Algo ha cambiado

Para el rockero criollo que se sintió orgulloso cuando Pappo Napolitano coronó su extensa trayectoria tocando con B. B. King, no debe ser fácil digerir que con tan sólo 20 años el rapero Trueno haya sido invitado por Damon Albarn a cantar junto a Gorillaz en el Quilmes Rock.

J.C. Maraddón

En los viejos tiempos, a cualquier intérprete le costaba muchísimo darse a conocer en su lugar de origen, pero más trabajo aún le daba trascender a escala nacional a través de sus canciones. La salida al mercado internacional era ya una hazaña que pocos podían soñar con concretar, sobre todo si se trataba de artistas oriundos de regiones alejadas de las grandes metrópolis donde se cocinaban los negocios de la industria. Algunos de ellos optaban entonces por trasladar su residencia a Estados Unidos o Inglaterra, donde las chances de ser visibilizados se incrementaban y, por añadidura, también las aspiraciones de triunfar.

Por la ubicación geográfica de Argentina, años atrás los músicos de nuestro país tenían escasas probabilidades de ganar fama fronteras afuera, mucho menos de cautivar al público anglosajón que ni siquiera quería tomarse la molestia de escuchar temas en otro idioma. De hecho, a Sandro de América se lo llamaba así para realzar su predicamento en el exterior, como una característica sobresaliente que lo diferenciaba del resto de las figuras locales, cuyas carreras podían levantar vuelos de cabotaje, pero que casi nunca se atrevían a probar suerte en el extranjero, por las dificultades que implicaba ese desafío tan poco habitual.

El rock nacional, que incluso dentro del territorio argentino tuvo en sus orígenes una inserción bastante marginal, también se ilusionaba con difundir su propuesta en otras latitudes, más allá de que esa empresa no garantizara los resultados que se esperaban. En los setenta, los forzados exilios de ciertos referentes de ese movimiento despertaron admiración en los lugares donde se afincaron, como por ejemplo España. Pero el estrepitoso fracaso de la grabación en Estados Unidos de un disco de Luis Alberto Spinetta en inglés (“Only Love Can Sustain”), sirvió para demostrar que algunas barreras permanecían infranqueables para los ídolos del rocanrol criollo.

Recién la apertura democrática de los años ochenta, que facilitó el crecimiento de la grey rockera argentina, pudo romper esos impedimentos y depositar a las glorias del género es los principales escenarios de los países limítrofes, iniciando así una onda expansiva que se extendió hacia todo el continente. La excelente acogida que tuvo en su momento Soda Stéreo entre la audiencia estadounidense de origen latino, fue el corolario de un trabajo colectivo que insumió varias décadas y que significó un enorme esfuerzo para varias generaciones hasta consolidar un sonido propio.

Tal vez sea por eso que desde la tribuna rockera se disparan dardos envenenados contra las estrellas de la música urbana de nuestro país que se insertan en la escena global, como por ejemplo Nicki Nicole, María Becerra o Paulo Londra. Se adjudica a operaciones de marketing o presiones de los sellos ese alto perfil que puedan haber adquirido, al mismo tiempo que se lapidan sus cualidades vocales y artísticas en general, en un lenguaje bastante parecido al que allá por los finales de los sesenta empleaban los tangueros para ningunear cualquier valor cultural que pudiese tener el rock, comparado con la prosapia con la que contaba el dos por cuatro.

Las nuevas tecnologías y los canales de difusión que hoy existen, aceleran esos procesos que alguna vez demoraban varios años y que en este presente se verifican en cuestión de segundos. Para el rockero criollo que se sintió orgulloso cuando Pappo Napolitano coronó su extensa trayectoria tocando con B. B. King, no debe ser fácil digerir que con tan sólo 20 años el rapero Trueno haya sido invitado por Damon Albarn a cantar junto a Gorillaz en el Quilmes Rock. “Algo ha cambiado”, decía un tema de Pappo’s Blues, cuya letra se aplica en este caso a pies juntillas.