Una temporada radical en Carlos Paz

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

En enero la política parece entra en un bache, tal vez siguiendo lo que sucede con la inmensa mayoría de los argentinos que tienen sus vacaciones en esas dos quincenas. Los políticos no son la excepción, porque también aprovechan para tomarse unos días.

Hemos visto dirigentes de distintos partidos en playas brasileras, uruguayas, mexicanas o en el medio del Océano Índico. Los hemos visto en bares, abajo de una sombrilla o hasta las rodillas adentro del mar. Con familia, amantes o solos. Eso sí, los radicales parecen ser los únicos que no se toman descanso… pero solo para seguir con sus internas.

Infatigables, siempre encuentran alguna nueva forma de desconfiar del de al lado, con un faccionalismo casi trotskista, pero con principios mucho más laxos a la hora de establecer alianzas internas. Parecen los nobles escoceses de “Corazón Valiente”, peleándose por el reconocimiento del legítimo derecho a acceder al trono antes que contra los ingleses a los que apuntaba William Wallace.

Así, aprovechando esa pasión internista, esa contracción al trabajo estival y esa necesidad de figuración mediática más por las pequeñas peleas de pasillo que por la performance del trabajo que supuestamente están capacitados para desempeñar, es que podrían intentar una nueva estrategia de campaña para 2023, la de una obra teatral en Carlos Paz.

No es que nadie lo haya hecho antes (de hecho, De la Sota buscó las tablas en aquella época en la que actuaba -impunemente- creyendo que era un buen cantante de boleros), pero esto se asemejaría más a un producto destinado al público masivo, no al nicho de lectores de un diario en papel de la provincia de Córdoba. Hay que apuntar alto.

Los ingredientes están todos. Se acusan de cosas que después callan cuando arman una lista, les gusta mostrarse populares y están deseosos de llegar a que los entrevisten desde Buenos Aires. Con tan poca actividad política en enero, una obra de teatro radical vendría diez puntos para ocupar el tiempo.

Es más, hasta podrían armar un par de obras distintas para medir fuerzas según el corte de boletos. Sería buenísimo, porque las mismas denuncias de fraude de la última elección interna serian sobre cantidad de butacas llenas. “Regalaban entradas con la compra de una boina blanca”, “acarrearon turistas medio secos para llenar la sala”, “denunciaron un positivo falso para que nos clausuren la obra” o cualquier otra justificación con la que Adrián Pallares y Rodrigo Lussich se podrían hacer una fiesta en el piso de Intrusos.

Ya que parecen vedettes peleando por el lugar en la marquesina, sería buenísimo imaginarse a los interesados ataviados de acuerdo al género teatral de revistas. Aunque las plumas son más habituales en Mar del Plata que en Carlos Paz, que nada nos prive de imaginarnos a Mario Negri con una cola de plumas verdes, a Ramón Mestre con conchero de lentejuelas plateadas o a Rodrigo De Loredo con alas de tul rosa. Aunque eviten esos uniformes -y sus cuerpos disten de los de las esculturales señoritas que vienen a hacer temporada a la villa serrana- sus veleidades se aproximan a las de las figuras en ascenso que recalan en el teatro veraniego.

Es impresionante pensar en todos los puntos de contactos que tiene el trajín radical de los últimos meses con una puesta en escena en Carlos Paz. Algunos podrían elegir montar su espectáculo cerca de un casino, a lo que los otros denunciarían intereses oscuros en esa cercanía. Otros podrían irse de una obra para ponerse otra, denunciando que la principal estrella ya está vieja para las plumas. Otros, los que casi no llegan a juntar gente ni para un café concert a la gorra, defenderían que con ese método más gente podría disfrutar del arte (aunque después la mayoría elija las obras con más producción).

Una de las complicaciones para definir el perfil de las obras es que el grueso de los radicales cordobeses está lejos de las temáticas que hoy convocan gente. En una de esas, siguiendo la tradición de darle más protagonismo a los hombres que a las mujeres, podrían rescatar una de esas obras de estilo victoriano, en el que hasta los papeles femeninos son interpretados por hombres. Mejor acá ahorramos nombres para no herir susceptibilidades de machotes parlamentarios.

Otra dificultad sería el nombre de las obras, porque los correligionarios no son muy dados a los juegos de palabras picarones y algo soeces. No sé si a alguno le gustaría jugar con títulos como “Lista tres, amor de a tres”, “Los radicales las usan blancas, a los peronistas les gustan negras” o “No te dobles, porque te lo rompo”. Casi puedo sentir la ofensa de los correligionarios por mancillar la moral radical.

Todo esto, a fin de cuentas, es un juego. Poco importa lo que haya dicho Alvear hace un siglo sobre las internas de los radicales, el enemigo interno, el externo y esas cosas. El mundo y el país cambiaron, pero ellos parecen no darse cuenta de que las internas cansan.

Será mucha su vida democrática intrapartidaria, pero a los ojos de los de afuera los radicales son como las vedettes que -sentadas en silla tijera de espaldas al Lago San Roque y con anteojos negros porque durmieron poco- dicen que la otra obra es mala, que pagan para inflar los números y que la gente lo va a reconocer. Son tan iguales que, cuando al año siguiente los convoque el mismo productor, van a ir contentos a abrazarse con el que denostaban.