meta. Pero para el gobernador Juan Schiaretti puede que solo sea una fuente de frustración constante.

Ayer se conoció el ranking de los gobernadores mejor valorados del país que elabora CB Consultora de Opinión Pública. Por primera vez desde que se hace esta medición, Schiaretti figura a la cabeza. Aunque siempre integró el lote de los que tienen mejor imagen, nunca había estado en la actual posición.

Es una buena noticia para alguien que gobierna una provincia no puede ser calificada de feudal y en donde el peso del Estado es reducido en comparación con otras jurisdicciones. Córdoba es un distrito complejo, dinámico, que vota una cosa en las elecciones nacionales y otra diferente en las provinciales. Si alguien aquí es bien visto es porque, indudablemente, se lo ha ganado.

Y, sin embargo, Schiaretti no ha logrado, hasta ahora, facturar este lugar de privilegio en la escena nacional. Cualquier argentino medianamente informado dirá -y con mayor razón un dirigente político- que el cordobés es un gran gobernante y que tiene el derecho a ir por más, pero esta es una promesa que nunca termina de cumplirse. Y el tiempo corre.

Antes de que Cristina inventase un presidente a través del Twitter, el gobernador tenía en manos algo que podía asemejarse a una estrategia. Junto con Miguel Ángel Pichetto, Juan Manuel Urtubey, Sergio Massa y un impredecible Roberto Lavagna intentaba construir un peronismo republicano -tal es su expresión favorita- que sirviese de relevo a un kirchnerismo que lucía agotado. La inesperada unción de Alberto Fernández, para desconcierto de todos, dio por tierra aquel proyecto. Ante la perspectiva de un sonoro fracaso, Schiaretti prefirió regresar a aguas poco profundas.

Desde entonces, sus incursiones en temas nacionales no han pasado de manifestar, toda vez que ha sido necesario, su profesión de fe antikirchnerista. Lo hizo cuando el presidente tenía mejor consideración pública y continúa haciéndolo ahora que sus niveles de aprobación están por el piso. En este sentido, nadie puede tildarlo ni de oportunista ni de pretender hacer leña del árbol caído. Simplemente, nada que tenga que ver con el Frente de Todos lo conmueve.

Este talante le ha dado excelentes resultados territoriales, habida cuenta que Córdoba es, por definición, completamente refractaria al kirchnerismo. A modo de beneficio colateral, también le ha permitido bloquear, exitosamente, los intentos de Juntos por el Cambio de desplazarlo de su centralidad política.

Claro que ha debido pagar un costo por este particularismo. No se es un gobernador peronista en un distrito antikirchnerista sin dejar algo en el camino. Y el precio no es otro que el haber transformado al justicialismo local en una fuerza provincial, con una agenda condigna. Es una táctica que siempre le ha dado el triunfo pero que, a la vez, lo condena a permanecer en una suerte de cárcel dorada desde la perspectiva política.

Su antecesor, José Manuel de la Sota, sufrió en su hora la misma limitación, pero sus ambiciones y talento le permitieron dividir su tiempo entre la política nacional y la cordobesa. Y, aunque sus esfuerzos no fueron todo lo redituables que hubiera imaginado (su prematura muerte privó al país de continuar asombrándose con tal perseverancia) su nombre ya había trascendido extramuros.

Schiaretti, un obsesivo de la gestión, no ha encontrado, sin embargo, la fórmula para hacer que su nombre sea sinónimo de alternativa electoral. Tal vez le falte la audacia de romper con un peronismo que, hasta tanto no sobrevenga una catástrofe, tampoco parece tener voluntad de desembarazarse definitivamente de Cristina y de La Cámpora. El antecedente de Pichetto, imaginado por varios dentro del JxC como la cabeza de playa de otros justicialistas de renombre, es un eco lejano de algunas de las alternativas que podrían estar dentro de las posibilidades del gobernador. Contrariamente, la tercera vía de reminiscencia massista parece estar descartada, toda vez que los miembros originales de aquel camino se encuentran fatigando rumbos diferentes. ¿Hay tiempo para intentar alguna vía autónoma dentro de un escenario que ya parece estar configurándose hacia el 2023, ahora con la irrupción de Milei y sus libertarios?

La fama es una diosa esquiva para la mayoría. Muchos suponen que, de tenerla, les cambiará la vida para siempre. Schiaretti, que la ha ganado en buena ley, no sabe exactamente que hacer con ella. Después de todo, nadie dijo que también vendría con el manual de instrucciones bajo el brazo, ni mucho menos con uno que enseñara como llegar a la Casa Rosada.