Una paloma en Cosquín

Por Pablo Esteban Dávila

Horacio Rodríguez Larreta inaugura en Córdoba las que, se imagina, serán una serie de visitas a diferentes provincias a lo largo del año. Ya en modo de precandidato, se reunirá con la dirigencia local del PRO el sábado por la mañana para, en horas de la tarde – noche, pasearse por la plaza Próspero Molina en el marco del Festival Nacional del Folclore. Allí podrá comprobar, en vivo y en directo, su nivel de aceptación entre un público que no se caracteriza, precisamente, por sus contemplaciones hacia los políticos festivaleros.

Córdoba no es, precisamente, un distrito incómodo para el porteño. La provincia milita activamente en el antikirchnerismo y parte del éxito de cualquier referente, sea local o de otras jurisdicciones, supone mostrarse como más contrario al gobierno nacional de lo que podrían hacerlo sus eventuales competidores. Rodríguez Larreta no tendrá problemas con eso, al menos en lo que respecta a los cordobeses de a pie.

Es un hecho que, en los últimos tiempos, el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires ha comenzado a marcar la cancha en lo que a su relación con la Casa Rosada atañe. Su reciente descalificación al apoyo que Alberto Fernández ha manifestado a una manifestación organizada por Luis D’Elía contra la Corte Suprema es una muestra de la deliberada distancia que busca poner con el primer mandatario. Sucede que, a medida que el gobierno profundiza su deterioro, cualquier gesto de colaboración para con Alberto Fernández podría ser tomado de mala manera por el electorado que acompañó masivamente a Juntos por el Cambio en las recientes elecciones.

Las últimas encuestas parecen confirmar que la radicalización funciona. La imagen de Mauricio Macri ha crecido un tanto (aunque desde pisos muy bajos) y la de Patricia Bullrich se ha consolidado. Ambos cultivan un marcado perfil opositor e invariablemente crítico hacia el oficialismo nacional, un talante que los mantiene al máximo de la visibilidad pública. Otros referentes ajenos a este espacio, tales como Javier Milei o José Luis Espert, también han visto mejorar su popularidad gracias a su gen virulentamente antikirchnerista. Rodríguez Larreta supo tomar nota de este fenómeno, especialmente luego de que María Eugenia Vidal, su candidata “anti-grieta” en la ciudad, no satisficiera totalmente las expectativas electorales que se habían depositado en ella.

Sin embargo y amén de esta mutación, la dirigencia cordobesa del PRO todavía lo considera una paloma. Sucede que aquí aun talla fuerte el expresidente, aunque este no haya podido imponer en las PASO de septiembre pasado a la dupla Mario Negri – Gustavo Santos frente al binomio Luis Juez – Rodrigo de Loredo. Es muy posible que el éxito de estos últimos se haya debido a que supieron mostrarse como más ultraístas que sus adversarios, desdibujando el apoyo manifestado hacia aquellos por Macri y por su deliberada imagen de dureza. Este es un antecedente que no dice otra cosa que, para triunfar en la provincia, es necesario exagerar el linaje opositor, una condición que se extrapola hacia todo aquel que provenga extramuros.

Ahora bien, los amarillos intuyen que, por más afecto que pudieren profesarle al fundador del PRO, sus chances de regresar a la presidencia de la Nación lucen complicadas, especialmente cuando se ponderan las que favorecen a Rodríguez Larreta a la luz de cualquier encuesta de intención de voto. Esto podría explicar la aparente contradicción de que haya sido el propio Santos (un incondicional del expresidente) el organizador de la gira larretista.

También es cierto que el jefe de gobierno aun no tiene un referente claro en Córdoba. Esta carencia puede obedecer a dos factores: el primero, la novedad de sus primeros pasos como precandidato; el segundo, la dispersión que vive el PRO por estas latitudes, una característica que los asemeja cada día más a sus socios del radicalismo. Este último asunto, como puede advertirse, es especialmente crítico, dado que Rodríguez Larreta podría quedar pegado a una facción, no necesariamente la mayoritaria, dentro del partido por el mero hecho de apurarse en armar su propia red de respaldos. Lo mismo podría decirse si, con alguna lógica, terminara decantándose por requerir el apoyo de Juez, auténtico abrazo del oso en lo que a alianzas respecta.

Además, el hecho de que Santos se encuentre detrás del armado de su gira coscoína puede que sea una señal de que las diferencias entre el visitante y Mauricio Macri no sean tan profundas que impidan una colaboración táctica entre sus referentes territoriales. Desde esta perspectiva, ni Rodríguez Larreta vendría en son de desafío ni el expresidente tomaría como una afrenta su paseo por la provincia. Puede que exista una suerte de hermanamiento ante una serie de previsibles dificultades que cualquiera de ellos enfrentaría en la marcha hacia una eventual candidatura.

Piénsese, solamente, que el radicalismo también querrá dar batalla en una primaria y que Milei no tardará en anotarse para participar en las presidenciales. La oposición en su conjunto ya paladea la derrota del Frente de Todos que, supone, le inferirá en 2023, pero ninguno de sus dirigentes se atreve a afirmar que ya es el primus inter pares a la hora de asumir la responsabilidad de la victoria. Si entre Rodríguez Larreta y Macri -sin descartar que también Bullrich tercie en el asunto- surgen desavenencias insuperables a estas alturas de la cuestión, es lógico suponer que sus mutuas posibilidades sufrirán de erosiones prematuras. ¿Por qué, entonces, adelantar un escenario de confrontación cuando, en rigor, todavía sus bases no exigen definiciones taxativas?

Esto explica porqué una paloma pueda pasearse por Cosquín de la mano de halcones autopercibidos y cuáles son las motivaciones tácticas para hacerlo con tanta convicción. Para el porteño es una oportunidad de recibir un baño de multitudes en un lugar emblemático y, para sus anfitriones, un atractivo plan B por las dudas Macri no logre hacer pie en la carrera presidencial que se avecina o, más terapéuticamente, que haya que darle la espalda si no llegase a medir razonablemente en las encuestas. Por ahora es un juego de ganar – ganar para todas las partes, en donde es mejor mostrarse unidos mientras, puertas adentro, continúen velándose las armas que afila la desconfianza.