¡Al infinito y más allá!

Los acuerdos por paritarias anticipan cuáles son las expectativas inflacionarias en el país, lo que genera una cierta intranquilidad pensando en qué podríamos esperar.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

La frase del título es la frase de cabecera de Buzz Lightyear, uno de los protagonistas de Toy Story, la primera película completamente computarizada lanzada por Disney. El muñeco, antes de darse cuenta de su realidad como juguete, se siente que es un explorador espacial que está luchando mientras viaja por entre las galaxias.

La nota no trata sobre películas, sobre animación ni sobre exploración interestelar, sino sobre un problema bastante más corriente para tanta gente en Argentina, el de la inflación. Pocas cosas deben estar ocupando más la cabeza de la gente que lo que está ocurriendo con los precios de todos y cada uno de los productos que consumen.

Ante esta problemática algunos gremios han demostrado una firme voluntad de negociar paritarias por encima de la inflación. Mientras los sueldos van por escalera mientras los precios van en ascensor (y en algunos rubros los sueldos directamente se quedan cuidando la puerta del edificio) los sindicatos tratan de conseguir acortar esa brecha, que el reflejo del argentino dice que no va a ser en el corto plazo.

Como parte de esa cabeza inflacionaria en la que nos hemos criado todos (ya no queda gente que haya vivido más años sin inflación que con inflación) el intento es conseguir aumentos que no queden tan rezagados una vez que el aumento de precios los sobrepase. Así, cada vez se necesita pedir porcentajes más elevados, lo que empuja todos los costos más hacia arriba, o directamente el reemplazo de esos trabajadores por otros que acepten cobrar menos o en peores condciones (el ejército industrial de reserva del que hablaba Marx).

En los últimos días se han visto algunos cierres de paritarias con números que suenan a una advertencia sobre las expectativas de trabajadores y empleadores, no solo porque los números son altos, sino porque nadie cree que negociar por debajo funcione como freno o ancla de los precios. Todos imaginan que lo que vine por delante es malo, pero malo como para que algo que hoy suena a mucho en realidad se sienta como poco.

Los números vistos son alarmantes.

Los estatales neuquinos, por ejemplo, alcanzaron casi un 90% de aumento interanual, un logro que después hay que ver si se cumple (las provincias patagónicas tienen experiencia en malgastar las regalías del petróleo o el gas).

La Bancaria, por su parte, alcanzó un aumento del 60%, que deja el salario mínimo en más del doble del salario mínimo de un docente sin antigüedad. Mimado por la vicepresidenta, el titular del gremio, Sergio Palazzo, tiene la habilidad de sacar provecho de pertenecer a un sector que gana con todos los gobiernos a costa de los problemas económicos de millones de argentinos.

Los vigiladores privados, por su parte, alcanzaron casi un 86%. Los de la madera, 66%. Molineros, gastronómicos y empleados de comercio, alrededor del 60%. Ninguno quiere ceder nada en la negociación, aunque los afiliados sigan perdiendo frente a las subas de precios. En Córdoba, por ejemplo, el adelanto del aumento pautado para los empleados públicos marca una tendencia que ya se empieza a hacer costumbre.

El gobierno nacional no parece dar en la tecla con la política económica, que sigue afectando los ingresos de los argentinos. Las expectativas que tenían apenas haber anunciado el acuerdo con el FMI ya se están diluyendo, como pasa con todo lo que es devorado por la mala gestión. Con tiroteos internos porque nade sabe quién conduce ni hacia dónde van les pasa al revés que al Rey Midas: cada moneda de oro que consiguen (buenos precios para los commodities, acuerdo con el FMI, actividad económica más o menos en recuperación) termina convirtiéndose en barro una vez que hacen lo que hacen siempre, improvisar.

El infinito no es un buen augurio para la inflación, pero cada vez es más difícil frenar esa ruta ascendente. El contexto internacional, con Estados Unidos subiendo las tasas y aspirando dólares para frenar su inflación, achica el margen de maniobra de un Martín Guzmán al que lo torpedean los que dicen estar bajo la misma bandera política. Ante la falta de herramientas la creatividad y la seriedad serán los únicos recursos para tratar de morigerar lo que algunos pronostican podría llegar a ser una inflación interanual de tres dígitos.

Aunque ni siquiera el mismo gobierno es capaz de definir una serie de políticas públicas para enfrentar una situación delicada, no queda otra posibilidad que consensuar políticas de fondo para limitar la disponibilidad de recursos que tienen todas las dependencias estatales. Se impone la racionalización del gasto para que de una buena vez sea el sector público el que empiece a ajustarse, sacándole de encima a la gente la presión de tener que hacer malabares para llegar a fin de mes.

Esto último es bastante difícil, sabiendo que no son pocos los que no han dejado nunca esa fase trotskista de que “cuanto peor, mejor”. Tirar nafta en la política y en la economía nacionales no nos va a hacer llegar a las estrellas como quería Buzz Lightyear, pero casi con certeza nos va a hacer volar por los aires.