La caducidad preanunciada

El mes pasado, cuando todavía resonaba el eco de los homenajes que se habían realizado a propósito del primer aniversario del fallecimiento de Diego Armando Maradona, fue subido a las redes el video de la versión en la que L-Gante canta junto a Rodrigo “La mano de dios”.

Por J.C. Maraddón

Desde que la industria del entretenimiento se hizo cargo de la producción y distribución de la música, los mecanismos a través de los cuales un artista se vuelve exitoso han ido acelerando su dinámica, sobre todo luego de que los medios masivos de comunicación tomaran cartas en el asunto. Eso que antes llevaba años de esfuerzo y obligaba a un músico a trajinar los escenarios hasta hacerse de un nombre reconocido, fue tornándose cada vez más veloz, gracias a las estrategias de marketing que suelen acompañar estos procesos y también debido a los intereses económicos que giran en torno al desempeño de estos astros.

El pop, que debe ser considerado más como un concepto cultural que como un estilo sonoro, marcó un camino en aquello de instalar ídolos de la canción. De la noche a la mañana, sus protegidos pasaban de ser completos desconocidos a integrar la elite de las celebridades, una comunidad que por otra parte está en busca de una permanente renovación. A la sombra de estas pautas para la consagración inmediata, otros géneros copiaron el modelo y fue así como se expandió la tendencia que hoy no discrimina qué tipo de música se oye sino cuánta gente la considera su favorita.

El problema es que con esa misma prontitud con que algunos anónimos principiantes son aclamados como los nuevos reyes de la taquilla, después pueden ser descartados y reemplazados por otros, en tanto por el motivo que sea no estén en condiciones de seguir garantizando que sus temas se sostengan al tope de las preferencias. Si hacemos memoria, descubriremos en el recuerdo numerosos hits cuyos intérpretes hemos olvidado, a pesar de que en su momento tuvieron una rotación abrumadora en las radios, fueron tapas de revistas y habitaron con asiduidad la pantalla de la televisión.

A veces, ni siquiera es una cuestión de edad ni de breve o extensa trayectoria. Músicos adolescentes son elevados a la categoría de suceso, al igual que otros cuya carrera lleva ya varios años de iniciada, pero que no habían acertado con lo que los productores estaban buscando, hasta que esa sintonía finalmente ocurre. Algo así sucedió, por ejemplo, con Rodrigo Bueno, que luego de un periplo por diversos ritmos y propuestas, se ganó un lugar en el circuito de la bailanta porteña y de allí, en un corto lapso, salió disparado hacia una posición de privilegio en la escena nacional.

Apenas dos meses de edad tenía L-Gante cuando se produjo el accidente automovilístico que provocó la muerte de Rodrigo y que lo transformó en un mito. Y si bien todavía resulta apresurado comparar al cantante de música urbana con el cuartetero que hizo corear el “Soy cordobés” a todo el país, el vertiginoso ascenso de L-Gante al selecto club de los famosos bien puede tener como antecedente aquellos meses cuando Rodrigo era una presencia habitual en los programas de TV, porque su carisma a toda prueba era un imán para los televidentes y pagaba con puntos de rating la difusión que le estaban dando.

El mes pasado, cuando todavía resonaba el eco de los homenajes que se habían realizado a propósito del primer aniversario del fallecimiento de Diego Armando Maradona, fue subido a las redes el video de la versión en la que L-Gante canta junto a Rodrigo “La mano de dios”, la canción del año 2000 dedicada al crack futbolístico que por entonces estaba residiendo en Cuba. Como acción de posicionamiento, esa movida fue trascendente porque sitúa a L-Gante a la par de dos personajes legendarios. Tal vez, el propósito sea vencer esa caducidad preanunciada que suele perseguir a las estrellas fugaces.