San Electrón

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Todos los que disfrutamos de alguna manera la política (que no somos la mayoría, claramente) tenemos decenas de historias y anécdotas familiares que versan sobre el tema, incluso viniendo de parte de los miembros que menos relación han tenido con la misma. El hecho de que no a todos les despierte la misma pasión no significa que no los haya marcado a lo largo de su vida.

Una de las historias que más veces me ha contado mi abuela (la que afortunadamente me sigue sorprendiendo con cosas que no me había contado) es una vinculada al peronismo. Correntina de nacimiento, tuvo relación con Quijano y Velazco, dos coterráneos de figuración en el primer peronismo (aunque no necesariamente de destacada labor). Sin embargo, la historia no tiene que ver con ellos, sino con su hermana.

Mi tía abuela, en edad escolar en tiempos del peronismo hegemónico, tenía cierta simpatía por aquel gobierno, pero desde el mismo lugar que lo puede tener cualquier estudiante. Cuenta mi abuela que su hermana se instalaba frente a la radio cuando Perón daba su discurso por el Día de la Lealtad, cruzando los dedos y murmurando en voz baja su pedido hasta que llegaba el momento, cuando el General despedía a la multitud y les recordaba: “Mañana, San Perón”. Estallaba en alegría y levantaba los brazos porque al otro día quedaba eximida de ir a la escuela.

Así, cuando se anunciaba el asueto, los empleados públicos no iban a trabajar y los chicos no iban a clases. Los gremios también se plegaban argumentando que en San Perón “trabaje el patrón”. Fiesta obrera y personalista, all’uso del Duce. Cosas de un pasado que otros decidieron dejar atrás, mientras que acá se le sigue rindiendo culto.

Ahora, cada situación medianamente anormal es justificada para que los trabajadores del sector público exhiban sus privilegios frente al resto de los mortales que estamos precarizados en alguno de nuestros trabajos. Ya que a la cúpula le tocará el privilegio soviético de andar en autos de lujo e importados mientras el resto reniega para conseguirle el platino al 3CV o la bomba de agua al 404, han decidido que para los burócratas de los escalafones inferiores es bueno darles “home office” en estos días de calor para aliviar la demanda de energía.

Es decir que tienen más días de vacaciones (el que está en negro, las tiene sólo si consigue ahorrar en un contexto de 50% de inflación anual), trabajan menos horas (¿cuántos empleados privados tienen dos o tres trabajos distintos?), tienen asueto por algo todos los meses y ahora además se le suma porque son paladines en la lucha contra los cortes de luz.

Ya es difícil saber si son todas maniobras de distracción para que no se hable de algún tema en particular o si es que no tienen la más pálida idea de cómo resolver el tema de la demanda energética record. La realidad indica que ahora, bajo la excusa de que van a hacer teletrabajo, se los eximirá de asistir al lugar en el que desempeñan las tareas cada vez que algo incomode al gobierno.

Ya pasó cuando los mandaron a trabajar a distancia antes de la última clausura de escuelas, que lo empalmaron con unos feriados que movieron para un lado y para el otro en apenas unos días para decir que solamente eran dos días laborables, aunque a los empleados les quedara toda una semana para organizar el locro del 25 de Mayo.

Alguien compartió una vieja tapa de Clarín de enero de 1989 en el que un Alfonsín extenuado por una mala gestión económica tomaba la misma medida que su actual émulo pindonga. Otros compartieron una noticia más reciente, de 2019, cuando Maduro acortó la semana laboral en Venezuela para luchar contra los apagones. A ese le sigue yendo mejor que a Alfonsín, aunque a los venezolanos de hoy les está yendo bastante peor que a los argentinos de entonces.

Tal vez Alberto podría haberse peronizado al anunciar la medida, para ir por algo más ambicioso. ¿Por qué parar sólo en los empleados públicos, en lugar de relevar de sus obligaciones a todos los empleados del país? Así, de una, un asueto nacional por calor extremo para aliviar el sistema energético. Hay que pensarlo hablando en bermudas y camisa hawaiana desde el balcón de la Casa Rosada a los pocos argentinos que quedan en Buenos Aires, diciendo: “Y en el día de mañana, ya que hace un calorón, bendigo a los trabajadores decretando el San Electrón”.

Difícilmente el patrón esté de acuerdo en cerrar la fábrica por el calor, porque ya bastante tiene con que se le corte la luz todo el tiempo. “Produzcan más, pero consuman menos” suena a lo que diría un esclavista productor de algodón de una típica película yanqui, no a lo que dicen los funcionarios que dicen que este país se saca a flote exportando más.

Entre las cosas que me cuenta mi abuela, también está lo de la vez que se comía pan negro por la sequía, una sequía casi tan fuerte como la que nos está tocando ahora. También me cuenta de las restricciones a la compra de carne en la época de Lanusse, porque había que exportar más. Me gusta cuando me cuenta que en su familia no querían a Sarmiento porque no quiso parar en su ciudad.

Capaz algún día yo le pueda contar a mis nietos sobre la época en la que se decretaba el San Electrón porque a los empleados públicos les transpira mucho la entrepierna y las uñas no alcanzan a escoriar lo suficiente como para decir que se están rascando en lugar de decir que se están untando. Seguro será a la luz de las velas, porque por este camino difícilmente alguna vez resuelvan la crisis energética.