Las honduras de Cristina y las urgencias de Fernández

Cristina repite la misma cantinela de los años ’70 y de la oxidada Teoría de la Dependencia, que tanto daño ha hecho. En las honduras de su pensamiento no hay lugar para la evolución, el progreso o las demostraciones empíricas. Porque si observara lo que ha sucedido en el mundo en las últimas décadas debería concluir, forzosamente, que no hay nada que avale las tesis expuestas en Tegucigalpa.

Por Pablo Esteban Dávila

Cristina lo hizo de nuevo. Lejos del bajo perfil, aprovechó la tribuna que le brindó su visita a Honduras para desgranar sus particularísimas ideas sobre el funcionamiento de los mercados financieros internacionales. Ninguna de ellas, huelga decirlo, ayuda demasiado a los afanes del presidente de la Nación por llegar a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Cuesta creer que la vicepresidenta haya aprendido tan poco desde su irrupción en la escena política nacional allá por 2007. Para ella, los organismos multilaterales de crédito, los fondos de inversión o los grandes bancos internacionales no son otra cosa que usureros a escala global dispuestos a aprovecharse de las desgracias de los más pobres. Además, y como si semejante perversidad no fuera poca cosa, propugnan achicar el Estado y, con tal prédica, debilitar los instrumentos nacionales tendientes a combatir el narcotráfico y otros males debido a que -esto es muy novedoso- “los bancos de las grandes potencias lavan dinero del narcotráfico”, conforme sus propias palabras. El círculo de maldad se cierra al constatar que aquellos “antes financiaban golpes militares y ahora financian golpes judiciales” dirigidos, como no podía ser de otra manera, contra gobiernos nacionales y populares. Y la Argentina, conforme esta visión del propio ombligo – céntrica, es el país siempre seleccionado por tales depredadores para hacerse más ricos de lo que son con la complicidad, por supuesto, de los Macri, los neoliberales y los cipayos de toda la vida.

Es la misma cantinela de los años ’70 y de la oxidada Teoría de la Dependencia, que tanto mal le hizo a América Latina y a nuestro país. En las honduras del pensamiento cristinista no hay lugar para la evolución, para el progreso o para las demostraciones empíricas. Porque si ella observara lo que ha sucedido en el mundo en las últimas décadas debería percatarse, forzosamente, de que no hay ningún hecho que avale sus teorías. Vale la pena detenerse, en este punto, sobre la deuda externa, ese monstruo que nos lleva a pedir siempre la escupidera a los ricos y poderosos del mundo.

La deuda argentina es de U$D 350.604 millones, lo que representa el 102% del PBI. En sí mismo, esto no dice gran cosa. Brasil, por ejemplo, tiene una deuda que representa el 98,94% de su PBI; Italia, el 155,69% y en Canadá, país escrupuloso si los hay, la relación es del 117,46%. Alemania, entre los poderosos, también debe más que su producto bruto interno. ¿Cristina cree que estos países, dejando de lado la Argentina, padecen el yugo de los organismos financieros internacionales a los que gusta denunciar en las tribunas?

Veamos que ocurre en aquellas naciones que, por su debilidad relativa o por su situación social, serían candidatas al vejamen del FMI y de los fondos buitres. Paraguay, por ejemplo, posee una relación deuda – PBI del 25,78%, Uruguay 68,06%; Chile el 32,54% y Bolivia (uno de los integrantes del eje bolivariano) el 31,7%. Esto equivale a decir que no hay relación entre el peso de la deuda con la geopolítica de la dependencia. Los países que deben más son los que más recursos necesitan por las razones que fueran. Lo único que es relevante, en este punto, no es otra cosa que la tasa de interés que los prestamistas exigen a los diferentes deudores alrededor del planeta.

Esta es la gran cuestión: ¿porque cuando Alemania, Italia o Canadá piden préstamos obtienen tasas ridículamente bajas si están más endeudadas que la Argentina en relación con sus PBI? La respuesta es simple: porque los acreedores descuentan que les devolverán sus créditos en las condiciones pactadas y que esta conducta no cambiará aunque gobiernen conservadores, liberales o socialistas. Es lo inverso a lo que ocurre en el país. Ni el FMI ni los fondos de inversión creen que se les devuelva su dinero pacíficamente. Ante esta certeza, el primero reacciona negando nuevos financiamientos; los segundos, sencillamente, ofreciendo plata con intereses siderales.

No hay mayor ciencia que esta. Cristina se queja de ser víctima de quienes les prestaron dinero al país porque sus sucesivos gobiernos no lograron generar una economía competitiva y productiva. Basta observar el constante declive del PBI para entender este concepto. La Argentina no puede pagar lo que debe porque no crece, y no lo hace porque su viabilidad está atenazada por un gasto fiscal que ha parasitado la producción, la libre competencia y la iniciativa privada. Esto no es neoliberalismo, apenas la realidad que, como se sabe, no tiene remedio.

Las teorizaciones vicepresidenciales llegan en un mal momento y contribuyen a la sensación de zozobra que se vive por estas horas. Debido a que los mercados ven cada vez más lejos un entendimiento con el FMI, los dólares alternativos han vuelto a subir con fuerza pese a que -toda una paradoja- las exportaciones han batido un récord en el último mes. A Guzmán le cuesta cerrar nada con el organismo porque, ya se ha repetido muchas veces, no puede comprometerse a un programa de ajuste que garantice el repago de la deuda. La propia Cristina le ha dicho nones a esta posibilidad y Alberto Fernández, el nominal jefe del titular de Economía, es incapaz de desautorizarla.

Es ya inocultable que el combo de ideología kirchnerista y ausencia de poder presidencial ha producido una parálisis que, lejos de ser folclórica, se manifiesta en un acuciante deterioro de las variables de la economía real. Si el gobierno decide cancelar hoy el vencimiento con el Fondo de U$S 731 millones (amortización de raigambre macrista, no renegociada al cierre de esta edición) las reservas del Banco Central estarán en su punto más bajo, dejándolo sin ningún poder de fuego frente a las presiones sobre el dólar. Pero, si no lo hace, entonces la amenaza de un nuevo default hará que la confianza colectiva, la poca que queda, se desplome sin remedio. Lo peor es no hacer nada y esta es, precisamente, la opción que ha elegido el presidente.

Claro que, detrás de la retórica de Cristina y la inacción de Fernández se encuentra mucha gente tratando de que las cosas no se desmadren. Los propios técnicos del FMI se encuentran entre quienes buscan una solución, al igual que Guzmán y su diezmado gabinete. Nadie quiere, a ambos lados de las negociaciones, un default. Los burócratas puede que sean más insensibles que los políticos, pero a ellos les pagan muy bien para que, entre otras cosas, la sangre no llegue al río. Y, por el volumen de su deuda, la Argentina es demasiado importante para dejarla caer solo porque la jefa del Frente de Todos los vitupera cada vez que tiene un micrófono adelante.

Los mismo sucede con el ministro. Su suerte está atada en exclusividad al éxito o al fracaso de sus negociaciones en relación con la deuda y no dudará en seguirlas a menos que se le indique expresamente que deje de hacerlo. Por ahora nadie le ha ordenado tal cosa lo cual, dado el contexto, parece ser lo único auspicioso de este panorama. Por de pronto la novela del FMI continúa y, con ella, el resto de los argentinos como actores de reparto genuinamente aterrorizados.