La soledad patagónica

Tal vez por haberse criado en lejanos rincones del sur, las guitarristas y cantantes Julieta Heredia y Lucía Masnatta alcanzaron en cuarentena un pico de actividad con su banda Fin del Mundo, un proyecto en el que también participan la bajista Yanina Silva y la baterista Julieta Limia.

J.C. Maraddón

Una de las palabras más repetidas en los últimos años ha sido “aislamiento”, como consecuencia de un virus que aprovecha la cercanía entre las personas para transmitirse y que ha impuesto nuevos hábitos para saludarse y para estrechar vínculos. Las burbujas, el distanciamiento y la ausencia de contacto físico se han recomendado como método para evitar el contagio, lo que ha acentuado la tendencia a la soledad que ya estaba en crecimiento como una especie de mal social y que ahora, avalada por las recomendaciones de los sanitaristas, hasta es considerada como una virtud en vez de un castigo para quien la padece.

Esta necesidad de mantenerse separados de los demás se hace difícil de sobrellevar en los grandes conglomerados urbanos, donde es casi imposible no cruzarse con alguien con sólo trasponer la puerta de casa para salir a la calle. Centros de compras, encuentros culturales, ceremonias religiosas y otros eventos que convocan a los pobladores se han transformado en focos de esparcimiento para una enfermedad que desde comienzos de 2020 ha puesto al mundo de rodillas. La ciudad, como polo donde convergen miles de habitantes, es el lugar donde primero se asienta el Covid para luego desparramar su estigma.

Para quienes habitamos estas urbes, nos resulta ajena la condición de los que residen en regiones ya de por sí aisladas, alejadas del ruido ciudadano y sometidas a rigores climáticos que limitan el desplazamiento externo. Los que están acostumbrados a ese entorno, quizás hayan vivido las cuarentenas como una especie de democratización de aquel encierro en el que se manejaron desde siempre. Y es así como, probablemente, se hayan sabido desempeñar mejor en ese contexto, porque las restricciones que para nosotros son una novedad, para ellos han sido una cosa habitual, que se da por sobreentendida en el sitio de donde provienen.

La Patagonia bien puede ser el mejor ejemplo de eso que estamos hablando, con sus distancias inconmensurables, sus paisajes desolados, su viento arrollador y sus temperaturas gélidas. Allí, alejarse de los demás no es una imposición dictada por cuestiones de salud, sino una lógica actitud motivada por razones geográficas, a las que no hay posibilidad de oponerse. Eso que tanto nos cuesta a los residentes metropolitanos, no debiera representar inconveniente alguno para los que han nacido y se han criado rodeados de mesetas desiertas o de picos nevados, glaciares y lagos cuyas aguas coquetean con el punto de congelamiento.

Tal vez por haberse criado en esos inhóspitos rincones patagónicos, las guitarristas y cantantes Julieta Heredia y Lucía Masnatta alcanzaron en cuarentena un pico de actividad con su banda Fin del Mundo, un proyecto en el que también participan la bajista Yanina Silva y la baterista Julieta Limia. En 2020, el grupo publicó un EP con cuatro canciones bajo el sello alternativo Anomalía Ediciones, que al año siguiente les subió a Spotify dos nuevos temas. Y con el respaldo de ese material, han conseguido importantes fechas de actuación y han recibido el respaldo de la prensa especializada a su propuesta de rock indie.

Enroladas en una corriente estética que fue muy transitada por la escena under de comienzos de este siglo, las Fin del Mundo parecen encontrarse cómodas con ese sonido que nutrió de formaciones experimentales el circuito independiente de la juventud rockera británica entre finales de los ochenta e inicios de los noventa. De los tracks que componen su único EP, hay uno que se llama “La distancia” y que contiene frases como “quiero descansar”, “qué rápido se va todo de mis manos” y “mi soledad”. Palabras que, en momentos como el presente, adquieren una significación diferente a la que pudieron haber tenido antes.