Fútbol para todos, volumen 2

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Es sabido que los argumentos económicos del gobierno se van debilitando. Por supuesto que eso es un problema en un país normal, no en un caso digno de estudio como es el de Argentina. Aquí parece que gobernar no tiene nada que ver con mantener cuentas ordenadas y horizontes económicos claros.

Nadie sabe muy bien cuáles son efectivamente las tareas del equipo que encabeza el ministro Guzmán, abocado casi enteramente a la negociación con el FMI. Las otras carteras que deberían articular con economía se la pasan anunciando medidas o diseñando programas que conspiran contra las metas que dice tener Guzmán, a la vez que refuerzan la idea del “vivir con lo nuestro” que tan poco resultado le ha dado al país a lo largo de su historia.

En medio de un panorama complicado, habiendo perdido las elecciones de medio término, y con los tubos de gas en reserva para encarar los dos años que quedan, el gobierno volvió a reflotar su caballito de batalla, el que tanto resultado le dio en su momento. ¿Qué mejor circo para esta ciudadanía que un buen torneo de fútbol?.

El senador Oscar Parrilli presentó un proyecto de ley para reestablecer el programa insignia del segundo Cristinato, aquel por el cual l televisión del fin de semana se llenaba de partidos de fútbol comentados por soporíferos periodistas con algo de olor a naftalina, nostálgicos de la Spica que prefieren hablar de balompié, wingers o el esférico de cuero para hacerse los poetas.

Hombres de chombas apretadas con sacos en trama pata de gallo bordó, azul marino y marrón claro, dispuestos a elogiar a figuras futbolísticas del pasado más por su compromiso político que por su nivel deportivo. Hombres grises que prefieren hablar del Dínamo de Zagreb, de los talentos robados a los clubes de la ex RDA cuando la unificación alemana o de las aventuras de Diego Maradona visitando a algún dictador popular de turno en lugar de concentrarse en los desprolijos manejos de los sindicalistas-dirigentes, los cheques rebotados cuando algún actual ministro era dirigente de fútbol o la migración permanente de talentos por cuestiones ajenas al fútbol.

El Fútbol para Todos fue lo que todos sabían que era y sólo podrá volver para ser lo que todos saben que el kirchnerismo quiere que sea. Así como en “Un mundo feliz” los personajes consumen “Soma” para evadirse de su existencia gris y depresiva, en un kirchnerismo en el que falta pan lo mejor es reemplazarlo por esa droga que es el fútbol, una pasión que hace que la gente se olvide de buena parte de sus penurias durante 90 minutos.

Hace apenas unos días la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia había instado a Disney y Fox a deshacer su fusión, obligando a transmitir los partidos de River y Boca sin cargo a lo largo del año, sumándole los partidos de la Champions League. Todo esto se fundamentó en la posición dominante que quedaría de concretarse dicha unión entre señales. ¡Qué casualidad que justo se acuerdan de la competencia en un campo que no le cambia la vida a nadie más que al gobierno!.

A partir de allí se abrió la puerta para este proyecto de reedición del Fútbol para Todos. Cuando uno cree que ya no se puede seguir raspando la olla, algo más le sigue quedando pegado al fondo. Es el último envión que le queda a un gobierno que hizo y deshizo todo lo que pudo en su alianza con una AFA que tiene los mismos vicios que la política argentina en su conjunto.

No parece importar el déficit en un país en el que creen que imprimiendo billetes pueden resolver todos los problemas de falta de plata. Es sólo garantizar la existencia de alguna distracción que permita llegar más o menos bien parados a 2023. Duele pensar que otra vez habrá que escuchar esas expresiones como “nos secuestraron los goles”, sobreactuada sensibilidad en un fútbol que hace décadas está manchado por la política.

No hace falta volver a repetir lo mismo de siempre respecto a la desigualdad con otros deportes, pero nunca está de más refrescar algunas historias, para evitar que caigan en el olvido.

2020 fue el año de la pandemia, esa carta blanca con la que el gobierno creyó que podía hacer y deshacer lo que quisiera respecto a la vida de los argentinos. Se aplazaron los Juegos Olímpicos de Tokio hasta el año siguiente, pero eso no significaba que los atletas tuvieran que dejar de entrenar.

En 2020 vimos a un remero al que se le inició una causa judicial por salir a remar a lo largo del río, lejos de la gente, en total soledad. Vimos a una nadadora entrenarse en una pequeña pileta doméstica, más apropiada para refrescarse en el verano que para entrenarse para el alto rendimiento. También vimos a jugadores de distintas disciplinas entrenarse en sus casas, como Paula Pareto o Los Pumas. Ni hablar cuando en mayo del año pasado el influncer Santi Maratea organizó una campaña ara recaudar fondos que el ENARD no quería poner para que algunos atletas viajen al sudamericano de atletismo.

Todo eso hace al deporte nacional, no sólo el fútbol. Eso sí, en estos lares el único que nacotiza y ayuda a ganar elecciones es el deporte del balompié, siempre listo para engañar a los que romantizan un negocio que sigue siendo tan redondo como “la caprichosa”.