La tradición cancionera

No es casual que el cantautor salteño Daniel Toro cite la influencia de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera en su posterior trabajo compositivo, cuando en el documental “El nombrador” lo consultan acerca de su humilde formación musical al momento de iniciar su carrera como folklorista.

Por J.C. Maraddón

A través de los géneros y de las modas, las canciones han persistido en la memoria popular y, con su formato simple y conmovedor, han llegado al corazón de la gente, que las asocia a determinado momento de su vida y luego las lleva consigo como si estuvieran adheridas a su piel. No existen demasiadas explicaciones racionales que ayuden a entender por qué nos aferramos a esas melodías y esos versos, hasta aprenderlos de memoria y corearlos cada vez que alguien vuelve a interpretarlos, por más que se trate de un tema cuyo intérprete ni siquiera es de nuestro agrado.

A partir del comienzo de las grabaciones fonográficas, esa música que se memorizaba luego de alguien la tocara en vivo, pudo empezar a ser reproducida mediante los discos. Y esa tecnología llegó muy poco antes de que se iniciaran las transmisiones radiofónicas, que en su evolución se encargaron de difundir esos registros, para que el público se familiarizara cada vez más con ellos. Esta conjunción fue la que preparó el terreno para que a partir de mediados del siglo veinte se expandiera el reinado de la música pop, montada sobre esas canciones que tenían una llegada casi mágica sobre las audiencias.

Tan temprano como en la década del treinta, Carlos Gardel encontró en Alfredo Le Pera el compinche ideal para componer las piezas de lo que se iba a denominar el “tango canción”, una variante de la música ciudadana que no era específicamente confeccionada para que se la bailara, como había sido habitual hasta entonces. “Mi Buenos Aires querido”, “Sus ojos se cerraron”, “El día que me quieras” o “Por una cabeza” son algunos de los grandes éxitos nacidos del talento de esa dupla que iba a encontrar un abrupto final en el accidente aéreo que en 1935 acabó con la vida de ambos en el aeropuerto de Medellín.

No es casual que el cantautor salteño Daniel Toro cite la influencia de Gardel y Le Pera en su posterior trabajo compositivo, cuando en el documental “El nombrador” lo consultan acerca de su humilde formación musical al momento de iniciar su carrera como folklorista. Esa película dirigida por Silvia Majul, fue estrenada en mayo del año pasado y se encuentra dentro del catálogo de la plataforma Cont.ar, a partir de su inclusión como parte de la muestra competitiva del festival Escenario, que se desarrolló el mes pasado de manera presencial y virtual.

En su tarea creativa conjunta con grandes nombres como los de Ariel Petrocelli, Julio Fontana o Néstor César Miguens, Daniel Toro desplegó desde los años sesenta una labor no siempre bien reconocida en favor de que se abriera un espacio para la “canción folklórica”, por fuera de los estilos regionales que marcaba la tradición. Joyas del cancionero nacional como “Zamba para olvidarte”, “Cuando tenga la tierra” o “El antigal”, tomaron forma en su voz, que muy pronto cobró notoriedad en un momento álgido para el género nativo. La censura dictatorial, sumada a una enfermedad que afectó sus cuerdas vocales, lo obligaron a bajar su perfil cuando todavía tenía mucho para dar.

“El nombrador” nos instruye acerca del camino recorrido por este trovador, que se anticipó en varias décadas al derrotero que iba a seguir nuestro folklore, algo que se patentiza en el testimonio que Abel Pintos brinda en este documental. Y también se vislumbra allí el predicamento que ha tenido entre los rockeros, cuando se lo ve a Miguel Abuelo cantando “El antigal” y a Ricardo Mollo interpretando “Cuando tenga la tierra”. Un eslabón perdido que une antiguas y nuevas canciones a lo largo de esa trayectoria que el filme nos invita a repasar.