Davos, más preocupado que Guzmán por el futuro económico argentino

En teoría, la llegada de Martín Guzmán a la cartera de Hacienda obedecía a la estrategia suprema de Alberto Fernández de renegociar la deuda con el FMI, la auténtica espada de Damocles -tal es su visión- que pendía sobre el país y su mandato. Pero han transcurrido algo más de dos años de aquel fichaje y los piolines todavía no se han movido.

Por Pablo Esteban Dávila

El Foro de Davos es algo así como una mega reunión informal de los ricos y famosos en materia económica mundial. Allí se dan cita año tras año, puntualmente, presidentes, CEOs, economistas y poderosos de diferente laya para debatir sobre la coyuntura y el futuro del planeta. Como es costumbre en las administraciones kirchneristas, la Argentina se encuentra ausente de aquellas deliberaciones.

Esto no obsta para que, sin embargo, los participantes de tal cónclave analicen lo que sucede en nuestro país. Y no porque les interese demasiado lo que aquí ocurra (es probable que sea todo lo contrario) sino porque la Argentina conserva intacta su capacidad de infringir daño sobre otras economías emergentes. Bien lejos de aguardar alguna noticia alentadora, en Davos solo se espera la oportunidad para llevar adelante una nueva autopsia sobre el incomprensible rumbo criollo.

No es de extrañar, por consiguiente, que se haya formulado las siguientes admoniciones en un informe interno: la Argentina es un país con deterioro estructural de las perspectivas del trabajo, enfrenta un posible “colapso del Estado” y, entre otras linduras, su inflación general puede desembocar en una erosión de la cohesión social tras 17 años ininterrumpidos de crecimiento de precios.

Desde la Casa Rosada, por ahora, no se han molestado en refutar estas prevenciones, pero no hace mucha falta que lo hagan. La realidad local, bien lejos del invierno suizo, presenta los calores propios de una situación próxima a la ebullición sin necesidad de advertencia alguna. De entre todas las inconsistencias económicas que presenta el panorama, la que más preocupa es la posibilidad de entrar en un nuevo default, esta vez, con el Fondo Monetario Internacional. No existen muchos antecedentes de miembros del organismo que hayan ingresado deliberadamente en este territorio.

En teoría, la llegada de Martín Guzmán a la cartera de Hacienda obedecía a la estrategia suprema de Alberto Fernández de renegociar la deuda con el FMI, la auténtica espada de Damocles -tal es su visión- que pendía sobre el país y su mandato. Pero han transcurrido algo más de dos años de aquel fichaje y los piolines todavía no se han movido. Por ahora, el ministro suma millas en sus continuos viajes a Washington sin resultados concretos, excepto por el reconocimiento de Joseph Stieglitz (su maestro en Columbia) hacia el “milagro económico” protagonizado por el presidente argentino, un logro del que, por estas latitudes, nadie se ha percatado.

Las consecuencias de un posible default preocupan no solo a la comunidad de Davos, sino también a la oposición. Sus dirigentes advierten, con razón, que dejar de pagar la deuda con el Fondo solo profundizará la crisis, agravando la exclusión y la marginalidad. Un país no solo no puede vivir sin crédito (la Argentina lo agotó hace ya mucho tiempo) sino que tampoco puede hacerlo sin un básico respeto a las reglas de juego internacionales. Solo Cuba, Venezuela o Corea del Norte pueden darse el lujo de ignorar al mundo, con las consecuencias que sus pueblos padecen. La pobreza es la consecuencia del aislamiento, no de la globalización, una verdad de Perogrullo que el kircherismo se empecina en ignorar sistemáticamente.

En Juntos por el Cambio se tiene la sensación de que el gobierno está caminando al borde del abismo, por lo que se trata de evitar ser presentados como los responsables de darle el empujoncito final en este asunto. Si bien nadie se hace grandes ilusiones sobre lo que pueda obtener Guzmán en sus interminables negociaciones, su fracaso tampoco entusiasma. No obstante, ni el ministro ni el presidente se muestran demasiado proactivos en convencer a las principales espadas opositoras de la solidez de sus argumentos ni de lo adecuado de su estrategia, pese al recordado llamado a Gerardo Morales la semana pasada para que intercediese ante sus colegas para reunirse y escuchar las novedades de la hora.

Para colmo, mientras que Guzmán dilata explicaciones ante radicales y macristas, no duda en reunirse con Cristina Fernández para comentarle las estrategias que les retacea a aquellos. La vicepresidenta es una de las que piensa que las tratativas con el Fondo son otro de los nombres del imperialismo y que, por tal cosa, no moverá un dedo para colaborar con la epopeya del ministro. No en vano ayer, sobre el filo de la tarde, se refirió a la “pandemia macrista” como peor que la del Covid-19, recordando que al expresidente “le dieron un préstamo excepcional de 57.000 millones de dólares para salvarle el gobierno y ayudarlo a ganar las elecciones (y que) no sólo no ganó las elecciones, sino que además no se sabe dónde están esos dólares”. Es difícil que los aludidos por tales expresiones se avengan a colaborar con autoridades que no hacen otra cosa que agredirlos.

Y, mientras tanto, la rueda sigue girando. La inflación acumulada en 2021 superó el 50%, la deuda pública asciende U$S 363.362 millones (de los cuales cincuenta mil millones fueron generados por Alberto) y el déficit fiscal no deja de crecer. El mes pasado, por ejemplo, esterilizar la base monetaria con Leliqs supuso una magnitud en pesos superior al pago de todas las jubilaciones y pensiones de la ANSES, tal es la bola de nieve que debe afrontar el Estado todo el tiempo. Son catástrofes anónimas, constantes, de las que solo en Davos parece haber preocupación genuina frente a un Guzmán que no habla, ni escucha, ni oye.