Que la escuela aprenda de sus errores

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Apenas va arrancando el año y ya hay que empezar a pensar en las clases. No importa que los niños estén disfrutando de sus vacaciones y correr libres de timbres, formaciones y canciones patrias. Marzo está a la vuelta de la esquina.

2020 y 2021 fueron dos años malos para la educación. Los prolongados cierres de escuelas en Argentina -de los más largos del mundo- fueron minimizados por los fanáticos de la cuarentena, casualmente muchos de los que ponían en sus fotos de perfil en redes sociales la inscripción “Yo defiendo la educación pública”.

La educación en el país perdió la importancia de antaño. Aunque a todos les gusta expresarse a favor de ella, el hecho de tener que justificar la apertura de escuelas por sobre su cierre demuestra que la batalla la ganaron los que apenas la usan como consigna. Las únicas escuelas que enseñan son las que abren para recibir alumnos.

Si bien muchos docentes le pusieron el cuerpo a sostener la virtualidad de la mejor manera, una buena parte aprovechó para relajarse en su tarea. Los sindicatos -la mayoría de ellos enrolados en el oficialismo- acataron la orden corporativa de magnificar los riesgos de aprender las tablas desde un pupitre, alentado eso de poner a las matemáticas a competir con los videos de Youtube por la obstinación de insistir con la escuela a distancia.

Hoy el escenario es distinto al de los dos últimos años. El grueso del personal ya está vacunado (muchos de nosotros ya tenemos las tres dosis) y una buena parte del alumnado también está inoculado. Lo que resta saber es qué están pensando desde el ministerio de educación para ordenar el ciclo lectivo que se aproxima.

En los dos últimos años las clases presenciales solo se impartieron, de manera irregular, en apenas seis meses. Hubo algunos casos en los que la organización en burbujas se mantuvo hasta fin de año, con alumnos asistiendo a la escuela semana de por medio. ¿Alguien cree que efectivamente se puede aprender así?.

Los baches en la formación de los alumnos se empiezan a acumular, sumando, a su vez, nuevos vicios que tienen que ver con la convivencia de la cuarentena. Padres y madres haciendo home-office que ponían a sus hijos frente a una pantalla con tal de poder seguir trabajando. Adolescentes que se conectaban a clases pero apagaban la cámara y el micrófono para ponerse a jugar videojuegos o para seguir durmiendo. Es muy difícil retomar rutinas destruidas por una virtualidad desordenada.

El otro problema es el de los docentes que tuvieron que lidiar con situaciones personales complejas antes de volver a la presencialidad. Problemas de salud con algún familiar, violencia doméstica, adicciones o la pérdida de algún ingreso económico en tiempos de licuación del salario real. Nada de eso fue resuelto por las autoridades, que dieron licencia cuando correspondió, pero que no pudieron entrar a tatas otras aulas afectadas por docentes sin contención.

Hoy se concentran en pequeñeces como el pase sanitario. Se debate si los baños tienen que ser mixtos para contener a sexualidades no binarias, pero para los no vacunados algunos pretenden la exclusión lisa y llana. La corrección política se come al sentido común, pretendiendo negar el acceso a un derecho a niños y adolescentes, un derecho del que dependerá su calidad de vida futura.

Córdoba, pese a todo, no está tan mal como otras jurisdicciones. Aunque aquí falta contención, se baja la vara para facilitar que los alumnos pasen de curso (o directamente se le impide informalmente a los docentes bochar a sus estudiantes) y se demoran decisiones por la pesada maquinaria burocrática, las clases presenciales representaron mayor tiempo que en otros lados. Pensemos, por ejemplo, en provincias que en años anteriores tuvieron dos, tres o más meses de paro.

Aquí los problemas son los mismos de siempre: falta de infraestructura, gran cantidad de burócratas que inflan los índices de la relación docente/alumnos porque en las aulas no suele haber menos de 35 chicos a cargo de un docente y una educación centrada en la contención antes que en impartir conocimientos y desarrollar capacidades. Si a eso se le suman los huecos de las cuarentenas y la virtualidad, el desafío se duplica.

Roald Dahl, probablemente el mejor escritor de cuentos infantiles del siglo XX, decía que él escribía teniendo en cuenta que en la habitación de al lado había una televisión. Hoy los docentes tenemos que enseñar en competencia con los videojuegos, las redes sociales, los dibujos animados, los hogares rotos, los saberes incompletos por la virtualidad y el desprestigio de la labor docente por los que prefieren ser trabajadores de la educación antes que maestros.

Lamentablemente parece ser que no son muchos -y que en las dependencias públicas son aún menos- los que entienden la magnitud del desafío de pensar la escuela de la postpandemia. Algunos, incluso, siguen atados al alcohol en gel, el distanciamiento y los barbijos como la única idea posible para pensar la escuela en tiempos post Covid. Seguramente los que toman decisiones están de vacaciones y se reincorporen la segunda quincena de febrero. Esperemos que hayan aprovechado el descanso para convencerse de que la escuela no puede volver a la virtualidad y que no debe expulsar a chicos que necesitan, hoy más que nunca, de una buena educación.