Algunos confunden conducción con gestión

La necesidad de ponerle nombre propio a los actos de gobierno es una patología que los políticos parecen haber copiado de los niños que, aprendiendo a escribir su nombre, lo estampan sobre todo lo que pueden.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

No se trata aquí de exponer un tratado sobre la administración ni de elaborar algún tipo de propuesta de coaching, tan de moda en estos tiempos de salarios exiguos. Solamente será un intento de hacer una crítica sobre algunas cosas que parecen no estar tan claras entre los amantes del partido-estado.

Muchos de nosotros creemos que en Argentina sigue sin estar tan clara la división que debe haber entre el partido de gobierno y el Estado que le sirve de herramienta para apuntalar su gestión. Por alguna herencia de los tiempos del caudillismo o por el típico rasgo paternalista de algunos líderes, resulta complicado hacerle entender a la gente que lo público es de todos a partir de que somos todos los que lo pagamos y los que debemos ver sus beneficios.

Mientras recorría la ciudad no pude evitar ver la fuerte presencia de la comunicación de gobierno de la municipalidad basada en la idea de que alguien encabeza la gestión. Está claro que siempre se trabaja para que la gente entienda quien lidera un proyecto, que es quien espera cosechar los frutos de hacer bien las cosas, lo que no significa que haya que firmar con el propio nombre cada obra o acto.

Ese impulso de poner el nombre sobre todo lo que rodea a una persona es algo que he podido identificar en dos casos puntuales de la vida cotidiana: los niños y los trabajadores de la construcción. Casi como una obligación deben ponerle su nombre a cosas que la mayoría de las veces solo poseen ocasionalmente, marcando un límite frente a otros y definiendo su propia personalidad.

Eso es lo que parecieran querer hacer los políticos que quieren ponerle su nombre a todos los actos públicos, sean 2.500 cuadras de cordones pintados, un festival veraniego, una obra de cloacas o la entrega de una tablet a un centro de jubilados. Todo debe llevar el nombre del interesado, como si tuviese miedo de que la gente se olvide de que fue su gestión la que lo ejecutó.

Esto es una situación extrema de lo que es comunicación de gobierno. Yo ya no soy tan chico, pero la identidad de gestión que recuerdo sobrevive en todos lados. Está en algunos protectores de árboles con el arbolito sonriente que puso Martí, alguna cebrita desmantelada que quedó tirada de la época de Kammerath o el Jerónimo Luis de Cabrera de la época de Juez que vi el otro día pintado en una camioneta que estaba haciendo pintura en la vía pública. Giacomino le puso “gestión” a su marca, pese a que le faltó en cada una de las áreas de política. Mestre volvió al escudo original con alguna vuelta de color: el verde inundó la ciudad, como está pasando con el celeste de Llaryora que va tapando lo de la gestión anterior.

En una nota que Diego Marconetti escribió en La Voz del Interior a fines de 2020 se recorren esos logos, pero lo más importante de la nota es la frase que la abre: “lo importante no es el logo, sino la gestión. Si la gestión es buena, el logo va a ser recordado”. Quien dice la frase es Orestes Lucero, al que algunos recuerdan su paso por la gestión Kammerath y el episodio de las bananas, cuando quiso expresar que “plata-no” había.

Hay otras gestiones, también exitosas, que no necesitan ponerle el nombre del político a todo, como se usa ahora. Tienen una buena comunicación de gobierno que es fácilmente reconocible, sin necesidad de caer en nombres propios. Si hacen el Festival del huevo encurtido en Tero Violado, ahí le ponen “Gestión Fulano”. Ponen un semáforo con pollerita en el centro, “Gestión Mengano”. Llevaron una caja de leche a un merendero, “Gestión Perengano”. Es insostenible.

Eso, volviendo sobre el punto del partido-estado que mencioné más arriba, está íntimamente ligado a una concepción de la política. Si en cada acto del peronismo lo que vemos son banderas con Fulano, Mengano o Perengano Conducción, es absolutamente esperable que eso se repita cuando lleguen al gobierno, sea el nivel de gobierno que sea. Necesitan ponerle nombre propio a algo que muchas veces los excede.

La gestión política de lo público no debe confundirse con la conducción política de un partido. Los intereses en disputa son otros, la multiplicidad de actores es otra y -fundamentalmente- las consecuencias de las decisiones son sufridas por toda la población, no por algunos de los que adhieren a un partido o militan en sus filas.

Una de las cosas que más se confunden los alumnos cuando uno les dice “publicidad de los actos de gobierno” para explicarles que en una república debe haber acceso a la información pública en los temas vinculados al Estado, es que piensan que publicidad de los actos de gobierno es la campaña política con la que se cuenta que una senadora, un diputado o un legislador estuvieron presentes en tal o cual evento. Mezclar campañas o partidos con gestiones solo termina magnificando la importancia de las primeras y arruinando los potenciales logros de las segundas.

Quizás gestionar es conducir u orientar un proceso político, pero no debe confundirse con la acepción peronista del término, en donde dicen referirse al libro del General pero en donde solo están tratando de mostrar cuánta gente mueven para conseguir un ascenso político que les signifique un cargo de mayor visibilidad. Mientras se sigan confundiendo ambas cosas también se seguirán confundiendo el partido con el Estado y a los ciudadanos con los adherentes.