El desconcierto geopolítico del gobierno de Fernández

El principal interesado en salvar la actual situación económica parece completamente alienado. De otra forma no se explica el viaje presidencial a Rusia la próxima semana. ¿A que va Fernández a Moscú? ¿No debería insistir con Washington, Londres, Berlín o -algo más próximo a sus afectos- con París? Son los Estados Unidos y Europa occidental los que tiene el poder dentro del Fondo Monetario. La Federación Rusa no corta ni pincha.

Por Pablo Esteban Dávila

El presidente necesita cerrar con el FMI. Él lo sabe, su ministro Martín Guzmán lo sabe. La oposición lo sabe. Todos lo saben. El país requiere de esa renegociación para no caer en un nuevo default de impredecibles consecuencias. Y, sin embargo, Alberto Fernández hace todo lo contrario a lo que le dictan sus propios intereses. Es como si un conductor a usted le dijese: “necesito ir a Carlos Paz” y, acto seguido, enfila por la Ruta 19 hacia San Francisco. Ante la pregunta de rigor de porque va en sentido contrario y como toda justificación, argumenta que la culpa la tiene Mauricio Macri.

Esto no es una exageración. La Argentina no se encuentra en condiciones de cumplir con los vencimiento de deuda con el organismo. Las reservas del Banco Central no alcanzan y, gracias a los efectos del cepo cambiario, las divisas ingresan a cuentagotas proporcionadas, casi en exclusiva, por las exportaciones que genera el sector agropecuario que es, por lejos, el más castigado por la política económica que lleva adelante el Frente de Todos. Así de incompresibles son las cosas en el gobierno.

Guzmán hace lo que puede, pero sus limitaciones son evidentes. Se reúne con la cúpula del organismo toda vez que puede y, de vez en cuando, con algunos funcionarios de la administración Biden. En todas partes recibe la misma respuesta: tenemos la mejor predisposición para ayudar a la Argentina, pero deben presentar un plan económico. En buen castizo, quieren saber como hará el país para pagar lo que debe. No es difícil de entenderlo y, visto desde la perspectiva del acreedor, algo perfectamente natural.

Sin embargo, ni el ministro ni el presidente están en condiciones de formular nada parecido a un plan. La explicación también es, en este punto, muy simple: verbalizarlo equivaldría a blanquear un ajuste de grandes proporciones. Cristina Fernández no lo convalidaría, como así tampoco contarían con la colaboración de La Cámpora, cuyos funcionarios tienen una agenda propia e independiente de Alberto dentro del gobierno que él nominalmente comanda. Dentro del oficialismo se intuye, con diferentes grados de certeza, que así como van las cosas el país se encamina a un rumbo de colisión, pero ninguno de sus referentes se atreve a sugerir un cambio de timón para alejarse del desastre.

Para colmo, el principal interesado en salvar la situación parece completamente alienado. De otra forma no se explica el viaje presidencial a Rusia la próxima semana. ¿A que va Fernández a Moscú? ¿No debería insistir con Washington, Londres, Berlín o -algo más próximo a sus afectos- con París? Son los Estados Unidos y Europa occidental los que tienen el poder dentro del Fondo Monetario. La Federación Rusa no corta ni pincha.

Ni siquiera existe un interés bilateral que justifique algo así como un viaje de Estado. Fernández ya le agradeció a Putin por las vacunas en junio pasado (“en los momentos difíciles ven los amigos” -le dijo en junio pasado, antes de que el segundo componente de la Sputnik llegara mal y tarde) y, que se sepa, no hubo ningún otro asunto en común que haya merecido conversaciones desde entonces. El ruso, por su parte, se encuentra en medio de una crisis con Ucrania que tiene en vilo a Europa y también a los EE. UU., un factor que, seguramente, no colaborará a una recepción triunfal para su par argentino. Cualquier observador podría convenir que no es el mejor momento para el cónclave.

Y, sin embargo, allá va Fernández, en una gira que, posteriormente, lo llevará a China con la excusa de participar en la inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno, un evento vetado tanto por los Estados Unidos como por la Unión Europea. Posteriormente se entrevistará con el presidente Xi Jinping, sin saber exactamente qué temas abordará para exorcizar las graves amenazas que se ciernen sobre el país.

Históricamente, los mandatarios argentinos que han visitado Beijing lo hicieron para fortalecer las relaciones comerciales. El gigante asiático es un comprador neto de exportaciones agropecuarias, una característica especialmente interesante para Buenos Aires. Pero he aquí que el actual gobierno criollo ha hecho todo lo posible para prohibir las exportaciones de carne, un artículo especialmente apetecible dentro de la creciente clase media china. Es posible inferir un diálogo que, al respecto, podría mantener el anfitrión y Fernández:

  • Fernández: “queremos incrementar el comercio bilateral entre nuestros países”.

  • Xi Jinping: “¡Perfecto! Queremos comprarles más carne vacuna”.

  • Fernández: “No podemos. Debemos cuidar la mesa de los argentinos”.

  • Xi Jinping: “Entiendo…” (para sus adentros: “¿a qué vino este hombre?”).

Mientras se pierde el tiempo de esta manera, el reloj sigue corriendo. Con relación a la deuda externa, China no se comprometerá a otra cosa que a brindar palmadas en la espalda cada vez que se lo soliciten y a mantener un swap con el Banco Central que, lejos de cualquier obsequio, se encuentra remunerado y debe ser mantenido intangible. Nada de usárselo a modo de pagadiós. Ningún dólar financiero vendrá de Beijing, así como tampoco de Rusia. Al regreso a la patria, Fernández deberá seguir rascando la olla y emitiendo a tontas y a locas para financiar un gasto público que tampoco es sustentable.

Es obvio que, cercado como se encuentra por sus propios aliados, el presidente debe mostrarse activo en los únicos lugares en donde no es víctima del patrullaje ideológico del Frente de Todos. Para Cristina y sus jóvenes viejos, Rusia y China son potencias comunistas, como si la guerra fría no hubiera terminado en 1989 y como si sus líderes todavía creyesen en la economía centralmente planificada o en la revolución del proletariado. A tal punto llega la ramplonería geopolítica del kirchnerismo que se sigue insistiendo en estos callejones sin salida, distrayendo esfuerzos de los que deberían ser los auténticos objetivos de la hora, mal que les pese a quienes continúan insistiendo en fantasmales epopeyas nacionales y populares.