La inesperada sorpresa de fin de año de Alberto Fernández

La actual pax social era impensada apenas tres meses atrás. La derrota oficialista en las primarias fue tan dura que llevó a suponer escenarios catastróficos al corto plazo, una presunción a la que colaboraron las internas sin final dentro del Frente de Todos. Hacia mediados de septiembre pasado la posición de Fernández era tan precaria que cualquier especulación se antojaba válida.

Por Pablo Esteban Dávila

El gobierno de Alberto Fernández sorprende este fin de año. Contra todo pronóstico, el país se encamina a terminar las fiestas en paz y sin tensiones sociales que presagien mayores tormentas. Se trata de un logro auténtico y, hasta cierto extremo, inesperado.

No es que las cosas hayan mejorado mucho, precisamente. Por el contrario, la economía está tan mal, sino peor, de lo que se encontraba en septiembre, oportunidad de las PASO. La inflación se encuentra lejos de ceder, la carestía de dólares atenaza a la producción local y el desempleo se encuentra altísimo, solo disfrazado por la proliferación de planes sociales. Además, se han multiplicado las señales de que el Frente de Todos no le interesa un comino la inversión privada. Como muestra, valga recordar la absurda disposición del Ministerio de Transportes de establecer tarifas mínimas para los pasajes aéreos con la manifiesta intención de dejar fuera del ruedo a Flybondi y JetSmart, las únicas compañías que intentan competir con Aerolíneas Argentinas, esto sin hablar de la ridícula (y contradictoria) política de precios máximos que lleva adelante Roberto Feletti.

Y, sin embargo, no ha existido ningún estallido social ni cosa que se le parezca. La Argentina parece estar en paz consigo misma, adocenada en el mar de inconsistencias y distorsiones en el que se ha acostumbrado a hacer la plancha en las últimas décadas, gobierne quien sea. Inesperadamente, hasta el propio presidente ha discurrido públicamente con su propia reelección.

Convéngase que el actual estado de cosas era impensado apenas tres meses atrás. La derrota oficialista en las primarias fue tan dura que llevó a suponer escenarios catastróficos al corto plazo, una presunción a la que colaboraban las internas sin final dentro del Frente de Todos. Hacia mediados de septiembre pasado la posición de Fernández era tan débil que cualquier especulación se antojaba válida.

Es cierto que tras aquella derrota el gobierno hizo algunos malabares para acortar distancia en las legislativas y fortalecer su imagen. Alberto Fernández cambió parte de su gabinete y autorizó la ejecución del dispendioso “plan platita”, un auténtico operativo institucional de compra de votos con fondos públicos. Aunque las cosas no resultaron como el presidente esperaba (la oposición volvió a triunfar en la mayoría de las provincias), la mejoría de dos puntos porcentuales en el distrito bonaerense colaboró a mejorar el ánimo oficialista, a punto tal de presentar la derrota como una suerte de victoria. Este asombroso galimatías, falso desde cualquier perspectiva, hizo las veces de relanzamiento de la atribulada gestión kirchnerista y constituyó la antesala de la actual pax criolla.

Debe dejarse de lado el preguntarse a que costo se ha evitado un estallido. El plan platita, cuyos efectos diferidos se perciben en estos días, representó una erogación de entre ciento cincuenta y doscientos mil millones de pesos destinados, prácticamente en su totalidad, a la más absurda y clientelar asistencia social y financiado exclusivamente con emisión monetaria. De esta forma, la supuesta filantropía del Estado nacional se transforma, todos los días, en cruel explotación a través del impuesto inflacionario que conlleva implícita la expansión sin límites del circulante. Pero esta es una abstracción académica para vastos sectores pauperizados, cuya existencia se ha transformado en una sucesión de dádivas a cambio de no manifestar su descontento por fuera de los movimientos piqueteros o de los aparatos políticos.

Ha colaborado también al actual orden de cosas, no obstante que no pueda precisarse en la exacta proporción, cierto diletantismo opositor que ha erosionado su clara victoria en noviembre. Primero, la bizarra división del bloque radical en Diputados, escisión que tuvo por protagonista al prometedor Rodrigo de Loredo; segunda, la fallida sesión especial convocada para tratar el impuesto a los bienes personales y cuya votación Juntos por el Cambio perdió por la ausencia de tres legisladores del palo. Semejantes errores no forzados contribuyeron a reforzar la idea de que el peronismo, por malo que sea, no tiene un reemplazo natural en el ejercicio del poder.

Semejante ingenuidad opositora se ha visto también reflejada en Córdoba en relación con el debate sobre la regulación de las apuestas on line. Los impulsores del asunto son legisladores de Juntos por Córdoba, con el guiño del schiarettismo. Más allá de las bondades o miserias del tema (nadie está obligado a jugar y tampoco es sano que el Estado se desentienda de un tema que ya está instalado entre la gente), es innegable que, por el momento, quienes pagan los platos rotos son los opositores, con el inevitable ruido interno.

Estas son señales de que todavía falta para que la sociedad compre el relato de que hay un grupo de dirigentes lo suficientemente sólido como para reclamar exitosamente el poder que detenta el Frente de Todos en el 2023. En anteriores ocasiones de zozobra económica e institucional -recuérdese los aciagos 1989 y 2001- el instituto popular suponía que el justicialismo estaba en condiciones de reflotar el barco escorado. Ahora que es el propio peronismo el conductor en dificultades es necesario que el electorado reconozca a la alternancia política como el remedio a las dificultades del presente. En 2015 aquella llegó por la vía del balotaje, no por la victoria macrista en la primera vuelta; en el próximo turno se esperaría que, dada la actual situación, la oposición triunfase claramente en el primer intento, aunque luego tuviera que enfrentar el desafío de la segunda instancia constitucional.

Este pronóstico parecía darse por descontado hace un mes atrás, pero ahora no es tan evidente. El actual sosiego y la súbita impasse en las reyertas oficialistas han impulsado un renovado optimismo en la Casa Rosada, cuyos residentes ya contemplan con mayor ecuanimidad el futuro próximo. Claro que subsisten enormes dificultades, para las cuales no hay ninguna respuesta que sea digna de tal nombre. En este sentido, es tal la precariedad conceptual del gobierno, tantas sus contradicciones políticas, que bien podría hablarse de un verdadero milagro argentino por el hecho de que el país no haya colapsado todavía. No obstante que esto podría ocurrir en algún momento (es difícil reparar en momentos más difíciles que los actuales), no puede soslayarse que, por ahora, la hipótesis de un final precipitado se ha desvanecido. Esta tranquilidad, por supuesto, siempre es bienvenida, aunque la pregunta inevitable se refiera hasta cuando podrá durar semejante reino de la decadencia y la paciencia suficiente como para soportarlo.