La preguntas ocultas detrás de la lotería de Milei

Por Pablo Esteban Dávila

Javier Milei llegó al Congreso con varias promesas de campaña a cuestas. Una de ellas era sortear su primer sueldo como diputado nacional. Y acaba de cumplirla.

Siempre es estimulante constatar que un político cumple con su palabra. Es una forma de honrar a quienes lo han votado. Desde este punto de vista, nada puede objetársele. Sin embargo, el núcleo de esta promesa merece algún análisis que vaya más allá de lo que el dirigente liberal acaba de hacer con bombos y platillos.

Primero abórdese el tema del sorteo. Muchos de los que no lo quieren (o le temen) calificaron como demagógica o circense esta forma de repartir dinero. Desde el gobierno, incluso, le iniciaron una investigación por violación de datos personales, toda vez que la inscripción requería proporcionar DNI, correo electrónico y número de teléfono, entre otros datos. No obstante, Milei explicó con solvencia por qué escogió este método: como no cree en la filantropía con dinero ajeno descartó donar su dieta a, por ejemplo, una entidad de bien público, optando por favorecer a quien ganase su lotería casera, con independencia de su identidad y con igualdad de oportunidades para cualquier participante. De hecho, los más de $200 mil terminaron a manos de un kirchnerista endeudado, una prueba irrefutable de que el azar no distingue entre preferencias políticas.

En segundo lugar, pondérense los motivos del diputado para hacer lo que hizo. Es obvio que sortear su sueldo es una mojada de oreja al resto de la clase política o “la casta”, como él prefiere denominarla. Se trata de un golpe de efecto de bajo costo y de alto impacto, que lo aleja de la visión tradicional del parlamentario autorreferencial y satisfecho con su ecosistema.

Pero desprenderse sin más de la dieta que expresamente consagra la Constitución para los legisladores no es una buena señal. Estos emolumentos existen porque un diputado o un senador necesita de dinero para cumplir con sus tareas de representación. Lejos de ser un privilegio irritante, debería ser la garantía de que quien la recibe se desempeñará correctamente, sin requerir de dádivas o la colaboración de íntimos o de grupos de lobby.

Milei arroja su sueldo al azar porque, quizá, no lo necesite para vivir, pero es harto probable que la mayoría de los parlamentarios no puedan subsistir dignamente sin sus dietas. La política es una actividad de tiempo completo, que generalmente impide que quien la practica pueda continuar con otras típicas de la actividad privada. El famoso sociólogo alemán Max Weber supo explicarlo muy bien: hasta el advenimiento de los modernos sistemas parlamentarios solo los ricos o los socialistas podían postularse a un escaño. Los primeros, porque la política era una suerte de hobby cuando el resto de sus necesidades estaban satisfechas; los segundos, porque el partido les aseguraba un ingreso (fruto de la sindicalización de sus adherentes) para que ciertos cuadros pudieran competir electoralmente sin preocuparse por la subsistencia diaria, la gran piedra en el zapato de quien se inicia en la esfera de lo público.

La dieta, por consiguiente, es una garantía de “democratización” en el acceso y desempeño de una banca pues, de lo contrario, únicamente los ricos o quienes gozaran de un mecenazgo podrían dedicarse de tiempo completo a la representación de sus conciudadanos. Jugar ligeramente con aquella es ignorar este principio, tan caro a las democracias de masas.

La jugada de Milei, en tercer término, también pone al desnudo un hecho llamativo: que el ingreso de un diputado primerizo es, si se quiere, bastante magro. Doscientos mil pesos equivalen a algo menos de 2.000 dólares oficiales o mil dólares blue, montos vergonzosos en comparación con los que perciben otros legisladores en diferentes partes del mundo, especialmente cuando se considera que, al menos teóricamente, es un trabajo de apenas cuatro años y de cuya renovación no existen garantías.

El monto parece muy poco y arroja dudas sobre de que viven, realmente, los diputados. ¿Estos son, efectivamente, sus ingresos? Y, si así fuera, ¿cumplen con la finalidad de proporcionarles una existencia digna y relativamente libre de urgencias económicas, tal como sugiere la Constitución?

Nos asisten serias dudas al respecto, obvio es decirlo, aunque también es cierto que, por demagogia de cierta prensa o por absurdas lisonjas hacia la opinión pública, hace tiempo que el Congreso no se brinda un debate en serio sobre cual debe ser el nivel de ingresos adecuado para un legislador nacional. Si nunca es momento para debatir sobre este asunto, o si existen pícaros dispuestos a torpedear una reflexión realista cuando esta amaga con comenzar, pues entonces habrá otras vías de financiamiento, no necesariamente ilegales pero sí mucho menos transparentes, que compensen la frugalidad expuesta. Porque, después de todo y a despecho del recibo exhibido por Milei, no parece que existan necesidades básicas no satisfechas en ninguno de los integrantes de ambas cámaras legislativas.

En definitiva, la lotería de ingresos inaugurada por el flamante diputado no parece, amén de su impronta antipolítica, que vaya a presagiar nuevos tiempos o incipientes revoluciones dado lo recoleto del monto ni, precisamente por esto, cambiar la vida de quien se desprende de ellos o de quienes los reciban. Sin embargo, y a despecho de las verdaderas intenciones del libertario, el episodio ha puesto al descubierto que es prácticamente imposible que un parlamentario pueda desplegar actividades de envergadura con estas cifras a menos que, claro está, no sean las únicas que perciban. No vaya a ser cosa que, en el futuro próximo, haya que hacer una colecta para que Milei continúe ocupando su banca y blandiendo sus ideas anarcocapitalistas.