Un país atado con alambre

La degradación del tejido social solo es apenas morigerada por una escuela que evita que el país se hunda en un espiral de caos y destrucción.

Por Javier Boher
Ninguno de nosotros puede separarse de su historia personal. El recorrido a través del cual llegamos a ser quienes somos es único e irrepetible, a la vez que está lleno de aristas o regularidades que sirven para explicar por qué somos como somos. Ni siquiera en el más salvaje de los universos alternativos que proponen los libertarios puede existir un completo «self made man», alguien que se pueda hacer a sí mismo prescindiendo de los otros.
La crisis del 2001 me agarró con 15 años. Estábamos en el campo, en la primera salida de fin de año como adolescentes, ajenos a los problemas de los adultos. Solo nos acompañaba la radio, por medio de la cual nos enteramos que se venía el estado de sitio y el colapso de nuestras inocentes certezas. Convivíamos con más de 40% de pobreza y casi 20% de desocupación, un deterioro que se podría ver como algo que estaba mal.
En 2002, con 16 años, fui a hacer apoyo escolar en una escuela pública del Argüello periférico. Pese al esfuerzo del Estado que ponía leche, mate cocido y criollos a la mañana, podía ver cómo los chicos se desmayaban por el hambre, mientras en mi casa tenía la suerte de que mis padres nos dieran de comer todos los días, nos dieran abrigo y nos contuvieran emocionalmente. Aprendí que no todos eligen ni tienen la misma suerte.
La crisis me significó sacar a mis hijos de una escuela privada y pasarlos a una pública. Cuando para el primero de mayo fui a ver el acto recordé lo que viví en aquel terrible 2002. Lo que vi entre los alumnos fue el devastador brillo opaco de la pobreza, el de la falta de agua, el de la ropa remendada.
Los chicos se disfrazaron de lo que quieren ser de grandes. Había mozas, choferes de colectivo, albañiles. No había policías, pero por suerte había muchos médicos y maestras, señal de que los chicos todavía se sienten cuidados por los médicos y contenidos por sus docentes, aunque el tiempo termine haciéndolos olvidarse de esos sueños.
Lo que vi en esa escuela de paredes descascaradas no solo fue una pobreza ante la que no se puede ser indiferente pese a que la sociedad parece haberla naturalizado. Lo que vi fue un tejido social que evita que este país se desintegre. La percusión permanente de la nacionalidad construye un colectivo que casi no existe fuera de esas aulas, la sensación de que vamos todos en el mismo barco es mucho más tangible que cuando se pelea el mango en la calle.
El domingo fueron algunas compañeras de mi hija a mi casa. Se hizo de noche y las acercamos a la casa. En una zona en la que en invierno llega a hacer ocho grados bajo cero esta gente vive en una choza de pallets y silo bolsa. Cinco personas en una pieza altamente inflamable de 16m2, con piso de tierra y sin ventanas. Los dos adultos trabajan, pero comprar el lote les cuesta $20.000 por mes. Medio sueldo mínimo se les va en pagar cinco veces más un terreno sin título que alguien usurpó y vendió sin ser dueño.
Mientras tanto, los cínicos de los Hipotecados UVA viven en una casa que se revaloriza en dólares y exigen que esa gente que vive en condiciones inhumanas les subsidie la vivienda con el IVA que paga en los productos básicos de una canasta que subió casi 9% en un mes. Los deudores UVA tienen casa, el que les vendió los lotes tiene un nivel de ingresos ABC1 pero nadie lo persigue porque antes de usurpar los lotes también era pobre, los vecinos hippies que piden preservar el monte los atacan por vivir en un rancho y todos juntos eligen mirar para otro lado, beneficiando a los punteros que se aprovechan de la necesidad ajena.
Esta gente aceptó mudarse a una hora de la ciudad de Córdoba para vivir en esas condiciones porque en el barrio anterior las hijas tenían miedo de salir a la calle. Las balas sonaban toda la noche y los narcos son el único Estado presente. La pobreza y el miedo siguen carcomiendo las bases de la convivencia democrática, con trabajadores que son pobres incluso estando en trabajos formales.
En ese contexto en el que la inercia institucional y la vocación de servicio nos salvan de un conflicto social profundo, los políticos debaten nimiedades.
Seguro, la Boleta Única es importante, pero la inflación y la inseguridad están bastante más arriba. La composición de la Corte Suprema o la reforma de la justicia son temas importantes, pero cuando te mudaste al monte y elegiste bañar a tus hijos en una palangana para tratar de que no los mate una bala perdida terminan siendo bastante secundarios.
Esas situaciones demuestran que la política económica está acabada, pero también despejan todas las dudas sobre la inviabilidad del actual esquema de planes y ayudas sociales. Dos cuadras de cola para cobrar un bono de Anses no van a levantarle paredes de material ni a ponerle agua corriente a ese rancho. Es más, a ninguno.
Los millones de pesos destinados a ayuda social no llegan a los que lo necesitan, a la vez que solo sirven para pagar una militancia rentada que especula con las necesidades genuinas de la gente. Quieren poner impuestos a la renta extraordinaria para redistribuir la riqueza, cuando salud, educación, agua potable, alumbrado público y trabajo digno son las mejores políticas redistributivas en las que puede pensar un Estado.
El país está apenas atado con alambre. Pasaron dos décadas desde que tuve esa fuerte experiencia personal que me puso cara a cara con la pobreza de la gente y no cambió nada, pese a los años de bonanza de commodities por las nubes, los superávits gemelos y la morralla de que te salva el Estado.
Por suerte las ganas de progreso de la gente y la inocencia de los que están en las escuelas todavía nos dan alguna esperanza. Solo resta esperar que los políticos no desperdicien también ese poquito de vida que le queda a esta patria.