El Estado de Rubik

Por Javier Boher

El cubo Rubik debe ser uno de los juegos más conocidos del mundo. Todos alguna vez hemos tenido uno en nuestras manos, jugando con mayor o menor destreza a ordenar los colores. Aunque algunos saben acomodar rápidamente cada pieza en su lugar, la mayoría encuentra que esto es de lo más complicado.

Pese a que parece una labor imposible, un juego producto de la caprichosa y retorcida mente de algún sociópata, las pautas para resolverlo son relativamente simples. No se pueden negar ciertos pasos, a la vez que no hay que dejarse engañar por algunas cuantas ilusiones que se nos presentan en el camino. La organización de un Estado eficiente es bastante parecida.

Uno de los primeros aprendizajes que debe hacer un jugador de cubo Rubik es que el centro de cada una de las seis caras del cubo permanece fijo. Por más combinaciones que pueda hacer un jugador desesperado, esas seis piezas van a permanecer inmóviles. Podemos decir que eso hace a las capacidades fundamentales del Estado.

No importa si alguien quiere poner en el centro la idea de que el rol fundamental del Estado es fabricar fósforos o broches para la ropa. Su principal tarea es organizar la vida política de la sociedad, garantizar el orden y asegurar el respeto y cumplimiento de las normas. Si no quiere hacer algo de eso, negando la centralidad que tienen por sobre las políticas de género o los observatorios de medios, algún otro actor va a ocupar ese espacio, por ejemplo los narcos en las villas organizando el orden.

Hay otros dos tipos de piezas en el armado de un cubo, las esquinas y las aristas. Las esquinas, o vértices, también deben ponerse de determinada manera. Es que cuando coinciden en una de las caras, sus otras dos caras deben coincidir con otras. Esto se puede asemejar, de alguna manera, al funcionamiento de ciertos principios económicos.

No importa si se quiere defender los cierres de exportaciones con pretextos de contención de los precios internos. A la corta o a la larga, terminará teniendo el efecto contrario. Es que, de la mano de pensar solamente en armar una cara, los desprevenidos jugadores pueden caer en la ilusión de volverse fundamentalistas de esa cara. No aceptan mover ciertas piezas para no desarmar eso que creen que anda, aunque eso les impida armar el resto del cubo.

Los buenos jugadores de Estado de Rubik entienden eso y saben que, sin importar lo que hagan, una medida de ese estilo hará que sea imposible armar un Estado plenamente funcional. Por ello vuelven sobre sus pasos y modifican el rumbo, sabiendo que -incluso cuando provisoriamente una cara parezca un desastre- en el largo plazo las piezas se acomodan y el cubo alcanza su mejor forma.

Las aristas tienen solo dos caras, que pueden confundir al parecer menos complejas. Sin embargo, son claves para resolver el cubo. Una vez que se empezó a desentrañar el cubo y se ubicaron algunos colores, se restringe la posibilidad de ubicarlas (aunque siempre pueden ir en una única posición que va a ir determinada por las otras). Un error en una de estas aristas hará encadenar otros errores que tornarán imposible la resolución del problema.

Argentina sabe perfectamente bien cuál es el camino para desentrañar el enchastre de colores que ha hecho en su cubo Rubik. Negando ciertos principios básicos de política y economía, generó otro tipo de problemas en dimensiones más complejas, como la convivencia dentro de la sociedad civil, la soberanía en algunos territorios o las cuestiones de seguridad transfronteriza. No hacer ciertos movimientos inevitablemente empieza a traer problemas en otros aspectos.

La -aparente- imposibilidad de cerrar un acuerdo con el FMI tiene que ver con múltiples factores que no se pueden achacar solamente al que antes tuvo el cubo en sus manos. La intervención caprichosa en la economía, la elevada emisión para financiar el déficit, la inmadurez para afrontar el ajuste o las deudas contraídas o los permanentes cambios de reglas tienen que ver con la obstinación por negar las pautas básicas de organización política de la economía.

La ilusión de un Estado todopoderoso frente a un mercado que debería ser dependiente, la creencia en la posibilidad de aumento infinito de los impuestos, la percepción de que el consumo es una inmoralidad capitalista que no se contradice con políticas para incentivar el consumo, todo se encadena para un juego que aumenta la frustración porque se ve cada vez más lejos la posibilidad de resolver el acertijo.

No se pueden despegar los colores de alguna pieza para ponerlos en otro lado. Tampoco se puede argumentar que uno percibe que un color es otro, y ni hablar de justificar que las caras queden desparejas porque abrazamos la diversidad y la heterogeneidad organizativa.

Para que el cubo se resuelva no se pueden inventar nuevas funciones de las piezas, ni nuevos movimientos ni nuevas reglas sobre cuándo se considera que alguien ganó. Los Estados que funcionan son los que entienden esto y tratan de que su cubo quede parejo. De no ser así, sin importar lo que digan los que desde algunos medios obran como voceros del oficialismo, ese cubo no será “heterodoxo”, sino que reflejará, sin mayor margen de dudas, que el jugador no logró un triunfo.