Caso Volnovich, un nuevo episodio de un presidente sin poder

Pese a explícitas instrucciones presidenciales, la titular del PAMI partió hacia el caribe mexicano con su pareja Martín Rodríguez, el segundo en el organismo que ella misma conduce. Es imposible no suponerla, con cierta maldad, bronceándose en playas paradisiacas mientras el presidente intenta construir castillos de arena con las imaginarias prerrogativas de su investidura.

Por Pablo Esteban Dávila

Para un sistema político como el argentino, el presidente es la cúspide del poder. Encarna la autoridad del gobierno y del Estado y es el jefe de la administración pública. Y, aunque la Constitución Nacional prescribe un sistema federal con las correspondientes autonomías de sus integrantes, el primer mandatario logra, cuando lo desea, inmiscuirse exitosamente en las cuestiones internas de las provincias. Ni siquiera el presidente de los Estados Unidos de América goza de esta atribución de facto.

Toda este formidable andamiaje conceptual, sin embargo, mueve a una sonrisa sardónica cuando el presidente en cuestión es Alberto Fernández. Si en algo coinciden oficialistas y opositores es que el hombre no tiene ningún poder. Su autoridad viene cuesta abajo desde mediados de 2020 y todo hace suponer que este declive no se detendrá sino hasta el final de su mandato.

Sobran ejemplos de este fenómeno y, en rigor, poco añadirían al análisis enumerarlos prolijamente. Para ser justos, debe decirse que, desde el comienzo mismo de su candidatura, hubo que ser extremadamente voluntarista para pensar que las cosas discurrirían de un modo diferente a como se vienen sucediendo. Es una regla de oro asumir que el poder no se comparte (mucho menos si es con Cristina Fernández) y que tampoco se delega. Nunca hubo ninguna posibilidad realista de alterar esta ley de la física política, aunque millones de argentinos hayan pretendido creer otra cosa en las elecciones generales de 2019.

Lo sucedido con el affaire Luana Volnovich agrega otro capítulo a la ópera bufa en que se ha convertido el ejercicio de la autoridad presidencial. Los hechos son simples: Fernández solicitó a sus funcionarios que veraneasen en el país, adelantándoles que él mismo no se tomaría vacaciones. Pese a ello, la titular del PAMI partió para la exclusiva isla de Holborn (en el caribe mexicano) con su pareja Martín Rodríguez quien, a su turno, funge como su segundo en el organismo. Es imposible no suponerla, con cierta maldad, bronceándose en playas paradisiacas mientras el presidente intenta construir castillos de arena con las imaginarias prerrogativas de su investidura.

No obstante, y pese a este abierto desafío a explícitas instrucciones, ni la señora Volnovich ni el señor Rodríguez sufrirán consecuencia alguna y mantendrán sus cargos. Si bien se dio por hecho que este último sería desafectado de sus funciones a modo de represalia contra la desobediencia de su jefa, al final tampoco habrá que lamentar su partida. El amor de ambos goza de buena salud y, lo que no deja de ser importante, conserva una adecuada fuente de financiamiento gubernamental para seguir prosperando.

Las razones de esta impunidad son harto conocidas: Fernández no puede echar a nadie que haya sido designado por la Cámpora. Máximo Kirchner tiene más poder que el propio presidente sobre los funcionarios de su administración. Es un hecho que Volnovich reconoce como su verdadero jefe al hijo de la vicepresidenta y no al titular de la Casa Rosada. Como ella, hay cientos de cuadros políticos ocupando diferentes posiciones, para quienes el presidente no es otra cosa que un molesto decorado al que tienen que rendirle un nominal acatamiento.

Obviamente que no es la primera vez que sucede algo parecido. En abril pasado Martín Guzmán le pidió al presidente la cabeza de su subsecretario de energía debido a que este no se alineaba a la política de sinceramiento de las tarifas energéticas que impulsaba el titular de Hacienda. Si bien Fernández lo instruyó a que lo despidiese sin más trámite, Federico Basualdo reclamó por tal insolencia al diputado Kirchner quien, sin mayores miramiento, le informó al primer mandatario que ni se le ocurriese tocar al funcionario. El asunto fue saldado dejando todo como estaba, excepto la autoridad de quien, se supone, es el ancho de espadas en materia del poder.

Los episodios de Basualdo y Volnovich (con el apéndice de Rodríguez) son, apenas, la punta del iceberg de una administración loteada entre los diferentes sectores que componen el Frente de Todos. Fernández ni siquiera llega a ser un coordinador de los funcionarios que él mismo hubo de designar por exigencias de la Constitución. Se comenta en sordina que, si por él fuese, ya hubiera puesto patitas en la calle a una cantidad importante de subordinados pero que ya ni siquiera lo intenta. Su autoridad se ha diluido a un extremo que hasta a Fernando de la Rúa le hubiera causado asombro.

Los desórdenes dentro de su administración generan un importante desgaste espiritual y organizativo, pero no son otra cosa que un correlato de una desorganización mayor en materia de diseño del poder oficialista. Así como Volnovich desafía exitosamente directivas de su jefe, otros dirigentes operan como quintacolumnistas de las escasísimas políticas que el presidente pretende llevar adelante. Una de ellas es la negociación con el FMI que, con las pruebas a la vista, tiene más detractores intramuros que fuera de palacio. En otras esferas, tales como las relaciones internacionales, las contradicciones son tan bizarras, tan groseras, que han clausurado en los hechos cualquier tipo de identidad en la materia. Basta considerar lo sucedido con el embajador Daniel Capitanich en Nicaragua -quien no solo avaló al dictador Daniel Ortega sino que compartió la ceremonia de reasunción con Mohsen Rezai, uno de los iraníes acusados de la voladura de la AMIA- para comprobar que la nave del Estado se encuentra, literalmente, al garete.